ENTRE ADOQUINES
Yihadismo, mejor juntos que separados #Weareone
miércoles 08 de abril de 2015, 20:04h
Actualizado el: 04/08/2015 20:12h
Tras el atentado yihadista en Kenia el pasado jueves, reaccionamos tarde y mal. Casi por los pelos. Podríamos decir en pobre descargo nuestro, que andábamos inmersos en plena Semana Santa – vacaciones “sagradas” porque nadie quiere renunciar a la escapada – y, para colmo, bendecidos por un inesperado buen tiempo que no acabábamos de creernos. Mientras, en la Universidad keniana de Garissa, a 150 kilómetros de la frontera con Somalia, los yihadistas de la marca Al Shabab perpetraban una masacre indiscriminada, aunque, en principio, dirigida a eliminar el mayor número de estudiantes cristianos. Los asesinos integristas de Al Shabab ya han demostrado que gustan, por lo general, de elegir fechas con un especial significado para los cristianos: Navidad o, en este caso, Semana Santa. Por supuesto, también lugares simbólicos como iglesias llenas durante la misa dominical o, simplemente, espacios que ellos relacionan con la cultura occidental que tanto aborrecen, como los maléficos centros comerciales. De hecho, el ataque al centro comercial Westgate de Nairobi había sido, hasta ahora, uno de los más sangrientos en aquel país. Dicen que allí, se dedicaron a ejecutar con saña a los rehenes que no sabían recitar los versos del Corán. A pesar de que son matarifes de filo y gatillo tan fácil, que no suelen dar tiempo a sus víctimas para abrir la boca, así que mucho menos para empezar siquiera a recitar. Buscan, en realidad, plantar la simiente del pánico entre la población para que deje de frecuentar lugares impíos, ya sean templos, comercios o centros de estudios que osen impartir en sus aulas materias distintas a la estricta interpretación, su interpretación, del Corán.
En definitiva, se trata de erradicar cualquier signo de pensamiento libre. Degollar, en lugar de convencer. Estamos ante un genocidio que todavía no queremos ver, un peligro que miramos de reojo, a pesar de que las detenciones de yihadistas en España, presuntamente listos para atentar de forma inminente, deberían provocar en todos una unión que vaya más allá de movilizaciones puntuales, como ocurrió, por ejemplo, tras los atentados de París. En comparación con las miles de personas que se unieron al dolor parisino por los atentados yihadistas que tuvieron a Francia en vilo una semana, la matanza, también a manos de yihadistas, de 148 personas en la Universidad de Garissa, no solo parece que nos pilló con el paso cambiado, también que la sentimos demasiado lejos de nuestras, más o menos, acomodadas vidas. Por otra parte, cuando los trabajadores de la revista Charlie Hebdo fueron acribillados dentro de su propia redacción, hubo quien quiso ver en sus provocadoras viñetas – me duele hasta escribirlo – una “razón” para la venganza islamista. Llevaban años amenazados, trabajaban con vigilancia policial. Insistían en sus publicaciones. Para algunos, incluso, se lo habían buscado. A los “Yo soy Charlie”, empezaron a oponérsele los “Yo no soy Charlie”, como si a los que nunca compramos ese tipo de revistas satíricas y no nos gusten ciertas caricaturas, la libertad de expresión tuviera que importarnos un cuerno. Pero no es así. Es un privilegio, convertido a base de mucho esfuerzo a lo largo de los siglos, en derecho, el de que todos podamos opinar. Por supuesto, tratando de no ofender y, en caso contrario, ateniéndose a las consecuencias legales de una demanda.
De modo que no se trataba, en ningún caso, de defender o no a la revista, ni a los judíos que murieron en la tienda parisina dos días después. Igual que no hay que ser policía para sentir pesadumbre por los gendarmes que perdieron la vida durante los atentados. Tampoco hace falta ser africano para revolverse indignado, doliente, contra lo acaecido en la castigada Garissa. Ni cristiano, para solidarizarse con quienes acuden a clase bajo la amenaza de muerte de un salvaje grupo de asesinos que no entiende de razones porque no las necesita para matar. El silencio cómplice que denunciaba el Papa Francisco, precisamente a raíz de la timidísima respuesta occidental tras la matanza de Kenia, no constituye únicamente un agravio comparativo.
En la actualidad, la religión más perseguida del mundo es el cristianismo – católicos, protestantes, ortodoxos o evangelistas – y, nos parezca exagerado o no, nos encontramos ante un nuevo holocausto, otro más, que volverá a sacudir nuestra Historia llevándonos por caminos que creíamos por completo superados en el siglo XXI, supuesta cumbre del arte de la negociación. La era en la que seguimos pensando que todo, absolutamente todo, puede resolverse a base de tratados, forzados apretones de manos, reuniones a cara de perro pero, al fin y al cabo, reuniones. Para acercar posturas, recortar un poco las exigencias de cada parte en busca de la ansiada firma del convenio sin que ninguna se siente la gran perdedora. La pasividad internacional a la que, asimismo, hacía referencia el pontífice durante el Vía Crucis romano del Viernes Santo corre el peligro de seguir propiciando que pasemos de puntillas por los sangrientos atentados que cada día ocurren en Irak, Siria, Nigeria, Kenia o Túnez. Sumando muertos, dividiendo a la población, destruyendo su negocio turístico, provocando éxodos, abarrotando inhóspitos campos de refugiados. ¿Hasta cuándo vamos a seguir pensando que el EI o alguna de sus sucursales repartidaspor el mundo tienen como objetivo sentarse a una mesa a negociar? Ojalá. Además, ¿negociar qué? Nuestro final es su único fin.
El presidente de Kenia, Uhuro Kenyatta, advierte a Al Shabab que no lograrán imponer el califato en el país. “Nuestros antepasados sangraron y murieron por esta nación y nosotros haremos todo lo posible para defender nuestro estilo de vida”, afirmó el presidente desde Nairobi horas después de la tragedia. Pero Kenia, como otros países de África y si seguimos así también de Europa , ya se encuentra dividida tal y como pretende el yihadismo, y siempre que hay un ataque de Al Shabab se hace visible la fractura social que lleva al odio, el terreno que mejor controla el negro califato que se ha propuesto muy en serio dominar el mundo. En Kenia, los medios están insistiendo estos días en pedir la unidad del pueblo y en las redes sociales circulan dos etiquetas: #OneKenia (Una Kenia) y #Weareone (Somos uno). Aquí, en este occidente que creemos invulnerable, deberíamos empezar a tenerlo también así de claro: no hay excusas para asesinar en nombre de nada. Nuestro estilo de vida, por el que muchos acabaron en la hoguera, es lo que tenemos que defender. Sin divisiones, particulares creencias, pretensiones peregrinas de ser más originales u ocurrentes que el resto. Y sin declaraciones inoportunas en forma de piedras tiradas al tejado de todos. Porque, con independencia de lo que lleven de realidad, si nos dividen, vencerán.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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