La temeridad de Gonzalo Caballero le vale para cortar una oreja en Las Ventas
EL IMPARCIAL/Efe
lunes 11 de mayo de 2015, 22:29h
Actualizado el: 11 de mayo de 2015, 22:52h
Los dos volteretones que sufrió, el segundo de ellos al entrar a matar sin muleta, fueron claves para alcanzar el ansiado premio.
No fue la típica tarde de Madrid por San Isidro. Un ambiente cuanto menos raro. Demasiada frialdad para el tremendo calor que hizo en el cemento de los tendidos venteños, que, sin acabar todavía de pasar de los tres cuartos de entrada, siguieron la novillada como el que pone la radio a partir de las dos de la madrugada, o, lo que es lo mismo, sin ninguna atención.
Así transcurrieron las tres primeras faenas. Y eso que los chicos habían andado más que dignos ante tres utreros de extraordinaria nobleza pero más sosos que un caldo de hospital por su absoluta falta de raza, escaso fuelle y nula transmisión.
El primer despertar de la tarde llegó tras la congoja de un tremendo volteretón sufrido por Gonzalo Caballero ya casi en las postrimerías de su faena al cuarto. El percance sobrevino al tratar de pegar un arrucina con el astado prácticamente ya pidiendo la hora, sin pasar de un cuarto de arrancada, totalmente extasiado.
¿Acaso fue culpa del torero tratar de ensayar un pase a todas luces imposible por lo apagado que estaba ya el animal? Ninguna, todo lo contrario, pues gracias a este pasaje la plaza empezó a darse cuenta que allí había un hombre dispuesto de dejarse la vida para alcanzar un triunfo por lo civil o por lo penal.
El sumun de la temeridad, y lo que hizo que la plaza por fin calentara, llegó cuando Caballero rehusó de su muleta para entrar a matar. Si le sirvió a Fandiño el año pasado ¿por qué a mí no? debió pensar.
El caso fue que Caballero se tiró a matar o a morir, encunándose entre los pitones a cuerpo descubierto y, como no podía ser de otra manera, saliendo por los aires de forma muy aparatosa.
La gente ya despertó definitivamente de su siesta, sin importarles que necesitara dos descabellos para finiquitar definitivamente al animal, y, muy posiblemente, sin reparar de cómo había estado Caballero antes de los dos percances.
Aquí habría que advertir que no hubo nada del otro mundo. Pulcritud, limpieza y mucha puesta en escena, lo que se dice estar simplemente aseado ante un utrero que medio se movió sin decir absolutamente nada.
La oreja que paseó despertó algunas protestas en el sector más crítico de la plaza. Normal. Dos volteretas nunca fueron motivo suficiente para triunfar en la primera plaza del mundo, y menos aún cuando la espada no es de efecto letal por mucha proeza de entrar sin muleta.
Es preocupante que de un tiempo a esta parte la consabida exigencia de Las Ventas se esté devaluando tan notablemente. Hay que ponerle freno a tanta benevolencia porque sino la de Madrid se va a acabar convirtiendo en una plaza de pueblo para 24.000 almas.
El resto de la tarde puede resumirse en pocas palabras. El propio Caballero anduvo fácil con el noblote ejemplar que partió plaza, al que toreó siempre entre las rayas, demasiado cerrado, en una faena también un tanto intermitente. Aquí mató bien y hubo hasta pañuelos en la petición. Eso de las rebajas de exigencias antes comentada.
El debutante Fernando Rey gustó manejando el capote en sus dos novillos, pero muleta en mano anduvo lineal frente al segundo; y voluntarioso pero sin poder lucirse con el desclasado y frenado quinto.
Espada pasó como una sombra en su primera faena, mientras dejó algún que otro pasaje estimable con el sexto, aunque acabara tirando todo por la borda con la espada.