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NOVELA

Amos Oz: Quizás en otro lugar

domingo 12 de julio de 2015, 15:01h
Amos Oz: Quizás en otro lugar
Traducción de Raquel García Lozano. Siruela. Madrid, 2015. 408 páginas. 24,95 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por Pepa Echanove

Celebramos con entusiasmo la aparición en castellano de la primera novela de Amos Oz (Jerusalén, 1939), traducida del hebreo por Raquel García Lozano bajo el título Quizás en otro lugar. Intelectual comprometido con el proceso de paz en Oriente Próximo y uno de los autores más reconocidos y prolíficos de la literatura contemporánea, galardonado entre otros con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2007, Amos Oz relata en este libro la vida del kibutz ficticio de Metzudat Ram. El microcosmos del kibutz es el protagonista absoluto, cuyas pequeñas historias y variopintos habitantes no son sino ramificaciones de un tronco común. Adosada a este eje que vertebra el relato, sobresale la historia del maestro y poeta local, Rubén Harish y la de su familia, a partir de la cual irán desvelánandose otras anécdotas del ‘chismorreo’, de la gente corriente como Noga, Bronka, Ezra, Rami, Gai, Oren, Grisha, Herzel, Einav, Fruma y tantos otros, sin más pretensión que la de dar una visión de conjunto de este particular mosaico colectivo.

Si tenemos en cuenta que Amos Oz tenía veinticinco años cuando escribió esta novela, su madurez, su sorprendente capacidad de observación y su maestría técnica nos cautivarán desde las primeras líneas. El principal recurso que el autor ha utilizado para meternos de lleno en el kibutz, es la narración en primera persona del plural. Gracias a este narrador observador y partícipe al mismo tiempo, Amos Oz consigue adentrarnos también a “nosotros” los lectores en el epicentro sofocante de esta comunidad: No es que nuestro kibutz no sea pintoresco, ni que carezca de encanto, pero su belleza es intensa y viril, y su encanto conlleva un mensaje. Así es... Cuando ustedes vengan hacia aquí, tienen que desviarse de la carretera principal en un lugar...”.

El narrador ejerce además como testigo, portavoz y profeta, casi parece un guía espiritual y omnipresente del lector, a quien acompaña sin sobresaltos, con notas de humor y de inteligente autocrítica o ironía: En el kibutz todos son iguales, todos valen lo mismo, pero los privilegiados valen más”. Todo lo que hacen los personajes del kibutz, sus actos y sentimientos, sus reacciones, temores e ilusiones pasan por la lupa a veces despiadada e impertinente del narrador confeso del relato. “Hasia se deja la piel trabajando, mientras nosotros, qué vergüenza, apoyamos la cabeza sobre la mano y el codo sobre el escritorio, la observamos a través de la ventana sin hacer nada y arañamos el aire con nuestra pluma. Para la fraseología estamos nosotros...”; “Ahora podremos ser más amables. No dejaremos de hacer juicios de valor, que son nuestro secreto para arreglar el mundo, pero desde ahora pondremos en ellos una pizca de bondad”.

Este narrador colectivo nos ofrece también su cara más amable en contados momentos de gran belleza narrativa, como invitándonos a un ejercicio de percepción periscópica a trescientos sesenta grados, que solo alguien dotado de gran sensibilidad y dotes de observación como Amos Oz consigue transmitir: “Entre las dos y las tres deambula cada Shabat uno de los niños de los cursos intermedios del colegio... El no tiene relación con nuestra historia, pero nuestros ojos también se posan en él. Su tristeza nos resulta entrañable por razones que no vienen al caso. Dejémoslo.” Destaca además en esta novela la profusión de detalles descriptivos sobre los paisajes y sobre los habitantes. Con sobresaliente precisión y empatía el autor lo mismo se pone en la piel de los ancianos que de los niños o los adolescentes. Refleja rasgos de la psicología tanto en las mujeres como en los hombres y profundiza sobre las relaciones padres-hijos, entre cónyuges, o entre hermanos, ofreciendo en este recorrido intramuros toda la variedad del espectro humano.

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