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EL SUFRIMIENTO DEL GENIO DESCONTEXTUALIZADO

El custodio de la esencia silvestre del fútbol alejada de la mercadotecnia que no descifra Messi

miércoles 15 de julio de 2015, 05:35h
Actualizado el: 19 de julio de 2015, 00:30h
En Chile 2015 el fútbol remendó parte del hedonismo eurocentrista lanzado en los presupuestos añejos del balompié latinoamericano. Un paisaje que ahogó el talento de grandes figuras y volvió a evidenciar la descontextualización de un Messi incapaz de descifrar el diagnóstico de su fracaso.


Una patada a la altura abdominal con la pelota como atrezzo en la tesitura territorial menos relevante imaginable -pisando la cal de la medular en campo propio, de espaldas al arco rival y con los caminos cercenados por cuatro obreros oponentes-. Así luce el fotograma que delinea el trayecto desde el delicioso primer acto del Argentina-Paraguay inaugural del Grupo B -de absoluto dominio futbolístico, anímico y de cualquier índole albiceleste- y el flamígero editorial de Olé exigiendo la cabellera de Lionel Messi como sacrificio ritual de argentinidad, en la resaca de la derrota finalista. La agresiva interpelación anatómica ejecutada por Gary Medel, cuya posición venía reforzada por la trinchera conformada por Arturo Vidal, Jean Beausejour, Charles Aranguiz y la soledad de La Pulga, explicitó, en el inocuo 33 de juego del último peldaño del torneo latinoamericano, el terreno global tangible y metafísico sobre el que se manejó el campeonato. Un ecosistema que fundió la lucidez del 10 blaugrana en el proceso de transición de usos, costumbres y latitud.

La recién extinta Copa América 2015 ha venido a desnudar la romántica -y arrinconada- vigencia de la versión balompédica propia del pasado siglo frente a los presupuestos aceptados en la post-modernidad futbolística como principios absolutos. Así, el paradigma que dicta la expresión cultural deportiva en cuestión ha sufrido un revés, de pelaje tan tradicional como explícito, en el escenario más iluminado de la otra orilla del Atlántico. Una suerte de eclosión que ha convertido la desatendida especificidad latente en ese rincón de la oferta futbolística en la manifestación que ha contaminado de realismo añejo la estela dorada (y “europea”) de estilistas como Messi, Neymar, James Rodríguez o Alexis Sánchez.

En las canchas de Chile se ha mantenido el debate más ardoroso que se recuerda en torno a los preceptos que han excluido en las últimas décadas las labores artesanales que escapan al prototipo de futbolista multiusos, que ataca, defiende, crea y destruye, copando al menos el 70% de cada atribución sin lindar con los vatios máximos en ninguna faceta. Así, el discurso latinoamericano ha ejercido de foco antagonista y polarizador teórico de la manufactura en masa del prototipo box to box, mostrando al planeta el florecimiento de los fundamentos. Sin reinvención ni matices. El extravío decretado que menospreciaba la concepción setentera y ochentera de lo aterciopelado y fértil que constituye la especificidad gozaría, pues, de un paréntesis de suspensión funcional, para que el folclore localista sonara estruendoso en pleno ágora.

Porque entre junio y julio han brotado efervescentes roles en peligro serio de extinción por la globalización de la que no escapa tampoco el esférico. El espectador entrenado gozó de la reproducción a escala de extremos regateadores y centradores que no conocen vida más allá de la banda -destacados los zurdos paraguayos Benítez y Romero-; de la pericia táctica de los volantes tapón (mediocentros defensivos) que sólo sienten propia la jurisdicción de la lectura y ruptura de líneas de pase y fintas ajenas, sin perder una gota de sudor en plantearse batir líneas con un envío certero -sobresalieron en esta faceta el colombiano Carlos “La Roca” Sánchez, el uruguayo Arévalo Ríos, el chileno Marcelo Díaz, el carioca Fernandinho y el argentino Biglia-; del delantero de área cuyo adn reacciona de manera adversa si ha de pasar la frontera técnica y efectuar un pase que no implique abrir a los laterales para esperar que el carrilero le busque la cabeza en el punto de penalti -en esta categoría lucieron la perpetuidad, hasta ahora mutilada, del ítem físico y venenoso remate del peruano y pichichi Paolo Guerrero, el inquebrantable guaraní Nelson Haedo Valdés, el boliviano que compite en Brasil Marcelo Moreno Martins y el venezolano, de paleta cada vez más exuberante, Salomón Rondón-. También se avistaron dribladores de estilo estético encerado y libre, que rememoran la visión preclara y reverberación del enganche -el argentino Javier Pastore susurró esta acepción acudiendo a su versión de Huracán mano a mano con el chileno “Mago” Valdivia, poseedores, por otra parte, de la irregularidad inherente al perfil subestimado fuera del vaivén acuñador del mate o al arepa al que dio carpetazo la ortodoxia de Juan Román Riquelme-.

Incluso arrancaron una oquedad en el paisaje para saludar en la conversación piezas que manejan la pelota con la calidad del mejor organizador y con el cuidado de la figura discurriendo en las líneas arrancadas de la hoja de ruta -Nelson Ortigoza, paraguayo cerebro del San Lorenzo campeón de la pasada Libertadores, evidenció la jefatura de la velocidad mental sobre la de desplazamiento de los abdominales, más o menos pulidos, reflejando el afro del Pibe Valderrama-, los porteros que asumen que su responsabilidad primordial es la de parar y no la de generar la salida de balón del engranaje creativo de circulación propio -cabe mencionar al colombiano Ospina, al uruguayo Fernando Muslera, al argentino Sergio Romero, al guaraní Justo Villar y, en base al mandato del técnico chileno, a Claudio Bravo, mejor meta del torneo-, y los zagueros que no padecen la anestesia buenista y se afligen en pos de orinar el terreno que pisará su pareja de baile aplicando la amonestación corporal -en esta relación de nombres renacen Gary Medel y Arévalo Ríos y surgen proletarios de brocha gorda como el chileno “Gato” Silva, los guaranís Richard Ortiz, Da Silva y Bruno Valdez, los argentinos Marcos Rojo y Nicolás Otamendi, el peruano Carlos Zambrano, el chileno Gonzalo Jara (que elevó esta característica del juego a su máxima expresión en el trasero de Edison Cavani), los venezolanos Fernando Amorebieta y Óscar Vizcarrondo, el colombiano y mejor zaguero Jeison Murillo y los charrúas Diego Godín y el Mono Pereira-.


Pero, más allá de la particularidad de los modelos individualizados recuperados del siglo pasado, presuntamente trasnochados, ha emergido un bosquejo de balompié con graduación inmemorial que ha comprendido cada faceta del juego, desde los aledaños de lo estrictamente deportivo hasta lo atribuible a la atmósfera del pasto. Empezando el cuadro desde el otero que observó cómo Jorge Sampaoli organizaba un encuentro con los profesores que marchaban en una efervescente protesta junto a los estudiantes del país organizador del campeonato más importante del continente en plena concentración de la Roja. Para escuchar, que se sintieran escuchados y cultivar relaciones de consenso al tiempo que alejaba el bullicio de reclamo social de la pretendida paz del hotel en que se gestaba la empresa a afrontar; prosiguiendo el flashback a las décadas centrales del renacimiento futbolístico de los 70, de la Naranja Mecánica y los hábitos de los profesionales de la época evocado en la energía existencial de un Arturo Vidal que, apenas cinco días después del puntapié inicial y con dos actuaciones lucidas que significaron tres goles para su vestuario, destruyó su Ferrari cuando conducía ebrio a 160 kilómetros por hora, después de abandonarse a una madrugada de casino. Con similar condescendencia con la que se gestionaban los gustos etílicos o pasionales extramuros de mitos como Sócrates, George Best o Romario, Sampaoli relativizó el entuerto y apostó por el valor nuclear de Vidal en su jerarquía deportiva. Y, como antaño, el farol se tornó en eficiencia futbolística y gloria.

Narraba Leo Messi la conversación que mantuvo con el colegiado mexicano Roberto García tras sufrir un impío marcaje al hombre con Pekerman como autor intelectual y el brioso lateral colombiano del PSV, Santiago Arias, como determinado ejecutor, en el entretanto previo a la tanda de penaltis que decidiría el clasificado a semifinales. “Le pregunté al árbitro por qué permitía tantos golpes y me contestó que porque esto era América y así se juega aquí”, confesó tras pasar de ronda. El árbitro enunciaba la clave argumental que vendría a reforzar el volátil criterio del diez en el país de los dieces, Diego Armando Maradona, esta semana. “Tenemos al mejor del mundo. Va y hace cuatro goles ante la Real Sociedad y viene aquí y no la toca. Y vos decís: ‘¿eres argentino o sueco?’ Que se dejen de romper las pelotas los que dicen que a Messi hay que mimarlo. A Messi hay que tratarlo como a todo jugador que se pone la camiseta de la Selección”, diagnosticó el Pelusa.

La arrastrada dualidad de percepción y rendimiento del ganador de cuatro balones de oro en París con respecto a su vertiente catalana y la argentina recuperó sangrante vigor, cual úlcera, en Chile. Y se reprodujo en medio de la mencionada mesa redonda que atacaba el monopolio de la mercadotecnia en el balompié. Se deshacía el espécimen sublime del Cam Nou, que sólo recuperó piel en las semis ante una Paraguay mermada por las lesiones de Ortigoza y de la perla -21 años- gestora del vértigo ofensivo de la mediapunta del Basilea, Derlis González, con tres asistencias.

La altura del césped, de los decibelios en tribuna y la desactualización o ligereza organizativa -que quiso coronar a Messi como MVP, en un particular de escorzo hacia el premio de consolación, en clara confrontación con la realidad- que genera un ambiente que coquetea con la inseguridad que recoge tanganas con aires de reyerta -entre vencedores y vencidos, sobre el tapete- en las finales latinoamericanas casi de manera sistemática, configura un escenario que domina, en la práctica, la continuada y estricta simetría entre la exigencia física y psicológica -que no se da en Europa ni en los Mundiales, no obstante, más de la mitad de los expulsados (Neymar, Bacca, Cavani y Mati Fernández) fueron atacantes, “europeos” y en un estadio fuera de eje-. Una experiencia de tensión moral que prueba el límite agónico anatómico al dolor por la vía de la provocación y, en definitiva, fiscaliza la competitividad en esta región en la que la calidad individual rara vez supera a la sangre colectiva. Donde las estructuras que cantan victoria anticipada en el Viejo Continente aclamando que la victoria llega sin piezas defensivas en la medular y confiando el equilibrio a la pegada -léase el Madrid post-Décima-, comprueban lo superficial de su experimento en vivo, ante zagas de tres centrales -situados para tamponar con el cemento cohesionador del doble pivote de repliegue, no para aclarar la salida de pelota, la versión ofensiva del último lustro en el Mediterráneo-, frente a radicales marcajes al hombre que provocan el resurgimiento del virtuosismo vintage en el trabajo de la espalda y articulaciones rivales de Chendo o Gentile y contra las posturas más alejadas del juego de toque y combinación que beben del pionero americano, Helenio Herrera, y guardan su reflejo con pleitesía en esta ribera del océano. Con encerronas zonales diseñadas para indigestar los 90 minutos a los transmisores de espectáculo, en efecto, con la actuación reglada de los árbitros que no consiguen traducir la presunta necesidad de proteger a los mitos porque si no se perjudica el juego.

Una tesitura en la que la autoridad del entrenador sobre cualquier estrella con rostro y trucos de icono de una era en potencia no necesita legitimidad en base al convencimiento, sino que subyace per se. Por rango. Un reducto de naturalidad ante el fútbol moderno en el que la relación de fuerzas en el vestuario no admite requiebros en la asunción de liderazgo y toma de decisiones -contradicción de vuelta al molde de Chamartín-. Así lo evidenció el temperamental Dunga, que exigió a la Federación Brasileña de Fútbol que no movieran hilos para arrancar la cautelar que devolviera a su faro atacante -único reflejo del joga bonito- al torneo tras la enajenación desencadenada por un duelo cocinado sobre las patadas, codazos y desconsideraciones a su estatus del bloque cafetero. Neymar no volvería a jugar y la canarinha quedó achicada en relación exponencial hasta confirmar la calamidad que supone quedar ahogado ante Paraguay en cuartos, por un cortocircuito en las rutas de acceso y alimentación del juego ofensivo, muy depauperadas. La apuesta de la gestora del futebol por el presente seleccionador no resulta, sin embargo, descontextualizada. Se ahonda en el proyecto de retroceso de líneas, afianzamiento de la seguridad en el achique y salida disparada a la transición, un guión que pobló las semifinales de esta Copa América y las del pasado Mundial, salvo el virtuosismo y pliegues sistémicos de Alemania. Porque Dunga ya mamó este prisma brasileño y su aplicación exitosa en el 94, con aquella legendaria medular que lideraba su brazalete bajo el resguardo de dos titanes tácticos irrepetibles: Mauro Silva y Mazinho. Y debido al aire de los tiempos que soplan por la recuperación de la polarización en el respeto a los estilos que enfrentaron a Menotti y Bilardo, de manera categórica en América. Que explican que la intensa labor de repliegue Uruguaya habría gozado de otro recorrido de figurar en el plantel el veneno de Suárez. Como en el Mundial de Sudáfrica o la pasada edición del torneo latinoamericano.


El estadio La Portada de La Serena acogía el 13 de junio el debut de la favorita rutilante. Argentina aceptaba el uniforme de candidata regalando unos 45 minutos de asolador rodillo creativo, a medio camino entre la habilidad individual y la fluidez en el trazo de pasillos de penetración entre Pastore, Messi y Banega -centro del campo diseñado con un solo recuperador, Mascherano-, que granjeó una sensación de preeminencia sabrosa para la albiceleste. La estadística entregaba la razón a Martino con el 2-0 general y una relación de 7 a uno en intentos con el sobrio meta Silva como actor principal del sostén paraguayo. En el pasadizo de salida al segundo acto La Pulga, que había brillado en la gestación combinativa, preguntaba a Di María qué boludez había dicho el Tata en vestuarios. El Fideo aclaró que la boludez se refería a seguir concentrados y “no dejarles entrar en el partido”. La petulante sonrisa compartida fotografió la descontextualización del 10. La inyección de balón que Ramón Díaz implementó en la genética tenacidad guaraní -en el fútbol o en la contienda por el territorio frente a su enemigo, en este caso deportivo- cosechó una deflagración de realismo pragmático que empató el 2-0. Congeló la frescura mental del equipo de mayor calidad técnica para rozar la remontada y obligar a Martino a repensar el aventurado esquema de creatividad sólo sostenida por el Jefecito. Biglia no abandonaría ya en el campeonato la vera de Masche y Messi no escaparía del aviso del debut. Eso sí, la posesión -ansiada en los lares familiares y vaciada de magnetismo en las naciones hermanas- supuso una victoria clara para el modelo: Argentina ganó por 70 a 30 por ciento.

No conseguiría éxito al lanzarse en slaloms imposibles solitarios, en la intentona de descifrar el pase resolutivo, ni siquiera resultó afinado en la dirección de orquesta. Retrasando decenas de metros su posición, caía a la derecha para abrir el repliegue rival desde cero. Las semifinales le dieron un respiro a su frustración. A verse de nuevo superado por la imagen que refleja el espejo, esa del mejor Messi de Barcelona. A soportar el extremismo competitivo americano después de una temporada de cosecha exponencial. Y regresaron las acusaciones de pecho frío, acompañadas en esta ocasión con una amalgama de dardos que incineraron el árbol caído con el editorial de Olé como gota que provoca el rebose. La herida no tuvo respiro para cicatrizar ante el clamor popular contra el único nombre capaz de portar el 10 en Argentina sin rubor. El relato del estilista que no consigue aclimatarse a todo lo prescripto. Parecería que la pócima abrasiva hubiera aconsejado a Leo la opción de no regresar, según la rumorología. Y, como daño colateral o capital, podría llevar consigo el chau de Javier Mascherano, el espíritu, entraña y cerebro del siempre volcánico seleccionado argentino. Una incomprensión -popular con la estrella y del futbolista para con el pelaje exigido en su continente natal- mutada en palabras mayores.

El hambre de la selección ilustre y anfitriona con la vitrina vacía, la mejor generación de futbolistas de su historia y la firme intención de maquillar, en la medida de lo posible, la atmósfera del Nacional de Santiago -contaminada ad aeternum por la pretérita condena que constituye haber albergado el excremento político de una dictadura al servicio de los antojos experimentales de la Escuela de Chicago-, confluyeron para encumbrar el esquema de presión, robo y verticalidad puntiaguda que Sampaoli cristalizó de Bielsa, a lomos de la brega y clase, en proporciones similares, de Arturo Vidal y Charles Aranguiz. La final certificó las sospechas dibujadas en el transcurso de los acontecimientos y las situaciones evocadas desde la pizarra táctica -ayudas solidarias, coberturas, transiciones por lado ciego-, los laterales solventes sin balón convertidos en carrileros, el triunfo del ritmo y urgencias competitivas apagaron el desbalance de calidad. Para sobrevivir en el último peldaño, a Argentina le sobró tango y le faltó cumbia villera. Y Jean Beausejour, sufrido lateral izquierdo chileno, se sustrajo del jolgorio inmediatamente posterior al título para subrayar que "uno recién ahora dimensiona lo que pasa. Hace unos días me llamó un profesor de cadetes que me dijo: ‘Ojalá que en el estadio en que tanta gente sufrió y se torturó puedan tener una alegría’”. “Pensamos en eso y muchos rezamos pensando en esas personas y en un lugar donde hubo muerte, hoy le dimos una alegría a Chile”, agregó, remarcando la unicidad del balompié americano, que todavía trasciende a los presupuestos globales estandarizados.

El guarismo impersonal refleja que se anotaron 59 goles en 26 partidos, síntoma del giro hacia el repliegue y la igualdad. Las bandas se descubrieron homenajeadas por reflejos de Cafú que tomaron cuerpo en el chileno Mauricio Isla y el peruano Luis Advíncula. El espectador vio suplido el exceso de celo en la circulación por golpeos desde media distancia que obtuvieron su ejemplo descriptivo en el cañonazo del chileno Vargas a Perú, camino de la final. Y América se reconcilió con sus instituciones y campeonatos domésticos, que recuperan resplandor referencial. De hecho, Perú y Paraguay, selecciones semifinalistas menos agraciadas técnicamente, compitieron con más centrocampistas y delanteros que juegan en el continente americano que en Europa, luciendo en el primer grupo la mayoría de piezas destacas (Guerrero, Lobatón, Ballón, Cueva -revelación del torneo-, Cáceres, Ortigoza, Romero, Benítez, Santa Cruz y Lucas Barrios). En Chile 2015 el fútbol remendó parte del hedonismo eurocentrista, atisbando un viraje de pentagrama que aisló y relativizó las aptitudes de genios que no admiten debate a dicha consideración en el deporte provisto de automatismos que protegen el espectáculo, que no la esencia del mismo.

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