www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

LA EPIFANÍA MORAL DEL MITO MADRIDISTA

¿Por qué Casillas, el mejor portero, anhela trascender como una buena persona?

viernes 31 de julio de 2015, 05:52h
En el último tramo de la travesía merengue del mejor portero español de la historia, el 'santo' sangró madridismo y humanidad para confiar en que la perspectiva del tiempo nuble su pugna hedonista por amalgamar el favor de la opinión pública en confrontación con los intereses colectivos del equipo que capitaneaba.


La escenografía de vacuidad escogida para el desenlace ritual de la carrera del mejor portero de la historia del Real Madrid perfila, cual sombra cincelada en el polarizado inconsciente colectivo, el plomizo color que ha emanado el epílogo para contaminar el trecho final de dicha trayectoria deportiva. Así, solo, entre sollozos que coqueteaban de manera latente con la ruptura emotiva y discursiva, se construyó el trazo gráfico imperecedero que completa el ilustre cuadro de Iker Casillas, un pliegue complementario tan descriptivo sobre su experiencia como necesario para comprender la vertiente sanguinolenta del 'santo'. Sus exhibiciones de reflejos, reacciones anatómicas -en ocasiones de cariz incomprensible y definitorias de multitud de partidos que conducían a sacar lustre a las vitrinas de Chamartín, desde la presunta intrascendencia del ecuador de cualquier calendario liguero hasta la cima de la responsabilidad en el techo continental- y las aptitudes y ejecuciones implementadas con la coherencia eficaz e imprevisible de los guardametas infrecuentes trascienden aliñadas por la teatralidad de su adiós verbalizado.

La peculiar búsqueda de la catarsis a través de la soledad del orador en la sala de prensa del Santiago Bernabéu germinó como la cosecha del postrer frotamiento en el diseño, de perpetua indigestión, de la rampa de salida de una leyenda. Quizá, también, como resultado de la introspección del que se buscaba en el espejo en plena y dilatada escaramuza sin encontrar un reflejo complaciente y, entonces, desde la atalaya de aquel que se sabe pasado, sufría el ardor de la necesidad endógena por alcanzar la comprensión colectiva, de su interlocutor masificado e impersonal. De la masa social que, en este brete de la guerra y para su aflicción, no acierta a asignar con nitidez las categorías de verdugo y víctima en el conflicto del que ha resultado protagonista y epicentro en confrontación (y en conjunción de antagonistas) con Jose Mourinho, primero, y Florentino Pérez, después. La urgencia por arrancar, siquiera, un armisticio inter pares que evocara el despliegue en la tribuna de la suavidad aterciopelada sobre la percepción que el sector beligerante, escéptico o no militante guarda de su figura -en sus lides, quijotescas por momentos y por los escorzos argumentales de sus portavoces mediáticos-, quedó representada al aceptar y encontrarse Iker en la comparecencia que su presidente reclamó para lanzar, con alegría, dardos y desmentidos a aquellos que cabalgaban su campaña en boca del “entorno” de Casillas. Lágrima en glotis, el portero se descubría atendiendo la resaca de los bombardeos donde nunca quiso: en primera fila de trinchera. Y no desde lo que Eduardo J. Castelao acuñó como ruidoso silencio, de autismo público y verborrea de subterfugio. Lo hizo rodeado por los trofeos que escriben su currículo y envuelto en las loas de la hinchada desplazada. Como, en la trastienda del principio del fin, había desestimado.

De vuelta a esa icónica y calurosa comparecencia que quiso íntima del pasado 12 de julio, el emotivo relato de despedida redactado -y publicado por el club- guardó un matiz sintomático y sentimental de divergencia para con el texto impreso que invocó la desnudez psicológica del ser humano que lloraba madridismo y empezaba a sufrir el punzón de la nostalgia, después de 25 años de existencia activa en la entidad merengue. El eterno 1 apostilló una improvisación con la entraña en el segundo punto de profunda endeblez afectiva del discurso, cuando expresaba su angustia por la factible relativización de su ars magna futbolística debido a la negligencia como capitán. Susurraba lo prescrito la siguiente confesión: “Hay una frase que siempre he dicho en alguna entrevista y la vuelvo a repetir para que la gente se quede con ella: por encima de recordarme por ser un buen portero o un mal portero, sólo espero que la gente se acuerde de mí por ser buena persona”. Punto. En su alocución ante los medios el arquero añadió, con la voz quebrada, “con mis defectos”. Parecería que, al final del camino, la conciencia confirmaba lo distópico de la utopía planteada en la guerra sucia desplegada contra su suplencia. Horas antes de acudir al extremo septentrional luso de la Península y sentir lo punzante del exilio, el mito humanizaba su piel para desear que la perspectiva que aporta el inexorable paso del tiempo cauterizara las heridas de esa suerte de cruzada intestina que sólo contó con una relación de víctimas. Sin vencedor en el plano deportivo, sólo hubo rédito en alguna que otra redacción. Porque Casillas, de desempeño balompédico inmaculado -valga esta categorización groso modo de su carrera deportiva sin atender a la especificidad de sus flaquezas desatendidas-, participó de una pugna teórica de carácter histórico, que se desarrolla con especial ardor en el presente y que excedía su jurisdicción como obrero protagonista parte de un vestuario. El portero se vio inmerso en la batalla por el mando, la preponderancia en la toma de decisiones y la búsqueda de la jerarquía en la relación de fuerzas e influencias entre los futbolistas y los entrenadores (custodiados desde el palco).


La tesitura capitalina actual ofrece escasos y exitosos intervalos, de fugacidad notable, en que los futbolistas no hayan disfrutado del mando tectónico del día a día. Del control, incluso, de la salud laboral del entrenador de turno o la estabilidad de la cúpula institucional. Con décadas de laboratorio para extraer conclusiones y modelos de funcionamiento teórico y práctico, el Real Madrid del presente siglo se ha manejado en ciclos confeccionados por el trueque entre disciplina y flexibilidad en el banquillo, en una suerte de entente cordiale entre la presidencia y los portadores del brazalete. Por el camino, el club desplazó la pizarra de confección de la plantilla y el proyecto deportivo del habitáculo técnico hacia los despachos de pisos superiores y, en esa especie de dobleces en la posesión y ostentación del timón, acontecieron y explotaron episodios a los que asistió un Iker, tierno en el vestidor de los galácticos, que atisbaba el aprendizaje por socialización primaria. “El trabajo de Vanderlei (Luxemburgo) fue bueno, pero cuando tienes dos o tres jugadores que no entienden lo que el entrenador quiere transmitir y encima son los líderes del vestuario, al final esos tres jugadores terminan contaminando a los demás para que el técnico no continúe”, avanzó el carrilero zurdo paradigmático Roberto Carlos para concluir su sincero diagnóstico dibujando un curioso paralelismo con la subida del telón del “proceso depresivo” padecido por el presente guardameta del Oporto: "El problema no era de respeto, era de actitud, y muchas veces los jugadores dejaban de hacer”. “Usted sabe cómo es Vanderlei, si no haces lo que quiere se embrutece, (…) así que pienso que fue culpa (los paupérrimos réditos del equipo) de los jugadores y no de Luxemburgo", sentenció el carioca.

El 3 compartía escaño en la línea defensiva con Fernando Hierro, el gran referente en cuanto a capitanía para Casillas -de la mano de Raúl González-, cuando el malagueño abanderó una revuelta íntima tras la consecución del vigésimo noveno título de Liga (mayo de 2003) que amenazaba con mutar el pelaje a motín. El órdago de los jugadores para con la directiva consistió en las negativas a realizar una segunda vuelta olímpica de celebración tras el partido con el Athletic y acudir a los fastos que obligaban al careo con el recién nombrado alcalde de la ciudad, Alberto Ruiz-Gallardón. La prohibición del tradicional ascenso a la Cibeles por vía consistorial y la directriz tomada por Florentino Pérez que desestimaba la renovación de Vicente del Bosque -con el cambio de perfil de técnico y de gestión de grupos que se avecinaba en consecuencia-, atendiendo, según el club, a la necesidad de ejecutar un “cambio de mensaje” desde el banquillo, se antojaron como las líneas argumentales de una reyerta que constaría en acta y posicionaría a los ulteriores jefes de la manada en esa conversación agreste y perpetua por la autoridad e influencia en los resultados y la atmósfera de trabajo. Elemento este último central en un deporte colectivo tan condicionado por la química y engrase entre los niveles de la estructura. "Sé que es una decisión a contracorriente, con la que no está de acuerdo ni la calle ni el vestuario, pero la tarea de un gestor es gestionar", zanjó agrio Valdano un día después de levantar aquella Liga, en una reproducción sui generis de lo argumentado en junio con Carlo Ancelotti como sujeto pasivo. El eterno retorno de la dialéctica disciplina/flexibilidad.

Una década más tarde, el virtuoso defensor de los palos madridistas, ya beatificado por obra y gracia de las Ligas de Campeones, Eurocopas y Mundial, se desayunaba con el #ikerveteya como trending topic. Los porqués del viraje desde su impoluta posición y percepción hasta el cortejo de la impopularidad extremada se cimentan en la discusión teórica expuesta, pero el paisaje disparó su penumbra cuando entendió como propia la busca del monopolio de la opinión pública. Un peldaño demasiado alejado. De altura antagónica a la residencia de lo estrictamente deportivo, la dinámica de un grupo de futbolistas y la responsabilidad inherente al brazalete de capitán de un equipo, aunque éste posea la trascendencia, repercusión y proyección del mejor balance financiero internacional. La empresa de imposición de ideas sobre la gestión de los recursos humanos tornó hacia el sangriento intercambio de veneno por motivos dispares y de atribución repartida entre futbolista y entrenador, que colocó ambos interlocutores en posición de no retorno.

Marcelo Bielsa, un ejemplo palmario del arquetipo de preparador al que obedecen las hechuras y planteamientos de Mourinho, testificaba su tormento tras haber elevado la competitividad, nivel estilístico, ambición y autoestima del Athletic Club en su primera temporada y caer “sin competir” en las dos finales alcanzadas: “Cuánto han dado estos jugadores y, ¿cómo hago para empezar a pedir de nuevo?”. El técnico argentino decidió “mejorar las condiciones de trabajo, parecernos cada vez más a los grandes equipos del mundo” como digestivo para que sus futbolistas deglutieran de mejor grado el venidero similar nivel absoluto de exigencia de la temporada precedente. En consecuencia, emprendió una remodelación de las instalaciones del añejo Lezama que se trompicó y confluyó en un incidente premonitorio de la erosión que estancaría el compromiso y rendimiento de un grupo de jugadores que habían sufrido el desvanecimiento de la seducción de su particular entrenador. Y Mou es, y acometió ese rol en Madrid, uno de esos técnicos que queman a un grupo de trabajo tan peculiar como resulta un vestuario de multimillonarios si no adecua su exigencia a las circunstancias. El portugués comprobó, tras resucitar la pulsión competitiva del Real Madrid y batir al mejor Barça de la historia con una exhibición de músculo y solidaridad colectivos, cómo el tercer capítulo de su contrato resultaría el último. La críptica disciplina comunicativa -similar a la aplicada por Pep Guardiola en su legendaria obra catalana- nublaba su firmeza, horadada por filtraciones que, en última instancia, provocaron la deflagración de Florentino Pérez contra el diario Marca, al tiempo que los guarismos en el campeonato que mide la cohesión y regularidad naufragaban a buen ritmo, las líneas se rompían sobre el césped como secuela ineludible del arrinconamiento de la faceta de repliegue y las constantes del equipo campeón mostraban un electrocardiograma irreconocible.


No tengo equipo, hay muy pocas cabezas concentradas”, declaraba quejoso Mourinho tras caer en el Pizjuán y colocarse a ocho puntos del líder en los cuatro primeros partidos del competencia. La conciliación entre el vestuario que quiere potestad de gobierno y el técnico con un modus operandi que no admite oquedades ni rebates a su legitimidad como comandante en jefe, se fracturaba y el advenimiento de las suplencias ejemplarizantes tomó cuerpo con Sergio Ramos -la otra pata de aquel supuesto ultimátum de los líderes del vestuario a su presidente a cuenta de la continuidad del entrenador-. El central sevillano, disperso por la recurrente contaminación monetaria, colocó su orgullo en perspectiva y reaccionó de manera positiva. No ocurriría lo mismo con la voz del grupo, con el primer capitán. Y la mecha prendería para no volver extinguirse. Casillas empezó a referirse a sí mismo en tercera persona, el aparataje de defensa integrista de su “honra” en los altavoces pertinentes quedó diseñada y activada y el contraataque de los acólitos y el entrenador -desatado, que ensuciaba en aquellas alturas de manera sistemática su “si perdemos, en el vestuario te señalo pero fuera el culpable soy yo” y detonaba su miscelánea de indirectas reflexionadas sin pestañeo (“Yo no voy a proteger a alguien al que le gusta enviar algún sms e informar de lo que pasa en el vestuario”)-, en pugna por la opinión pública, confirmó la deriva calamitosa de un bloque sin concentración ni compromiso, que antes de su extinción en la final copera entregada al naciente proyecto del Cholo Simeone en el Bernabéu no se molestó en disimular el estadio abrupto de las divisiones intestinas.

Olvidada por la suerte del destierro aquella porción de vergüenza en simétrica posesión, Casillas calculó de manera descuidada su movimiento al conocer que Ancelotti, tildado como “el apagafuegos”, le brindaba a degustar también la frialdad del banco. Los automatismos de derribo del sistema anterior, que entregaban el péndulo de la gestión de la producción a los obreros, alzaron los decibelios de su pegajosa estratagema y, sin un escenario polarizado -como el que repensó Estados Unidos en la resaca de la construcción hiperbólica del enemigo soviético-, la vehemencia en la ofensiva colocaba a Iker en una posición un tanto desairada. Porque se elaboró un razonamiento que atentaba contra la lógica deportiva -de presentismo y meritocracia-, y se elevó a ofensa y falta de respeto una decisión técnica -descontextualizada de aquel “me gusta un portero que juega bien con los pies, un portero que sale bien a los centros y que domina el espacio aéreo. Iker es un fenómeno entre los palos y hace paradas fantásticas, pero (…) es simple, mientras sea entrenador del Real Madrid va a jugar Diego López en condiciones normales”-. El mito debía figurar contraviniendo el axioma circunstancial de Ortega y Gasset. De lo contrario, subiendo lo jugoso de la apuesta, sobrevendría la amenaza: “se va”, “está planteando marcharse si no juega”. Todo ello, para alimento de actual duermevela del guardameta, con el brazalete enroscado. La pesadumbre de esa epifanía moral definitiva multiplica su profundidad al saberse en la responsabilidad del cuidado de la armonía interna, de la instrucción de los recién llegados y noveles en los valores de la historia e institución merengues, de la necesidad de coherente blancura en el mensaje enviado al exterior y de la gestión constructiva de los conflictos interinos. De la desorientación que constituye para una hinchada que su voz pública y bandera en vida amenace con explosionar y explosione la estabilidad y la candidatura de su vestuario por la titularidad. Que ejerza de bacteria en lugar de antibiótico para el bien común por intereses particulares.

No midió el portero, en esa huida hacia adelante, lo que estaba en juego al ocupar la parcela extra deportiva de la opinión. Porque la percepción que arraigará de Mourinho, Ancelotti, Diego López, Adán, Keylor Navas o Arbeloa no admite cotejo con el legado y estela propios de su legendaria carrera. Pero, quién sabe si cebado por ese ruidoso silencio y sus portavoces, su sobresaliente altura ganada en el campo se remangó para que, en el fango dialéctico, escupiera sobre su trascendencia y se afanara en atocinar la carnaza diaria que supone esclarecer verdugos y evidenciar de manera continuada su piel de víctima y lo escarpado e injusto de su caída en desgracia. En la última recta, antes de encontrar un enemigo en el máximo mandatario, a cuenta de las negociaciones y la escenificación del epílogo, la campaña y “red de seguridad” del arquero se afanó en la suelta de directos, crochés y ganchos hacia fantasmas, hacia malos recuerdos desenterrados a conveniencia de la deconstrucción que sus voceros efectuaban de su imagen, ya que no figuraba resto alguno de ninguna afrenta presuntamente palmaria a los galones del portero que arrojar a la espalda de algún contendiente, por deslenguado que éste fuera.

La epifanía moral que reflejó Iker en su saludo final conecta con su único parlamento sosegado, al calor de la chimenea del pretendidamente neófito en la materia futbolística Iñaki Gabilondo, en octubre de 2014, con la Décima en el zurrón, la pérdida de importancia en la dinámica grupal confirmada y la amenaza disciplinaria desde el banquillo descartada. “La etapa de Jose Mourinho en el Real Madrid fue muy buena para nosotros, de verdad, en serio, lo pienso y lo seguiré pensando siempre, porque nosotros nos aupamos a la igualdad Madrid-Barça que habíamos perdido en las últimas temporadas y ha sido, para mí, de verdad, de los dos mejores entrenadores que he tenido”, abría la charla el portero. “De verdad, en serio”, se apresuraba a enfatizar para desmarcarse de los transmisores de su presunto mensaje de animadversión ultra-ortodoxa hacia el autor del obstáculo que la fortuna le malquiso colocar delante, conocedor de la carga huracanada de este testimonio contradictorio. Prosiguió el meta subrayando dónde arrancó el entuerto -término tan de moda en las relaciones institucionales entre Chamartín y Mourinho- personal que le empezó a alejar de su objetivo último, la titularidad en la Euro´16: “La suplencia en Málaga, donde el equipo no estaba atravesando bien en Liga y el míster entendió que no estaba para jugar aquellos partidos y me dio un toque de atención (…) Para mí ese toque de atención fue muy fructífero porque me hizo espabilar, reaccionar y saber que tengo que dar un poco más de mí porque a lo mejor no estaba haciendo las cosas tan bien”.




“El resto de los compañeros veían que si esto me sucedía a mí, que llevaba tanto tiempo, qué no iba a suceder con ellos”, describía Casillas avanzada la charla. “Bueno, de hecho, ¿qué es lo que estaba sucediendo? ¿Qué no te ponía?”, rebatió Gabilondo para la respuesta del interpelado: “Sí. Ya está. Se respetaba y no pasaba nada”. La conversación, nuclear en consideración por su unicidad en cuanto a la expresión pública, sin intermediarios, del prisma del icono cuya sombra yacía salpicada de barro, transcurrió entre asunciones veladas de acusaciones argumentales que no contemplaban su suplencia como blasfemias a la divinidad -“La gente que hemos tenido el talento innato desde pequeño, lo tienes y no lo vas a perder, lo único que tienes que hacer es cuidarlo todos los días (...) y no tengo necesidad de ir al gimnasio”-, confesiones desde la entraña en apnea de la batalla por el bien parecer -“El público es soberano pero también te duele (los silbidos) porque llevas desde los 9 años y has conseguido grandes cosas con el Real Madrid”-, aseveraciones dotadas de cierto punch sorprendente -“Siendo la temporada pasada (la de la Décima) en la que menos jugué, a nivel profesional, con rutina, ha sido la mejor de todas”- para arribar a una conclusión medular, que liga con la fisionomía simbólica, semántica y emocional de su despedida: “A lo mejor, en su momento, tenía que haber hablado y haber contestado al entrenador, que era Mourinho. Pero opté por guardar silencio, decidí callarme, para bien o para mal”.

“Estoy convencido que cuando estás siempre en el mismo club no te das cuenta del valor que tiene. Estoy convencido de que, si me voy a otro equipo, voy a saber mucho más la importancia que tiene el Real Madrid para mí. Siempre lo que pensado”, declamaba un futbolista que exhalaba su necesidad por sentirse comprendido a finales de 2014. Bajo el abrigo de la distancia y de sus primeras estiradas y resbalones en la pretemporada del Oporto, con las cenizas esbozadas por el fuego exangüe en el retrovisor, el tiempo juega en favor del anhelo de la leyenda que se enmarañó en una guerra de guerrillas hedonista que le nubló su propio estatus. Despojado del consejo más o menos afinado de sus altavoces y el refresco prolongado de sus demonios en prime time, el efecto recordatorio de la soledad descarnada de su salida y el trasfondo que la originó adoptará, con seguridad, la envergadura del souvenir en relación con la experiencia vivida, del condimento ornamental en el paladar de guiso casero. La perspectiva colaborará, sin fisuras para la duda, en la amnesia que amaine la rudeza del nefasto fenómeno, de su conducta final como capitán de la institución balompédica más (per)seguida, estudiada, interpretada y fiscalizada. Y cuando la titularidad o su ausencia no conlleven la pesquisa de testas a rebanar, el magnetismo de su nombre quedará cincelado en Concha Espina, en justicia para con sus méritos y significación en la travesía histórica de la entidad, a la altura de los estandartes metafóricos, redactores de épocas y portadores del simbolismo de un club centenario. O de una nación que grita su unidad a través del paroxismo de esta expresión cultural futbolística.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios