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TRIBUNA

La técnica de la paz

Lourdes García del Portillo
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lourdescaracasgmailcom/14/14/20
martes 15 de septiembre de 2015, 20:16h
Actualizado el: 15 de septiembre de 2015, 20:34h
El ser humano es un ser técnico. No sólo se adapta a su mundo, sino que, además, adapta el mundo para realizar su siempre cambiante proyecto. Así, opera sobre todo lo que encuentra y lo convierte en una función, en un instrumento al servicio de su vida. Toda cultura ha desarrollado una técnica para transformar el mundo al calor de una empresa ilusionante. Lo que tiene de peculiar, entre otras cosas, la cultura occidental es que, desde Grecia, ha basado su técnica en la ciencia, es decir, que ha sistematizado y convertido en habitual una acción que de por sí es francamente extraña. En vez de vivir al momento, e inventar la técnica sobre la marcha, Occidente se detiene y se pone a observar con paciencia cómo funcionan las distintas realidades que encuentra. Después, generosamente las comprende en un esquema de su comportamiento. A eso, lo denominamos su Ser. Por último, gesta la técnica, es decir, un nuevo tejido ideal que le permite operar en ese mundo, ahora conocido, transformándolo a su medida. Gracias a ello, el occidental de hoy tiene una vida mucho más longeva, se alimenta mejor, cuenta con una educación superior, más diversiones y en general, más posibilidades que cualquiera de sus antepasados. Como todas las sociedades hasta nuestros días han sido en general pobres, es decir, que han tenido escasez de recursos materiales para realizar sus proyectos vitales, el pensamiento occidental ha hecho especial hincapié en las cosas y las ciencias humanas han quedado relegadas a un segundo plano. Tal es así, que los científicos de lo humano, en vez de buscar fórmulas para aprehender la realidad de las personas, han tendido a trasladar a su objeto de estudio (que por cierto no es sólo objeto, sino ante todo sujeto) los métodos de las ciencias de la naturaleza. A principios del siglo XX, sin embargo, esa propensión cambió y, en distintos países de nuestro mundo cultural, emergieron magníficos métodos filosóficos, que prometían sacar del atolladero a la sociedad occidental. La Segunda Guerra Mundial arrasó con ese prurito de originalidad y mejora, y las ciencias de lo humano recayeron en un decrépito positivismo. Los denominados científicos sociales volvieron una vez más a partir del supuesto de que el ser humano es una cosa a la que se puede abarcar desde los métodos de las ciencias naturales. Como las cosas se caracterizan por ser de un modo determinado y regirse, por tanto, por leyes fijas que pueden ir poco a poco descubriéndose, sobreentendieron que las personas también estaban determinadas por leyes inmutables. Entonces, las ciencias humanas prácticamente abandonaron la faena incesante de comprender la compleja realidad de las personas, es decir, dejaron de ser estrictamente ciencia y resolvieron utópicamente que nuestra realidad ha de inscribirse en esquemas prefijados que, por demás, brotaron en el siglo XIX, es decir, que son arcaicos. A esos esquemas anquilosados los denominamos ideologías. Son todos ellos deterministas porque pretenden que toda la magnífica y siempre cambiante realidad humana quepa en unas pobres y ya tipificadas abstracciones. Creyendo tener la verdad absoluta sobre lo real, una parte de los científicos sociales de forma prepotente se dedicaron a divulgar ese esquema en las escuelas de lo humano. Así, la ciencia política, que nació con la pretensión de llegar a una mejor convivencia en sociedad para que cada persona pueda desarrollar sus proyectos con la mayor holgura posible, ahora, en gran medida, se dedica a intentar imponer uno u otro pensamiento único, espoleando paradójicamente la discordia. Además, no contentos con eso, parece que algunos de los denominados científicos sociales, aprovechándose de la radical desorientación que existe, han decidido formar partidos políticos que propaguen sus angustiosos sistemas ideológicos cerrados al resto de los ciudadanos que, por dedicar su vida a otros menesteres, nunca se han parado a pensar que los problemas humanos no pueden resolverse con cuatro ideas bonitas, simples y utópicas. Nuestro mundo se ha llenado así, de eslóganes edulcorados, de lugares comunes, que la gente enfervorecida corea mecánicamente como mantras en las plazas. No los han gestado ellos; por supuesto, los toman de las ideologías, recursos intelectuales vagos y mediocres, incapaces de renovar las ideas con que apresamos la realidad.

Este problema, que es nuestro, es decir, occidental, no se queda en nuestro mundo, sino que repercute en otras culturas. Nuestras ideologías, que repito, sean de un signo u otro pretenden inscribir la totalidad de la realidad en esquemas fanáticos, fijos y predeterminados para todo tiempo y lugar, han hecho vigente la idea de que tenemos que ser pacifistas, es decir, no ir a la guerra, pase lo que pase. El problema es que la paz, que no deja de ser una bella y necesaria pretensión a la que aspirar, sólo se consigue mediante una verdadera ciencia y técnica política. Cuando dos grupos dentro de una sociedad o dos culturas, en el ámbito internacional, se enfrentan, pueden resolver sus problemas mediante distintas técnicas. La más rudimentaria y primitiva es la guerra. El que gana impone sobre el otro su punto de vista y ahí acaba la disputa. Pero como las guerras literalmente no nos dejan vivir, el ser humano ha ido desarrollando mejores fórmulas políticas para conseguir la paz y vigorizar la convivencia. Debido a que hoy ese esfuerzo científico y técnico prácticamente no existe y priman el utopismo y las ideologías -sean de derechas o de izquierdas-, Occidente un día alentó la idea facilona y absurda de que se podía trasladar su mirífica democracia a otras culturas con sólo desearlo. Y esas culturas, como son otras, no supieron, ni probablemente quisieron adaptarse a esos esquemas ideológicos, simplísimos y patéticos que, dicho sea de paso, tampoco apresan las bases en que se funda nuestra cultura. Esa es una de las razones por las que hoy esas sociedades foráneas estallan. Nuestra parte de culpa fue impulsarles a llevar a cabo un proyecto de vida que no es el suyo; no sé en qué medida, al ser ellos también responsables de su destino, podrían haberse resistido, como tantas otras veces, al pensamiento desiderativo occidental. Sea como fuere, hoy millones de personas pasan de ser ciudadanos con una vida personal por realizar a refugiados sin casas y sin proyecto hacinados en nuestras fronteras. Más allá de que podamos ubicarlos en tal o cual país, ¿quién les devolverá su vida, su proyecto, sus ilusiones? A su vez, como seguimos sin entender que la paz no se consigue sino intensificando la técnica política, un movimiento pacifista parecido al que espoleó la Segunda Guerra Mundial impide a Occidente enfrentarse con todo su potencial al Estado Islámico que ha emergido al calor de la desestructuración social de distintos países de la zona. Y el ISIS, sin el menor reparo, utiliza las armas creadas por Occidente para destruir a Occidente. Como no hemos acrecentado nuestras mayores potencialidades, que son la ciencia y la técnica, en este caso política, tarde o temprano nos veremos abocados a utilizar nuestras armas más grotescas y aceptar que es una guerra. Podemos enmascararla con otros nombres, en realidad ya lo es. Y todo porque, suicidamente, Occidente está dejando de pensar, de abrazar la realidad tal y como la encuentra. De apresarla beatíficamente, como siempre ha hecho nuestra mejor ciencia, gestando esquemas cada vez más abarcadores, refinados y perfectos. Ante tamaño problema, aún queda una leve esperanza. Pacientes, en la sombra, pero todavía relucientes, están a nuestra disposición aquellas filosofías de principio de siglo que descubrían generosamente nuevas y más ricas formas de entender lo humano. Sin ir más lejos, aquí en España tenemos una de las más florecientes. Se trata de la razón vital de Ortega, desarrollada posteriormente entre otros, por Julián Marías y su metafísica de la persona. ¿Existen aún en Occidente hombres y mujeres capaces de realizar el tremendo esfuerzo de no quedarse en los fáciles tópicos, en las burdas ideologías cadavéricas y buscar e imaginar nuevos caminos? De cuál sea la respuesta a esta pregunta depende nuestro futuro.

Lourdes García del Portillo

Licenciada en Periodismo

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