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TRIBUNA

Venceremos

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 02 de octubre de 2015, 19:59h
Ni por la edad ni por el oficio, lo alhacariento o bombástico le es familiar ni grato al cronista, inclinado a la vita umbratilis y a los tonos grises. Pero el espectáculo de alta humanidad –comedimiento, generosidad, modestia y abnegación- que le fue dado contemplar no ha mucho en una incursión por sus amadas tierras norteñas, le indujo a intitular su artículo semanal con expresión tan proclive a la grandilocuencia o, peor aún, a la fanfarria.

El terreno por el que discurrirá su texto está casi sideralmente alejado del que es frecuentado por los adictos al lenguaje exaltado o belicista. Se inserta en él, de modo protagonístico, una criatura de condición temperamental y profesionalmente humilde. Una empleada de un servicio de limpieza privado le impartió al cronista, de manera imprevista e inconsciente, en el albor de una mañana luminosa, agosteña y asturiana, una lección difícil de olvidar por su densidad psicológica y su riqueza de observación de ambientes y personas. Los cursos en que por tales fechas participaban el articulista y varios de sus antiguos colegas en Universidades de grandes dimensiones en la mayor parte de los aspectos, eran de gran actualidad y hondura temática, extrayéndose de su desarrollo enseñanzas tan vivas como, en buena porción novedosas.

Mas de manera alguna pudo compararse su impacto en el ánimo del abajo firmante con el que le provocara la lección que recibiese de la mujer calificada, en la muy amplia y no menos vagorosa terminología laboral de nuestro tiempo, como empleada del hogar. Visión cordial y empática de las regiones recorridas en sus escasos viajes por la hermosa geografía nacional; mesurada y buida opinión del comportamiento colectivo de sus coterráneos, sin aldeanismos ni derrotismos; positivo juicio de autocrítica individual y grupal; solidaridad con toda suerte de desvalidos; talante animoso y realista ante las dificultades de la existencia; elevada valoración del quehacer humano en todas sus facetas; patriotismo del tiempo, como decía Marañón, y de la historia, es decir, alabanza sofrenada de España y sus habitantes, con simpatía y comprensión hacia los arribados en el calendario reciente a sus villas y ciudades; ligero escepticismo frente a la conducta de algunos representantes de la res publica; confianza absoluta en que “las gentes buenas son muchas más que las malas”, y, apuesta, en fin, por un balance estimulante por la sociedad de la que forma, a los ojos del cronista, parte muy principal.

Se entiende, así pues, fácilmente que ante un año grávido de todos los males y pesares, según el sentir generalizado, la esperanza aflore al evocar la actitud y el pensamiento de las gentes en que reside verdaderamente la soberanía de nuestra historia y, desde luego, de la mejor humanidad española. ¿Se reflejará ello no sólo en la composición de las próximas Cámaras legislativas, sino también, y por encima de cualquier otro considerando, en las palabras y los hechos de sus integrantes? Se hace arduo imaginarlo así, pero, cara al porvenir de las jóvenes generaciones, no cabe otra opción honrada.
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