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Arrimar el hombro

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 02 de junio de 2008, 22:26h
Tan gráfica y popular expresión describe bien, como suele ser corriente en los giros de tal índole, la situación en que, a la fecha, se encuentra el país. Dislacerado por mil pleitos y contenciosos interregionales -centro y periferia, autonomía y federación-, tironeado por impulsos contrapuestos y tensionado por cuestiones a las veces irresponsablemente enconadas, sectores sociales y partidos políticos semejan afanados en una obra de demolición general ante la que es muy difícil mantener el ánimo sereno.

Y, sin embargo, a nivel colectivo es prioritario que así sea. Los ámbitos privados de presencia pública y voz socialmente audible como las de los ancianos encanecidos en el servicio a la nación, las de la juventud laboriosa, solícita de un oficio plenificante, o las de otras esferas tan sufridas como marginadas exigen, para la mejora sustancial de sus condiciones de existencia, que la opinión pública ejerza, sin demagogia ni tregua, una implacable fiscalización de unos poderes -ministeriales, edilicios, judiciales, mediáticos...- con excesiva vocación egocéntrica y pasotista. Alguien -instituciones, agentes políticos y sociales- ha de mostrar una entrega absorbente por los intereses generales; alguien -corporaciones de ilustre trayectoria, organismos acendrados- habrá de cuidar sin reposo por el bien común en un país estragado por el cultivo de una diversidad sin contrapeso y huérfano de toda reivindicación unitaria. Para ello se requieren, efectivamente, firmeza y calma a partes iguales, a fin de mantener inalterable el objetivo de una nación solidaria con su identidad histórica y la esperanza de sus generaciones más jóvenes, frustradas por la primacía en todo el panorama estatal de las miras corraleñas y banderizas.

Es necesario para proseguir la marcha ascendente del país y disipar las grandes sombras que semejan agolparse en su inmediato porvenir que los “lobies” bancarios y mediáticos -con frecuencia, maridados- atiendan a algo más que al aumento desbordado de sus beneficios; que los partidos políticos rindan verdaderamente a la ciudadanía cuentas de un trabajo urgido de eficacia y superación de tribalismos; y que las escasas entidades nimbadas aún de autoridad moral reclamen imperiosamente la vigencia de una conciencia nacional de un pueblo de largo y, en conjunto, abrillantado recorrido histórico, no resignado a dimitir por entero de los ideales que le dieron vida.

¿Cómo se recargarán las pilas para afrontar un tramo que, como todos los precedentes que configuran su fisonomía, se ofrece a los coetáneos singularmente arduo y difícil? Cara a esta navegación, la deriva viene marcada, al igual que en las restantes grandes travesías de su muy rico pasado, por el trabajo ahincado, el espíritu de superación y una cierta autoestima colectiva legitimada por una historia en cuyos anales están registrados, entre otros muchos, los nombres, episodios y obras de Alfonso X, Lull, el Compromiso de Caspe, Jorge Manrique, las Leyes de Indias, El Quijote, el P. Mariana, “Las Meninas”, Feijoo, la Expedición de la Vacuna, las Cortes de Cádiz, Goya, Ramón Menéndez Pidal, “El bombardeo de Guernica”...

Un pueblo capaz de tan inmenso despliegue de energía, creatividad, belleza y solidaridad bien merece, por encima de sobresaltos y fracturas coyunturales, “arrimar el hombro” para continuar con su fecunda historia.
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