La crisis alimentaria: un problema de todos
martes 03 de junio de 2008, 23:27h
Cincuenta jefes de estado y de gobierno de todo el mundo se darán cita en Roma hasta el viernes en la cumbre de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que se inauguró ayer. Hoy más que nunca se hace necesaria una política activa por parte de todos los países para combatir la terrible crisis alimentaria que se está produciendo a nivel global. Como siempre, los efectos más dramáticos se ceban en los países más pobres, pero, aún así, el primer mundo también está sintiendo en sus propias carnes la subida de los precios de los alimentos de primera necesidad. Cómo mejor símbolo, hace poco más de un mes la cadena de supermercados estadounidense Wal-Mart restringía la compra de arroz a cuatro bolsas por cliente como medida de precaución para evitar el agotamiento de las reservas. Por supuesto que esto no quiere decir que Estados Unidos esté en situación de crisis, pero sí lo están 37 países, repartidos entre Asia, África y Latinoamérica.
La primera tentación está en culpar al uso de biocarburantes del alza de precios, pero lo cierto es que este factor, a pesar de haber contribuido a la misma, no es ni el único, ni, mucho menos, el más importante. Si así fuera, los agricultores de los países en vías de desarrollo deberían ser los primeros beneficiados del aumento de la demanda de productos como el maíz o la caña de azúcar, utilizados para fabricar los biocarburantes. El problema es muy complejo porque no se trata de una crisis puntual, sino la consecuencia más oscura de un modelo de crecimiento global que, visto lo visto, no parece el más adecuado. El acelerado ascenso de China e India ha traído consigo la aparición en el mercado de millones de consumidores que empiezan a adoptar hábitos alimenticios occidentales. Es decir, demandan más productos cárnicos y lácteos, lo que trae consigo un aumento de la necesidad de cereales con los que alimentar al ganado, otra de las causas del incremento de precios. La falta a lo largo de las últimas décadas de inversiones en el sector agrícola en los países tercermundistas, a pesar del alto número de personas que dependen del mismo, y el abandono tradicional del campo respecto a la ciudad, son otras dos de las causas del problema.
Pero por encima de todo, gran parte de la culpa radica en los subsidios a través de los cuales los países ricos mantienen artificialmente los niveles de rentabilidad, obligando a los agricultores a producir mucho más para poder compensar la distorsión. En otras palabras, tal y como denuncia Olivier de Shutter, relator de la ONU sobre el derecho a la alimentación, la especulación que aumenta artificialmente los precios de las materias primas es una de las grandes culpables de la actual crisis. La FAO podrá trabajar para que se pongan en marcha políticas agrarias a largo plazo que contribuyan a rentabilizar y estabilizar lo máximo posible el sector, pero de nada servirán estas medidas si no van acompañadas de cambios el la política comercial a nivel global. Nos encontramos ante un desafío con mayúscula que requerirá de una concienciación a nivel global de la necesidad de un cambio para que todos podamos vivir en el mismo mundo.