Argumentaba este viernes Luis Enrique su diagnóstico del enfrentamiento de este sábado (18:15/Canal+Liga) subrayando una aseveración con aire clarividente, propulsada con eco desde la sala de prensa del Camp Nou. Aseguraba el escurridizo interior asturiano que el envite de hace un año no le sirve "del todo como referencia". En efecto, mucho ha soplado el viento desde entonces. Once meses se han quemado desde que el Barcelona estrenó en altura la obra de Lucho con un centro del campo repleto de calidad -Xavi, Iniesta y Busquets- pero desprovisto de físico y, en consecuencia, de equilibrio. El resultado (3-1 para los de Chamartín) no reflejó la profundidad del pecado: la decisión táctica entregó al adiestrado Madrid de Ancelotti el paisaje idóneo para imponer el estilo físico de robo y salida que, a través de la recién adquirido cale de James y Kroos, se traducía en contragolpes de flagrante aspecto. Bravo debió enfrentar ráfagas de tres atacantes para uno o dos defensores que no fructificaron en goleada por la vía de la imprecisión en el último envío o el disparo entre palos.
Aquel desbarajuste, reconocido con paños calientes en la resaca por el departamento técnico, prolongó el alcance de su fragancia hasta Anoeta y atravesando el 0-1 sufrido ante el Celta y la incipiente versión venenosa de Nolito. En San Sebastián decidió el entrenador sentar a Messi y Neymar con el fin de alimentar su legitimidad, en un movimiento envuelto en la lógica de las rotaciones. El resultado, derrota con gol en propia meta de Jordi Alba, condujo a una suerte de motín individualizado en el 10 que terminó por cohesionar a cada pieza en pos del colectivo. Aquel errático cuatro de enero, que coincidía con el paroxismo marroquí del Madrid campeón del mundial de clubes, ha quedado bordado a fuego como el punto de inflexión del único proyecto equipado con aristas suficientes para ostentar con dignidad la categoría de post-Guardiola, triplete mediante.
No cabe parangón, por tanto, entre el actual escenario y ese fantasma consultado en Can Barça para reforzar el modelo presente y evitar resbalones -de vuelta a Vigo y retomando la charla con Manuel, el canterano de baile frenético y fino desborde, sea cual fuera el pedigree del oponente-. No resulta loable porque, precisamente, el duelo de este sábado constituye un abrupto intercambio de roles e inercias. Si el director de orquesta blaugrana descubrió entonces la falta de cocción de sus ideas en su vestuario, es ahora Rafael Benítez el que se ha enfangado en la labor de convencer a los suyos de la idoneidad del esfuerzo solidario, por muy exquisito que se tenga el paladar, con el fin de levantar títulos colectivos y no individuales. No obstante, la suplencia de Messi parecería un asunto interiorizado después de la exhibición de eficacia en relación con la cantidad de efectivos con que el equipo culé ha desembarcado en la capital. El plomizo brillo de la oscura incomprensión endógena y exógena se cierne ahora sobre la templanza en Valdebebas. Como un dejavu reflejo entre dos colosos y enemigos íntimos. La simetría de los guiones refuerza, además, la particular similitud, guiño del destino, que guarda el intervalo en que el Clásico arriba. Otra vez viene el envite con mayúsculas a fiscalizar la aceptación del paradigma teórico que asumen las piezas que han de implementarlo. Quizá, por coherencia del lado local y empatía del extremo visitante, ambos preparadores se han afanado por remarcar que “son sólo tres puntos” y que “no se va a decidir nada” a estas alturas de calendario. Es por el condicionante grupal filosófico inherente a ambos esquemas que esta batalla permanece definida más como un despliegue coral y coordinado que como la guerra de guerrillas individuales.
Así, el estatus decisivo de la participación de Leo Messi figura suscrito como desencadenante, como precipitador de acontecimientos, de las consecuencias del pentagrama general y no como núcleo tectónico sobre el que construir un sistema o al que confrontar como cimiento de la muralla. El rendimiento del Barça, al galope del crecimiento de un Neymar irresistible en este comienzo de ejercicio y arropado por una amalgama unificada de secundarios de lujo, y el perfeccionamiento de sus variantes de posesión en estático o lanzamiento de contragolpes en presión asfixiante tras pérdida o por el conducto de la cesión de metros, preocupa más a Benítez que cercenar los espacios que pueda explotar La Pulga. Parecería cometer una tropelía a la razón proclamar la relatividad de la influencia del mejor jugador de la historia azulgrana, pero los resbalones puntuales merengues acentuaron su tétrica cara en el Pizjuán, en el último partido disponible como preámbulo. La primera derrota y la cesión del liderato. En el peor momento.

En noviembre, con casi tres meses de mandato, el balance del Real Madrid ofrece serias lagunas de compromiso con lo táctico y el esfuerzo sin balón de los adalides ofensivos, un agujero en la fase de repliegue que condiciona y erosiona todo el planteamiento. Buena parte de las primeras partes de París, Bilbao, Calderón o Vigo reflejan, a pesar de los continuados infortunios de elementos estructurales, la valiente idea que trata de desarrollar el entrenador madrileño: presión elevada, altura de líneas y achique de espacios en terreno contrario para disponer del cuero, ora en estático, ora en vuelto y mandar sobre el ritmo del partido. Kroos asume la labor de peón de presión adelantada en la medular -apartándole de la desnudez en el corte de la que adolece- y el trabajo se reparte desde los puntas, pasando por los extremos y recayendo en Casemiro el rol de eje del esquema. Sin embargo, esta directriz que ha otorgado la consistencia que echó en falta el Madrid de Ancelotti con las bajas de Di María y Xabi Alonso, se ha deshilachado de manera sistemática en las segundas partes, en una mezcla de negligencia en las atribuciones menos lustrosas con el cansancio físico y mental como ingrediente explosivo. De este modo, la valentía torna en una exposición que el rival astuto aprovecha. El tiempo de recuperación del balón multiplica sus guarismos y el control del cuero va, poco a poco, transfiriendo dígitos a la cuenta del contendiente. Así se construye la imagen de inercia defensiva madridista y bajo esa atmósfera sobreviene el combate ante el líder de la Liga. Sobre este fundamento de estrategia descontextualizada o tozudez en la pugna intestina de los portavoces del camarín con el mando intermedio se asienta el ratio de pocos goles encajados y numerosas opciones concedidas. Y, con ello, la incertidumbre deportiva, en este fin de semana de seguridad extremada.
Deberá Benítez decidir entre continuar con su lucha por la legitimidad ante una plantilla más críptica de lo digerible al trabajo colectivo o diseñar una apnea y refrendar ese carácter ofensivo proclamado en sala de prensa escogiendo entre los tótems recuperados de la camilla clínica a tiempo para complicar el ajedrez. Keylor Navas, Benzema, Marcelo, Bale, James, Carvajal y Ramos resplandecen en una convocatoria que planea el desafío para el técnico. Reforzar la red de ayudas ante la búsqueda de los pasillos interiores asociativos del Barça se antoja como opción preferencial para Rafael, quedando la fantasía creativa y la disputa de tú a tú en la conversación en torno al esférico reservada a la pericia del ordenado achique o la voluntad catalana, y no a la asunción que conllevaría disponer de los cerebros con tendencia a descuidar la espalda. En este aspecto, Casemiro emerge central junto a Modric. La posibilidad de rodear al doble pivote de talento asume el 4-3-3, el 4-3-2-1 y el 4-4-2, siendo tan intercambiables los dibujos según la situación ofensiva o defensiva como los nombres de Kroos, James, Isco, Jesé y Lucas Vázquez. Benzema cedería su escaño a la discutida y discutible labor de mediapunta central de Bale y Ronaldo, contaminado de su propia producción dialéctica extradeportiva, asistiría a un nuevo escrutinio a su capacidad para reconvertirse en delantero posicional, desprovisto como demuestra la experiencia reciente de atino y potencia en el desborde al espacio. La altura de los carrileros, posición que abraza la recuperación de la frondosa salida de balón de Marcelo, definirá la riqueza de laboratorio y el cariz de la ambición de cada bando. Carvajal apunta a titular para guardar el equilibrio en los laterales merengues, que bien podrían sufrir un vendaval en su vertiente diestra con la superioridad blaugrana pronosticable, tejida entre Iniesta, Neymar y Alba. Toca al técnico contemplar las opciones según la aceptación de los suyos y, si se opta por lo impopular, asumir las consecuencias de un prematuro acantilado de aceptación popular.
Luis Enrique cuenta con una de las máquinas mejor engrasadas del viejo continente. Los automatismos, con o sin balón, relucen efectividad en esta duodécima jornada. El ajuste táctico que tapona la desnudez al contragolpe rival en base a la lectura colectiva de cada obrero, con excelsa performance de un Busquets en versión imponente, ha patrocinado la deflagración de resultados y juego -algo menos sostenido y fugaz de lo esperado tras un año de repeticiones- sobre la que el Barcelona construye su templado optimismo. A falta de recobrar la clarividencia y variable esteticista de la combinación, la verticalidad y mordiente abrasiva en tres cuartos de cancha, conjugada en el desequilibrio, central o lateral, generado por Rakitic -sano, al fin-, Iniesta y Neymar, cimenta la seguridad ganadora de un Barça con expectativa de asalto y despiece. Ocho semanas después de la alerta desatada por la lesión de Messi, el Barcelona ha impuesto el cerrojo encajando un gol en los últimos seis duelos y ha disparado la cosecha goleadora, con protagonismo de Ney y un soberbio Luis Suárez -11 y 9 tantos-. El rendimiento ha experimentado un ascenso notable para beneficio de la vigencia del versátil modelo; las líneas de llegadores consiguen hacer caja y cerrar espacios a la elaboración rival; Piqué y su acompañante de turno no quedan desnudos gracias a la labor de cortocircuito de la medular y ofensiva; y, en consecuencia, la cuenta de ganancias incrementa su grosor.
El ramillete de trabajadas soluciones ofrece al entrenador asturiano virajes que reforzarían la cohesión entre líneas para entregarse a la verticalidad del contraataque -herramienta decisiva de conquista del Calderón y, casi por extrensión, de la pretérita Liga de Campeones- o que ahondarían en el intento refrescado de monopolizar el cuero. El primer punto encontraría a Mascherano familiarizándose con su posición predilecta, como volante tapón, y capacitaría a Busquets para acometer la jurisdicción del interior derecho; el segundo, por el contrario, fijaría al jefecito en el centro de la zaga, Busi ejercería de mediocentro, y acompañaría a Iniesta un Rakitic definitivo o la brega de Sergio Roberto, eficaz maquillador de la baja de Rafinha. Con Messi atendiendo al pistoletazo de salida desde la banca, Sandro o Munir disfrutaría de la alternativa en el Bernabéu y Alves y Alba habría de forzar ayudas al repliegue oponente y reclamar las propias en el avance merengue. En todo caso, la pelota debería tender a ser cortejada por las botas de los visitantes, tan dotados para esbozar ejecuciones asociativas de fino regusto como para oler sangre al espacio y acelerar los vatios de la transición.
Comparten ambos equipos responsabilidades comunes. Amén de contrarrestar situaciones ideadas, como la superioridad por los carriles laterales, han de reservar especial atención a la vigilancia de los contragolpes por la endeblez propia tras pérdida si el rival supera la primera presión. Además, no pueden sino atender a los espacios entre líneas, la llave referencial para sistemas dotados de calidad. La participación de Benzema, James, Messi, Suárez y Neymar, desengrasantes certificados por el camino central, habrían de encontrar resistencia en el colapso por acumulación o basculación de las oquedades de repliegue. La intensidad en la presión queda remarcada como argucia común en el trato de imposición de jerarquía en este escenario de foco internacional. Ante dicha tesitura no cabe otra premisa que el
rigor táctico y la precisión en el cuidado de la circulación. Este partido difuso en cuanto a estilos y roles sí parece constreñir su línea argumental a la preeminencia de los equipos y no tanto de la suma individual de nombres. El favoritismo pertenece al Barça y la incertidumbre a los locales, que tienen más que perder. Al término, la Liga podría acoger un co-liderato o la ampliación de la brecha y desasosiego madridista hasta los seis puntos. Sin embargo, “son sólo tres puntos”, manifiestan los estudiosos. Lo que no resulta esclarecedor es la segunda parte de la relativización, eso de que “no se va a decidir nada”. De esta edición de la sagrada rivalidad busca escabullirse Rafa Benítez para esquivar la sospecha perpetua. Y lo hace peleando no sólo contra los actuales campeones de todo.