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USA: se inicia la campaña

Florentino Portero
miércoles 04 de junio de 2008, 22:19h
El senador Obama logró por fin la mayoría de delegados suficiente para poder proclamarse candidato demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos. La batalla ha durado casi año y medio de continuos viajes, discursos y, finalmente, votaciones estado a estado. Hasta el final persistió la incertidumbre.

Los ciudadanos norteamericanos tendrán que decidir entre el republicano McCain y el demócrata Obama, dos hombres radicalmente distintos. El primero lleva desde 1982 en el Capitolio, al principio como representante y luego como senador, ocupando la vacante que dejó el legendario Barry Goldwater. Antes había seguido la carrera de su padre y abuelo, ambos almirantes. Derribado y hecho prisionero por el Vietcong sufrió tortura y su comportamiento en aquellos años le valió la condición de héroe nacional. El segundo es hijo de un keniata y una norteamericana de diecinueve años. Abandonada pronto por el marido estableció una segunda relación que les llevaría a vivir en Indonesia. Tras una vida de peregrinaje, el sistema educativo norteamericano y su esfuerzo darían a Obama la oportunidad de incorporarse a la élite y, muy recientemente, al Senado. Uno es especialista en temas de seguridad y defensa, el otro en cuestiones sociales. El senador por Arizona es hombre de discurso metódico y detallista. El senador por Illinois habla como un predicador, apuntando siempre a la fibra sentimental, enardeciendo a las masas y asumiendo los menos compromisos posibles, mientras sus oyentes salen confiando en todo lo contrario.

Pero por encima de estas diferencias ambos comparten dos características: no son representativos de sus respectivos partidos y sus biografías y campañas políticas están asociadas a la palabra “cambio”. Son dos outsiders que llegan a la recta final para dar la vuelta a la situación en la que ahora se encuentra Estados Unidos, rechazada por una gran mayoría de ciudadanos. Si la imagen de Bush es mala, no lo es menos la de los grandes partidos y sus dirigentes más destacados. Ambos programas, el conservador y el demócrata, están muertos. El primero porque se ha traicionado a sí mismo. Bush ha dado la vuelta al legado de Reagan aumentando el gasto y haciendo al Estado más intervencionista, además de los problemas en Iraq. Los demócratas, por no haber sido capaces de renovarse desde hace décadas. La tendencia favorece a los demócratas en las elecciones para el Congreso, pero sólo porque los republicanos están en el gobierno y sobre ellos, como es lógico, se descarga toda la frustración popular. Estamos ante un momento en el que la sociedad demanda cambio y de ahí que esa misma sociedad haya seleccionado a través de las elecciones primarias a dos personajes tan poco convencionales y tan atractivos como McCain y Obama.

El cambio empieza por la propia casa. Los conservadores tradicionales ven a McCain como un personaje errático, que no se ha mantenido fiel al legado de Reagan y tienen toda la razón. No es un clásico conservador, aunque en estas fechas no para de repetir que sí lo es y que creció a la sombra de Goldwater y Reagan, las dos figuras más señeras del republicanismo contemporáneo. Muchos conservadores se niegan a votarle. Irán a la abstención o, en algunos casos, apostarán por Obama. A cambio, está en condiciones de robar voto a los demócratas entre los hispanos, las clases medias rurales y la gente de mayor edad. McCain está bien visto por sectores muy amplios de la sociedad y puede pescar en el río revuelto dejado por el enfrentamiento entre Clinton y Obama. Su gran reto es movilizar el voto conservador sin el cual está perdido.

Obama empezó muy bien su campaña dejando claro que no era un político negro, sino un negro haciendo política. Para su desgracia, Clinton y un par de clérigos amigos tuvieron la habilidad de demostrar que no era así. Su mundo cultural y emotivo está mucho más a la izquierda y mucho más en el campo racial de lo que había tratado de trasmitir. Su imagen ya no es la misma y sin duda le pasará factura, sobre todo, entre votantes rurales, hispanos y gentes de edad que, mayoritariamente, respaldaron a Clinton. Por ahora más o menos un tercio de esos votantes no piensan trasladar su voto al candidato demócrata. El tiempo y la campaña, que acaba de empezar, dirán. A cambio, Obama, como McCain, es capaz de robar votos entre las masas republicanas, carentes de un candidato carismático o que consideren auténticamente suyo. Muchos conservadores están en la línea, muy propia también de la derecha española, de que cuanto peor mejor, de que sólo tocando fondo y arruinando la opción McCain se podrá refundar el Partido Republicano.

Hasta ayer la campaña se dirimía en cada partido. Desde el discurso de McCain en Nueva Orleans podemos afirmar que las presidenciales del 2008 han comenzado. Hay dos propuestas sobre la mesa, una conservadora abierta al centro y otra propia del sector más izquierdista del arco parlamentario. La sociedad exige cambio, los dos candidatos representan esa opción. El programa más definido y pragmático es el de McCain, pero es un hombre de 71 años, con el cuerpo moldeado por las heridas de guerra y la tortura, de verbo cansino y carente de magia, que habla a sus conciudadanos de prolongar la estancia en Iraq y de atacar, si es necesario, a Irán. Obama es un encantador de serpientes, o de feligreses, que dice lo que la gente quiere oír y que, además, no se dirige al cerebro de quien le escucha sino a su corazón. Entusiasma y convence, en la medida en que creen que ha dicho algo concreto. Habla de una nueva diplomacia, pero evita mencionar qué haría en el caso de que fracasara. Su juventud e inexperiencia, que podría ser un obstáculo en condiciones normales, parece una garantía cuando de lo que se trata, como él repite, es de cambiar Washington.

Florentino Portero

Profesor

FLORENTINO PORTERO es analista del Grupo de Estudios Estratégicos, responsable del Área de Política Exterior y de Seguridad española

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