El régimen de Asad resiste. Varias veces ha estado a punto de caer y otras tantas ha logrado aguantar los ataques del Estado Islámico, el Frente Al Nusra, el Ejército Libre y todas las demás organizaciones entre las que uno va buscando a los moderados sin terminar de encontrarlos. En una guerra que nadie termina de ganar, es claro que Damasco no la va a perder por ahora. Al menos, no mientras Moscú y Teherán sostengan al presidente sirio contra todas las adversidades. Le han brindado apoyo diplomático en Naciones Unidas. La firmeza rusa en la defensa de su aliado evitó la campaña de bombardeos que los Estados Unidos pretendían liderar. Fue uno de los grandes fracasos de la Casa Blanca en el conflicto sirio. La Revolución Islámica de Irán ha brindado tropas de élite –la célebre Brigada Al Quds- para luchar contra los yihadistas sunníes de Abu Bakr Al Baghdadi mientras Hizbolá, el brazo articulado de Teherán en el Líbano, combate junto al ejército sirio.
Los atentados en París han relanzado el compromiso militar de Francia, que ya se ofreció a intervenir cuando el Estado Islámico estaba masacrando a los cristianos y los yazidíes en Irak. Es el segundo problema de Barak Obama: el aliado más antiguo de los Estados Unidos es ahora el que mayor interés tiene en coordinar con Rusia la ofensiva contra los terroristas que controlan territorio en Siria e Irak.
El laberinto sirio es ahora mismo complejísimo: Francia y Rusia quieren dar prioridad a la lucha contra el Estado Islámico aunque Putin quiere, además, sostener a Asad. La coalición liderada por los Estados Unidos agrupa a repúblicas y monarquías sunníes junto a democracias occidentales pero, a la vez, Washington mantiene estrechas alianzas con los países de donde salen los fondos que nutren a los yihadistas.
Así, el escenario de una posible guerra es desalentador. Una cosa es operar desde el aire y otra bien distinta es desplegar a la infantería y combatir pueblo a pueblo y casa a casa. La experiencia de Afganistán e Irak ha sido devastadora para la opinión pública estadounidense. Ha pasado más de una década y los dos países siguen sumidos en el caos.
He aquí la gran baza de Putin y Asad. Los dos están dispuestos a combatir por tierra el tiempo que sea necesario y, en ese esfuerzo, pueden contar con los iraníes y los chiíes del Líbano. Es difícil imaginar que los aliados sunníes de Estados Unidos -por ejemplo, Marruecos- vayan a enviar tropas para avanzar sobre el territorio del Estado Islámico. Por supuesto, está la valerosa Jordania pero sus efectivos son insuficientes para el despliegue que sería necesario.
Quizás haya que admitir que el Estado Islámico solo puede ser derrotado si el ejército sirio sigue combatiendo y recibe ayuda de Rusia y sus demás aliados. Por ahora, son los que están en mejores condiciones para luchar sobre el terreno. Por supuesto, si Asad se impone a los opositores solo les queda aguardar el peor destino. El dilema es terrible porque supone la elección entre dos males: Asad o el Estado Islámico. Es cierto que hay otros grupos que luchan contra el presidente sirio sin aliarse con los yihadistas pero no tienen la fuerza suficiente para imponerse en un conflicto que ya dura cuatro años. A los rebeldes sirios les ha fallado el liderazgo –la división, las traiciones, la corrupción- pero también han tenido en contra que la facción que más terreno ha conquistado ha resultado más aterradora que el propio Asad, que ha terminado convirtiéndose en el aparente mal menor. La “primavera siria” ha terminado en una pesadilla en la que Asad ha logrado parecer el menos malo.
He aquí la tragedia de Siria.