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MIRADA ESCOLÁSTICA

El portazo a Calvo Sotelo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 11 de diciembre de 2015, 20:30h
El gallego José Calvo Sotelo pertenece al reducido grupo de españoles superdotados que se han dedicado a la política. La elaboración del Estatuto Municipal y sus múltiples trabajos como responsable de Hacienda durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera le convierten en uno de los grandes hombres de Estado de la Historia de España. Tras la caída de la monarquía de Alfonso XIII él mismo se desterró a Portugal para no caer en el tribunal revolucionario que los primeros dirigentes social-azañistas hicieron contra quienes habían colaborado patrióticamente en el gobierno de Primo de Rivera.

En las elecciones del 18 de noviembre de 1933 Calvo Sotelo salió elegido diputado por Madrid, y el 2 de mayo de 1934, amparándose en sus derechos aquel político superdotado entraba de nuevo en España. En su primera intervención parlamentaria, en mayo de 1934, frente a Indalecio Prieto se reveló, con mucho, el mejor parlamentario que tenía la derecha.

El principal objetivo de su pensamiento político fue la de unir a toda la derecha, desde la extrema al centro, a fin de asegurar la unidad nacional y posibilitar un Estado de economía corporativa que tanto se parecía al que había pergeñado Ramiro Ledesma Ramos.

Los falangistas Juan Antonio Ansaldo, Ruiz de Alda y Ramiro le animaron a entrar en Falange, cosa a la que accedió, pero que manu militari paró en seco el propio José Antonio al temer con fundamento que si Calvo Sotelo entraba en FE de las JONS acabaría siendo el líder indiscutible de aquel Movimiento Fascista. Esto hizo dejar “con el culo al aire” a Ansaldo, Ruiz de Alda y el propio Ramiro, y fortalecer la posición de José Antonio como Jefe supremo de FE de las JONS. En el rechazo de Calvo Sotelo vio Ledesma una prueba evidente de la forma en que los proyectos del partido podían sacrificarse a los intereses personales del propio José Antonio, condenando al Partido a la ineficacia y la marginalidad.

Las intenciones de Calvo Sotelo fueron contempladas con cierta avidez por un partido falto de medios, que podía disponer así de un sólido apoyo parlamentario y, sin duda, de la generosa aportación de sectores cuyas declaraciones eran tan duras como las que había expresado Pedro Sáinz Rodrígez en el banquete de homenaje a los recién llegados del exilio que patrióticamente habían colaborado en la dictadura de Miguel Primo de Rivera. El propio Ledesma se encontraba entre quienes veían la mar de conveniente aquella incorporación, en especial porque los argumentos que se podían utilizar contra Calvo Sotelo eran muy semejantes a los que él mismo o sus colegas jonsistas habrían podido echarle en cara a José Antonio y a buena parte de sus compañeros, empezando por su vecino de escaño, el marqués de la Eliseda. Si Ledesma y sus jonsistas habían transigido militando con personajes que hacían ostentación de su título nobiliario y de su pasado de colaboración con la Dictadura, ¿cuál podía ser el motivo que cerrara las puertas de un movimiento tan exiguo como Falange Española de las JONS a un dirigente tan prestigioso y genial como Calvo Sotelo, cuyas dotes egregias y edad parecían situarlo en las mejores condiciones para enfrentarse con éxito al liderazgo moral de las derechas en manos de Gil Robles? ¿No habría de ser un personaje de este tipo, honesto y superdotado, el que podría ganarse la confianza de los miembros de las Juventudes de Acción Popular, por sus posiciones maurrasianas ( el autodestierro le había hecho amigo íntimo tanto de Oliveira Salazar como de Charles Maurras ), por su ausencia de devaneos obreristas, por sus claras afirmaciones de carácter católico y unitario, por su visión de un fascismo que solamente podía ser de derechas, y que nunca podría colocarse en la posición de tratar de superar el esquema básico en que se dividía la política española, pues eso conduciría al fascismo a no estar en parte alguna, a no representar a ningún sector social, a no hablar en nombre de nadie, por su extraño deseo de ubicuidad, de representación total del pueblo, de ser la palabra de campesinos y obreros, de industriales y terratenientes?

Sin embargo, Primo de Rivera se mostró inflexible, viendo amenazado su liderazgo con toda razón. Calvo Sotelo lo habría arrollado en los debates parlamentarios y no le iba a la zaga en violencia retórica, al tiempo que disponía de mayor atractivo para aquellos sectores a los que finalmente habría de dirigirse la Falange. Por otro lado, hay un detalle psicológico y biográfico. José Antonio, como hijo del dictador, no podía dejar de pensar que los ataques de Calvo Sotelo contra la petrolera holandesa Shell, durante su etapa de Ministro de Hacienda en la Dictadura, con la sana idea de nacionalizar el sector de las energías, había debilitado grandemente la posición de la dictadura de su padre en el concierto de las naciones de democracia liberal. Aunque todo ello resulte una paradoja dado el carácter estatalista que tenía el programa económico de falange, no cabe duda que ello pesaba negativamente en el ánimo joseantoniano.

Finalmente, no teniendo cabida en Falange Calvo Sotelo para que no ensombreciera la imagen del Jefe indiscutible, tuvo que idear el genial gallego su propio movimiento: El Bloque Nacional, que debilitó grandemente a FE de las JONS, al arrancarle la mayor parte de su espacio político. Falange y Bloque Nacional, a pesar de los discursos radicales y obreristas de José Antonio en 1935, querían prácticamente lo mismo.

Pero este hecho, el portazo de José Antonio a Calvo Sotelo, trae como corolario la evidencia irrefragable de que el triunvirato dirigente de Falange no tiene ningún poder en última instancia, dado que, aunque Julio Ruiz de Alda y Ramiro Ledesma aplaudían la entrada de Calvo Sotelo en Falange, la sola voluntad de José Antonio le cerraba el paso sin tener que justificar ni argumentar esa decisión. Su potestad no está obligada siquiera a la argumentación. José Antonio en su calidad de Jefe Nacional deja al triunvirato sin ningún poder real, efectivo. Este hecho enciende las justas iras del propio Ledesma, que pone ahora en cuestión la unificación al verse despreciado por aquél al que le ha entregado todo el programa teórico de aquel partido fascista, y por el otro triunviro, el aviador heroico Julio Ruiz de Alda, que piensa que el Jefe Nacional no ha tenido la debida consideración con él. Ello hace que empiece a organizarse una conspiración a fin de desplazar a José Antonio del poder supremo. En esta conspiración comienza a participar también otro héroe de la aviación, el aventurero y aristócrata Juan Antonio Ansaldo Vejarano, que en aquellos momentos vendría a ser el responsable máximo del aparato militar y de ataque de Falange, organizado en escuadras. Ruiz de Alda y Ledesma tan sólo pretendían quitar a José Antonio su poder absoluto obligándolo a consensuar todas las decisiones con ellos dos como triunviros, pero Juan Antonio Ansaldo iba más lejos, incluso pensaba en organizar un atentado contra la vida del propio José Antonio, a quien parecían importarle tan poco las vidas de los jóvenes vendedores del semanario “Falange Española”, y por quien se tuvo que aplazar el entierro de Matías Montero, dirigente del SEU asesinado por los socialistas, para darle tiempo a regresar de una de sus actividades aristocráticas, la caza. Este objetivo de Ansaldo asustó a Ledesma y a Ruiz de Alda, que no quisieron saber nada del tema y quienes se retiraron de forma tajante de aquella conspiración que se hacía asesina. La conspiración de Ansaldo, descubierta por Primo de Rivera a tiempo, incluía la eliminación del líder y, probablemente, el ascenso de Ledesma a un cargo relevante en la organización. Sin embargo, la actitud correcta del antiguo jefe jonsista fue lo suficientemente sensata para evitar que se le pudiera incluir en un intento de golpe de Estado contra José Antonio, en especial porque tampoco debía simpatizar en demasía con la labor política que Ansaldo o el propio Ruiz de Alda atribuían al partido en aquella época, simplemente como una fuerza de choque del monarquismo más conservador. Por su parte, por muchas que fueran las sospechas de José Antonio acerca del papel desempeñado por el zamorano – o de su silencio críptico en aquella grave situación -, el dirigente falangista era demasiado prudente como para caer en la trampa de la apertura de una crisis que fuera más allá del violento Ansaldo y sus más cercanos colaboradores, resultándole inimaginable enfrentarse con quien aportaba aún una influencia indudable sobre la organización y el prestigio de haber levantado en España la bandera del nacional-sindicalismo. Para José Antonio estaba muy claro que debía ser el propio Ledesma el que levantara abiertamente el camino de la ruptura, como así lo hizo.

La forma en que Ledesma explica la crisis interna del mes de aquel verano, que desembocó en la expulsión de Ansaldo y la salida de cuadros de las milicias como Arredondo, indica que las cosas tenían un cariz político de mucho más calado, al mezclar niveles de descontento con José Antonio de distinto signo. En ¿Fascismo en España?, Ledesma señala su profunda insatisfacción por la manera en que Primo de Rivera y sus seguidores más cercanos se estaban alejando de los ideales revolucionarios jonsistas, así como su cólera por la forma en que José Antonio había convertido un liderazgo compartido en un caudillismo personal, siendo capaz de llevar adelante un discurso en el que la afirmación nacionalista no olvidaba nunca las referencias a las transformaciones sociales que se iban a realizar.

La verdad es que Ledesma había tratado de ganarse el apoyo indispensable de Ruiz de Alda para llevar adelante un golpe de mano aprovechando la oferta realizada por los milicianos de la Primera Línea, la fuerza militar de Falange, para desplazar a Primo de Rivera, planteando que debía evitarse que tal destitución pudiera ir acompañada de una
inclinación del partido hacia las posiciones políticas alfonsinas. Es decir, lo que Ledesma estaba planteando sin paliativos era la sustitución de Primo de Rivera por su propia persona, aunque sin alejar a José Antonio de la dirección del Partido, sino determinando que tuviera unas funciones que no lo convirtieran en el Jefe de facto de la organización. Sólo la brutal manera de solucionar el problema planteada por Ansaldo llevó al traste la conspiración. José Antonio se fue al otro mundo probablemente sin saber que Ledesma había imposibilitado a Ansaldo la liquidación física del Jefe.

Si Ledesma llegó a señalar su disposición a ser una alternativa a Primo de Rivera como garantía de la unidad del Movimiento y de la firmeza de su orientación revolucionaria, a José Antonio no le cabía más remedio que aguardar las condiciones más propicias para resolver esta crisis de fondo – más allá de lo que ocurriera con Ansaldo – mediante la asunción de un mando que le permitiera disponer formalmente de la Jefatura del Movimiento, evitando que Ledesma tuviera resorte alguno para volver a intentarlo. Por otro lado, Ruiz de Alda se distanció todo lo que pudo de Ledesma al reconsiderar la situación, y darse cuenta que el carisma que tenía José Antonio jamás lo llegaría a tener el tartamudeante Ramiro Ledesma, que velarizaba la apicoalveolar vibrante /r/, a pesar de los denodados esfuerzos que hizo su abuelo, genial maestro y logopeda, durante su infancia en Torrefrades para quitarle este defecto, que afeaba su dura oratoria. Fue sin duda el primer intento abierto de Ledesma de enfrentarse con el liderazgo de José Antonio a los cinco meses escasos de la unificación. Y es evidente que el portazo dado a Calvo Sotelo produjo una ruptura irrecomponible entre el talentoso cartero y el sensible aristócrata.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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