TRIBUNA
Elogio (moderado) de la vejez
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 18 de diciembre de 2015, 09:07h
Amanecida temblorosa en un reputado centro sanitario del Sur, geografía anímica y socialmente más propicia al sentimiento que a la técnica. La Iglesia-institución no se enteró casi nunca de nada en el discurrir de la España contemporánea –y continúa, terne, por idéntica senda-. El establecimiento en cuya flamante cafetería transcurre la conversación auroral entre el cronista y su admirable colocutor –un modesto y ejemplar administrativo que cree con fe de carbonero en la cultura como palanca regeneradora de la desastrada nación que es, a la fecha, España- constituye una irrefutable prueba de ello. Despreciando la ocasión única de erigirse en la institución más acreditada en su género de todo el país, ha optado recién y decisivamente por convertirse en un organismo generalista, a la manera de otros muchos de su propia índole, esparcidos, en torpe siembra, a lo largo y ancho del entrañable paisaje español, peninsular e insular.
Mas el amigo del articulista, en un avisado y perspicaz golpe de timón, cruza la raya de lo pasajero a lo eterno. Según él, la particular crispación de la convivencia nacional en los últimos meses del calendario encuentra en el absorbente protagonismo público de la juventud su factor principal y determinante. La agresividad inherente a una edad de la existencia en que esta cree hallar la clave de su ser en la afirmación tajante de ideas y creencias, conduce ineluctablemente a la extremosidad excluyente y aniquiladora de las opiniones y deseos de gran parte de sus conciudadanos.
La hora del día y los muchos años de su interlocutor, pronto, hacen, sin embargo, que la encubierta apología de la vejez sufra igualmente, apenas iniciada una nueva y plausible ruptura. Su encomio se reducirá a la reconstrucción de una viñeta de la mocedad del diligente burócrata anónimo actor del retazo de vida meridional y española reproducido por el cronista. Allá, en el lejano pueblo cordobés en que, en la compañía esperanzada de otro muchos que vaciaron sus censos en beneficio del espléndido desarrollo catalán de finales del franquismo, su padre le amonestaba con frecuencia para que nunca desaprovechara la ocasión de conversar con los viejos que, a las puertas de las aldeas y villas, desgranaban, con acezante pero silencioso reclamo de público, recuerdos y enseñanzas extraídos de su peregrinar por una sociedad cuya repristinización espectral comportaba no pocos elementos de sabiduría para las jóvenes generaciones.
Entre tantas palingenesias y reformas que atruenan la estridente crónica del día, ¿habrá algún Defensor del Pueblo de rango autonómico o nacional que se atreva a restaurar tan noble figura, hoy desaparecida en la batahola desenfrenada que abatió, frente a nuestra perpleja e impotente mirada, la sacrosanta civilización agraria?