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Nación católica

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de junio de 2008, 22:22h
En 1808 España era el pueblo más católico que existía sobre la faz de la tierra, de suerte que cualquier extranjero que pensase en España no podría desglosar de su pensamiento al pueblo español en sí, por una parte y, por la otra, al ultracatolicismo que lo constituía y definía. Decir que España era católica constituía una identificación de orden analítico no menos hipostática que afirmar que España era un Reino o un Estado. Incluso nos podríamos arriesgar a declarar que en ese momento España era más católica que el hecho de ser Reino o Estado. Cuando Napoleón entronizó en España a su hermano José I dejó consignada de forma muy clara esta característica esencial de España en la Constitución de Bayona, jurada por José Bonaparte el 7 de julio de 1808, en su Artículo Primero: “La religión católica, apostólica y romana, en España y en todas las posesiones españolas, será la religión del Rey y de la Nación; y no se permitirá ninguna otra”. El antiguo ateo José I se vio obligado a aparentar en su reinado ante el pueblo español su piedad católica y su pasión católica indesmayable. Y de tanto disimular su viejo escepticismo revolucionario y simular su piedad institucional, la biografía de José I nos revela que murió siendo creyente. Y dada esa esencial radicalidad que constituía la fe católica en el pueblo español, la guerra contra los franceses invasores se convirtió pronto en una guerra de religión.

De hecho, la Junta Central tuvo que hacer un llamamiento al clero español para ganar la guerra, dado que como se señala en el propio llamamiento “el pueblo oye como oráculos a los ministros del altar”. En este urgente llamamiento se llega a decir que “la guerra en que nos hallamos es santa y de religión: sobre lo que tal vez produciría el mejor efecto que como en tiempo de la Cruzada se concedieran indulgencias a los que tomaran las armas y se enviaran a los Ejércitos algunos religiosos para arengar a los soldados al tiempo que entran en acción”.

Los soldados del Ejército español llevaban en sus mochilas un “Catecismo español” en el que entre otras preguntas y respuestas podemos entresacar las siguientes:

- Dime, hijo: ¿quién eres tú?
- Soy español por la gracia de Dios.
- ¿Cuántas obligaciones tiene un español?
- Tres: ser cristiano y defender la patria y el Rey.
- ¿Cuál debe ser la política de los españoles?
- Las máximas de Jesucristo.

La primera Constitución española, la promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, comienza: “En el nombre de Dios, todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad”, y en su Artículo 12 repite la misma idea que la de la Constitución de Bayona jurada por José I: “La Religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquiera otra”. En un pueblo así, toda guerra tiene que ser religiosa. Y todas nuestras guerras exteriores e intestinas lo han sido.

Sólo en la nación polaca, encerrada, contenida y maltratada por el mundo luterano y el mundo ortodoxo, y en la nación irlandesa, en donde el grito de la independencia fue una exclamación en latín ultracatólica contra el invasor anglicano, puede verse este devoto frenesí hacia la fe católica que tiene España, y que tanto ha llamado la atención de los últimos grandes filósofos españoles, como Ortega, Zubiri, Zambrano, García Morente o Agustín Andreu.

Para que haya fe se necesitan cumplir tres condiciones: que exista Dios, que Dios comunique al hombre una revelación o declaración, y que esa revelación esconda un dogma. España es un pueblo tan creyente y amante de la divinidad que hasta destroza iconómacamente las imágenes de la Iglesia cuando Dios enfurece a sus devotos enamorados. Nunca he estado para nada de acuerdo con los dos grandes cardenales de la España del Levantamiento de 1936 cuando atribuyen tales destrozos a la ideología marxista de la horda roja. En absoluto, Marx no invita a aniquilar el arte. Es un síntoma, por el contrario, de un alma popular ultracatólica y que ama a Dios con tanta desesperación que cuando en su nombre se levanta en armas la mitad de España no se lo puede perdonar al Ser Espiritual que la constituye como alma popular, y contrariada la emprende contra sus imágenes. Sólo un pueblo con una fe en Dios desbordante puede emprenderla con Dios de esa manera. ¿Clavaría un ateo o un agnóstico a la Virgen de la Consolación un puñal en el pecho, o colocaría una abrazadera de metal en torno a su cintura como si quisiera reventar su vientre o arrastraría desnudo por la calle tirado por una cuerda a Jesús Nazareno? Naturalmente que no. Sólo un creyente enfurecido y contrariado contra la Iglesia lo puede hacer. Sólo la fe católica, con Dios o contra Dios, puede explicar el alma de este pueblo.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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