Los
dos puntos cedidos en Cornellá-el Prat que significaron la
abdicación blaugrana al frente del campeonato doméstico -en favor del imperturbablemente irreverente Atlético de Madrid- cultivaron el terreno para el refresco de la hipótesis que contempla al Fútbol Club Barcelona como sujeto pasivo de una
presunta persecución, por cauces arbitrales y de diverso pelaje según la etapa. El tercer empate encadenado en una serie de cuarto partidos, que trompicó de manera notable el soberbio devenir azulgrana del tramo central de curso, disparó la resurrección del uniforme auto-impuesto de guardián de la escencia del balompié, tan llevado a gala durante la era Guardiola. Esta arista, rescatada en el volcánico arranque de 2016 y que difiere de la tradicional vertiente de atraco y centralismo, asegura que el
estilo defensivo perturba gravemente el desarrollo de este deporte, resultando culpable de la erosión del mismo todo aquel bloque rocoso que prime lo táctico, físico e intenso por encima de la calidad técnica.
El
Espanyol dirigido por el fino mediocentro Constantin Galca asumió, entonces, después de aquellas tablas de regusto árido, el rol de diana. Del malo de la película. Se cirnió sobre la institución
perica la sombra de la sospecha de índole ideológica. El uso del ardor en el cierre de espacios y atadura de fintas para equilibrar la distancia de presupuesto y talento creativo se antojó
insultante para el coloso recién resbalado, en la resaca del derbi liguero. La marejada acusó de
violento a un grupo de futbolistas que representaron la atribución sufrida por Atlético y Real Madrid en los últimos tiempos. Una percepción de foco hiperbólico que siempre realza su fragor cuando el gigante que más reluce en el cortejo del cuero cae o se enfanga. La agresividad tan denunciada por los altavoces emanados de la institución que guarda cogijo en el Cam Nou como discutida por el presunto verdugo del fútbol espectacular se difuminó, valga el guiño del destino, cuando el Barça encadenó dos goleadas para definir el cruce copero con soltura.
Pues bien, las ruinas del incendio causado por la
latente persecución a la variable táctica o de repliegue han encontrado un nuevo resquicio esta semana.
Luis Enrique, que por otra parte esquivó mostrarse alineado con vehemencia en la denuncia del considerado "anti-fútbol" de su incómodo vecino, ha reclamado este martes alimento para la
construcción de la pretendida injusticia consistente, en este capítulo, en la designación del mismo colegiado que juzgó el tenebroso 0-0 que desató la tormenta. En efecto, José Luis González González gestionará la altura del pulso competitivo en al ida del enfrentamiento entre Athletic y Barça. Y la última vez que ambos púgiles midieron fuerzas y hambre a doble partido se deshizo el
sextete culé, en la última Supercopa española.
"He dicho que
me ha sorprendido como a cualquiera (la desginación). Basado en el precedente que hay, no es una buena noticia para el árbitro ni para los equipos", denunció
Lucho. La mera evocación del incómodo desmebarco continental tras el pretérito baño y masaje japonés, del dos de enero, con su amalgama de marcajes pegajosos, cuerpeo continuo, ayudas solidarias de un cierre intensivo y exigencia de concentración y sudor prolongada durante 90 minutos, pareciera desempolvar la asignación de perseguido para volver a colocar la atención en el control del oponente del Barça. En la urgencia de
extremar las precauciones y los grilletes a la estrategia rival con el fin de que la pelota fluya, de que sólo se desarrolle con libertad la fase ofensiva. Sin embargo, la campaña -mitigada tras unas jornadas de paz exenta de patadas, codazos y gestos antideportivos -materializados o alzados en el canal de la ideación- ha encontrado un antagonista de peso. El
Athletic Club, rutilante referente del balompié nacional, ha incoado a su contrincante coyuntural a
aminorar los decibelios de la queja metafísica. Ernesto Valverde, el arquitecto que ha recuperado la competitividad vasca hasta arrodillar al todopoderoso dominador de 2015 por vías "legales" y de aceptación general -el césped no fue asidero al que abrazarse-, ha elevado la necesidad de preeminencia de la razón ante el transcurrir del discurso.
"
El tema de los árbitros es un recurso fácil. Parece que se pretende condicionar. Me molesta que los árbitros no aguanten el tirón del público y la presión a la que les sometemos entrenadores y jugadores.
No me parece leal. Si les dejáramos en paz, sería mejor para todos", avanzó el preparados para, a continuación, en su diagnóstico de este martes -previo al partido de mañana- rematar su argumentación de sosiego en la dialéctica: "Está claro que el partido va a a ser caliente, pero no pretendemos que haya muertos y heridos. Nos interesa que el partido tenga ritmo y sea caliente por intenso, pero no soy yo de los que aboga por hacer una pelea de cada entrada".
Si la batalla por cercenar el derecho a diseñar obstáculos a los mejor dotados para disimular el abismo de recursos entre clubes vuelve a funcionar con brío, a la templada influencia
espanyolista se ha sumado la del león vizcaíno, una voz de reluciente
pedigree. Además, desde este entretanto se atisba la batalla en la cima liguera, del 30 de enero (Barcelona-Atlético de Madrid, a las 16:00). La cosecha discursiva de condicionamiento
blaugrana pudiera apuntar a aquella cota no tan lejana, con las escaramuzas catalanas como simple medio. En cualquier caso,
la fiscalización de los achiques que pretendan frenar la algaravía patrocinada por Leo Messi, Neymar o Luis Suárez -el único sancionado relativo a un atentado a los valores deportivos de los derbis supuestamente guerrilleros-
galopa ya a buen ritmo.