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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

De algún tiempo a esta parte, de Max Aub: Monólogo épico

domingo 28 de febrero de 2016, 12:51h

El Teatro Español ha tenido el acierto de ofrecernos este soberbio monólogo, apenas representado, del autor de “El laberinto mágico”. Escrito en la fecha crucial de 1939, por un Max Aub camino del exilio, nos llega dirigido por Ignacio García y con un espléndido recital interpretativo de Carmen Conesa

Autor: Javier Naval.
Autor: Javier Naval.

De un tiempo a esta parte, de Max Aub

Director de escena: Ignacio García

Escenografía: Nicolás Bueno

Intérpretes: Carmen Conesa

Lugar de representación: Teatro Español (Madrid)

Por Rafael Fuentes

¿Creen ustedes que se puede unir, en un solo personaje, a un protagonista con su antagonista, y sumarle además un coro trágico? Ese alarde técnico lo logra Max Aub a través de Emma, en un soberbio monólogo de una mujer vienesa de ascendencia judía, ambientado inmediatamente después de la anexión de Austria a la Alemania de Adolf Hitler.

Conviene seguir recordando aquella tragedia colectiva y el espantoso sufrimiento de los humillados y ofendidos de aquel momento histórico, especialmente ahora cuando más que silenciarlo, se frivoliza, ironiza y desvirtúa llamando a cualquier político o intelectual de hoy “fascista” o “nazi”, poniéndole el bigote de Hitler o el brazo en alto de las SS en un cartel o en un pasquín. Una banalización que no es más que otra forma, más sutil, de olvido y de ignorante desprecio del terrible dolor que hubieron de soportar millones de personas en aquella civilizada Europa, resumidas aquí en un único personaje femenino por el autor de El laberinto mágico. Un monólogo, pues, que nos hace asomarnos a ese infierno de injurias y torturas en que, de repente, se transformaron sus vidas cotidianas. Un abismo que nos estremece, pero con el que el autor no desea suscitar nuestra compasión sino hacernos extraer, más bien, una lección reflexiva.

Emma habla en torrenciales rachas, mediante un collage discontinuo de recuerdos que tiene por interlocutores a los muertos. Es un monólogo roto, hecho pedazos, dividido por lúgubres fundidos en negro, pero que sin embargo contiene una profunda integridad dentro de esa intermitencia, entre la lucidez y la noche mental de una mujer a la que le ha sido prohibido dialogar con los vivos. Habla principalmente a su esposo Adolfo, un empresario arrestado y ejecutado en Dachau, e indirectamente a su hijo Samuel, asesinado en ambiguas circunstancias en el Consulado de Austria en Barcelona durante la Guerra Civil española. Emma pone al tanto a su fallecido marido de los acontecimientos que se suceden vertiginosamente tras su muerte y del aluvión de meditaciones que provocan en ella. Despojada de su casa, ahora solo tiene derecho a ser una apestada sirvienta que limpia su antiguo hogar al servicio de los nuevos inquilinos. Max Aub sintetiza así la posición de los austriacos después de la anexión alemana, convertidos en lacayos de los recién llegados nuevos amos de su país.

Las vejaciones por su ascendencia judía, el sadismo con que es degradada y la dureza de vivir en soledad a la intemperie son solo una pequeña parte del testimonio de Emma a su esposo asesinado. Max Aub no se queda ahí, sino que pone asimismo un gran interés en que la protagonista testifique sobre el grado de locura colectiva que se adueña de las calles. Gran parte de sus palabras están dirigidas a comunicar la profunda impresión que le causa el inaudito comportamiento de las masas populares. Los que antes eran modélicos ciudadanos han perdido ahora sus inhibiciones morales y se han vuelto fieras inhumanas sin límite en la crueldad. Impagable esta penetrante exploración del impulso destructivo de las masas y su aprovechamiento por los totalitarismos modernos. Linchamientos, sinagogas incendiadas, crímenes a la luz pública, coreados y rematados por transeúntes repentinamente entusiastas de la violencia colectiva, constituyen una parte sustancial de la observación y análisis indignados de Max Aub, expresados a través de la boca desconcertada de Emma.

Más que el oprobio personal, es esa brutalidad comunal la que hace tomar conciencia a Emma. Incisivo es el modo en que Aub nos hace sentir cómo el contacto físico de su criatura con las sucesivas masas callejeras no inhibe, por contagio o por miedo, su juicio moral, como sí le ocurre a la inmensa mayoría de sus conciudadanos. Al contrario: es un rabioso acicate que le aguijonea a adquirir una moralidad política que antes no poseía. Llega un instante en el que recoge un casco de acero abandonado en el suelo bajo la lluvia. Al encajarlo en su cabeza, el agua que contiene se derrama por su rostro como todas las lágrimas que ha refrenado hasta ese momento, y agotado rápidamente su llanto, solo queda en pie su repentina figura marcial mientras proclama: “Ahora soy un gigante del odio.” Por eso exige una y otra vez: “No quiero que me consuele nadie.” No quiere alivio, compasión, calma para la sed de venganza que hemos visto crecer en ella. Se trata de una determinación épica a no doblegarse y sobrevivir hasta ser testigo del escarmiento ético de los culpables.


La actriz Carmen Conesa, bajo la hábil dirección de Ignacio García, sabe sujetar la expresión de sus pasiones, contenerlas con el propósito de no deslizarse hacia el melodrama, sino encaminarlas hacia un implacable endurecimiento interior. Comunicar al público emociones extremas, pero no folletinescas, constituye el máximo acierto interpretativo de Carmen Conesa, que deja con un nudo en la garganta a los espectadores. Su personaje se mueve sobre un suelo de losas combadas como bajo los efectos de una gran explosión. Metáfora de la Europa de finales de los años treinta. La fastuosa lámpara caída, señal de los tiempos felices ahora arrojados sobre un pavimento roto, se enciende, relampaguea y se apaga de forma caprichosa como los recuerdos centelleantes de Emma. En el techo, en la penumbra, un confuso enrejado evoca épocas afortunadas, quizá pérgolas resquebrajadas, o bien las cúpulas de las sinagogas o las iglesias pasto de las llamas, que ahora siembran la duda sobre la protección de la divinidad. Potentes focos laterales crean inquietantes claroscuros que configuran el ambiente siniestro donde se fortalecen las nuevas convicciones de Emma.

Pese a la solidez de acero interior que va adquiriendo en su monólogo, hay una herida que Emma no logrará cicatrizar. Su hijo Samuel ha sido asesinado en el Consulado de Barcelona, pero su madre no consigue dilucidar si ese hijo ha sido aniquilado por pertenecer al partido nazi o por lo contrario. Aunque Emma intuye lo peor. Nos hallamos ante una dura ironía de Max Aub, análoga a la de bautizar a su esposo como Adolfo, idéntico nombre que el de su asesino: Adolf Hitler. El autor aprovecha esta circunstancia para introducir una segunda lección en De algún tiempo a esta parte. Si Samuel pudo embarcarse en la aventura nazi sería porque su familia cultivaba una total neutralidad política, manteniendo una equidistancia acrítica entre demócratas y autoritarios. Este es un dolor que hiere el alma de Emma y abre camino a su sentido de culpa. Max Aub señala la responsabilidad de su actitud “apolítica”, porque ese apoliticismo sería una brecha por la que avanzaron sin gran oposición los totalitarismos. Con ello el dramaturgo no deja de apuntar con un dedo acusador la culpa de su personaje y la cuota de responsabilidad que tiene en su propia situación. Lección, sin duda, inclemente.

Max Aub escribió este admirable monólogo en París en una fecha clave: 1939, su primer año de exilio tras la derrota republicana y prolegómeno de la devastadora conflagración de la II Guerra Mundial. Con esta pieza ponía la primera piedra de un nuevo teatro con el que afrontar la catástrofe. Sobre ella construyó la memorable saga configurada por El rapto de Europa (1943), Morir por cerrar los ojos (1944), Cara y cruz (1944, y el culmen de todas ellas: No (1952), donde se consolida la respuesta implícita a De algún tiempo a esta parte: la salvación ante la barbarie está en el retorno del humanismo y la implicación personal e individual, antes que en las recetas de los sistemas políticos. Acabamos de ver en escena solo el espléndido chispazo inicial de esta secuencia de dramas épicos. No deberíamos conformarnos con ver un único fogonazo aislado, sino contemplar sobre las tablas toda la serie íntegra. Nuestro teatro -nuestros espectadores-, merecen apreciarla en su totalidad y que se dé fin de una vez por todas a este exilio escénico.

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