6.000 millones de euros es lo que podría costar que Turquía asegure sus fronteras para detener el éxodo de refugiados a Europa. Esta cifra casi duplica los 3.500 que ya pidió a finales del pasado año por idéntico motivo, a lo que hubo que añadir entonces una vieja demanda: reactivar las negociaciones para el acceso a la UE. Dicha demanda, sin embargo, tiene a día de hoy pocos visos de prosperar.
Muy pocos estados miembros, en especial Grecia y Chipre, verían con buenos ojos su ingreso. Además, sus carencias en materia de derechos humanos y los intentos de Erdogan por islamizar el país -así como su discurso marcadamente antioccidental- tampoco ayudan demasiado. Erdogan debe comprender que cerrar periódicos –como está haciendo últimamente- es algo insólito en Europa. Si el gobierno turco mantuviera una postura más responsable en materia migratoria Europa no tendría el actual problema con la avalancha de refugiados -no, al menos, en estas proporciones-.
Y si combatiera al IS en lugar de convertir su frontera con Siria en un coladero para yihadistas, la amenaza terrorista quizá fuera menor. Amenaza que ahora empieza a golpear a nivel interno, con los últimos atentados como telón de fondo. En todo caso, que Turquía chantajee ahora a Bruselas con dinero y cupos de inmigrantes es de todo punto inadmisible.