Parsifal es de esas obras tan especiales, que sólo acercándose a ella con respetuoso sentimiento, acariciando cada nota, es posible llegar al rincón del alma donde reside la música que toca el espíritu y lo conmueve.
El Teatro Real ha estrenado este sábado con gran éxito la última ópera que compuso Wagner en una producción que traslada el mundo del castillo de Monsalvat a la Europa del devastador periodo de entreguerras y que se ha saldado con el aplauso entusiasta y unánime para el maestro Semyon Bychkov, así como para el Coro y Orquesta Titulares del coliseo madrileño.
Que cualquier obra de Wagner llena literalmente el coliseo madrileño resulta de una obviedad que viene a cuento, únicamente, para añadir que en la velada de anoche, además, los aplausos no quisieron esperar hasta el final de la obra. Nada más finalizado el segundo acto se escucharon con tal fuerza los primeros aplausos, que los intérpretes de la escena que acababa de representarse no dudaron en salir desde detrás del telón para recibirlos. La soprano Anja Kampe, el tenor Christian Elsner y el barítono Evgeny Nikitin recibían así, antes de lo esperado, un reconocimiento que, sin embargo, en el “verdadero final”, pasadas las 12 de la noche, iban a estar especial y merecidamente dirigidos al bajo Fran-Josef Selig por su impecable y poderosa interpretación de Gurnemanz, el caballero de la orden del Santo Grial que el responsable de la escena, Claus Guth, ha querido presentar como el sacerdote del hospital donde soldados destrozados por las heridas de la Primera Guerra Mundial convalecen confundidos y desanimados. Precisamente la escena ha vuelto a ser, una vez más, el punto de controversia a la hora de juzgar una producción que en su conjunto merece muy buena nota. Y si inesperados resultaban los aplausos que salían a recibir los cantantes nada más terminar la segunda parte, también lo eran, al menos para una parte del público, los abucheos que les fueron dedicados a Claus Guth y su equipo, cuando en último lugar “osaban” comparecer en el escenario para recibir el correspondiente veredicto.
Abucheos inesperados y en gran parte incomprensibles, porque la escena además de apoyarse en una escenografía giratoria concebida con exquisito equilibrio, cumpliendo con la congruencia del periodo histórico elegido por el director alemán, ofrecía al mismo tiempo escenas de elegante espectacularidad e innegable belleza estética. Cierto es que cuesta al principio encajar las piezas de la historia ambientada en bosques y castillos para asistir a la acción en salas de hospital y habitaciones que nada tienen que ver con fortalezas de la Edad Media, pero una vez realizado el ajuste imaginativo, la escena resulta convincente y efectista. Quizás quepa achacar, eso sí, cierta sobredosis dramática en las interpretaciones de algunos personajes que, en realidad, parecen claramente dirigidos a aumentar la sensación de desasosiego que reina en el lugar y sus moradores, un grupo de hombres heridos y humillados cuyo líder, aún más herido y atormentado, necesita con urgencia un relevo para que la fuerza y la esperanza vuelvan a quienes con anterioridad le habían estado siguiendo con devoción. Aunque, después, en la interpretación de Gutz, ese líder pueda conducir a una derrota muchísimo peor que la anterior.
Para quienes no conozcan la última ópera compuesta por Wagner – pudo escucharse en versión concierto hace dos temporadas-, lo cierto es que se trata de la ocasión perfecta para detenerse en el espacio y en el tiempo durante más de cuatro horas, ajenos a ese implacable movimiento en espiral que se lleva los años, casi sin contar con nosotros. Pero, aunque no seamos dueños de los años, habitamos en los mismos. Wagner lo pone en boca de uno de los personajes principales de su exquisita obra. Gurnemanz es el encargado de explicárselo al joven recién llegado, Parsifal. “Aquí”, le asegura, “el tiempo se convierte en espacio”. Y en este sentido, Wagner tardó toda su vida en trasformar la enérgica música que caracteriza sus obras en la sublime melodía llena de misterio que inunda su última creación, su testamento espiritual. A pesar de que la idea de esta ópera le había surgido muchos años antes, Wagner nunca había encontrado el momento para terminarla, para detenerse a sentir su propio espíritu, para explorar en su interior más profundo hasta darse cuenta de que, en realidad, antes o después, uno tiene que detener la cabalgata de las valkirias y hacer balance de toda una vida.
No es Parsifal, en todo caso, su obra más representada ni, por lo tanto, más conocida. Sí puede decirse de ella, sin embargo, que es la más misteriosa, mágica y extremadamente espiritual, con una partitura capaz, como ninguna otra, de trascender el alma encerrada por el compositor en cada nota, así como en cada frase del libreto escrito por el propio Wagner y basado en el poema épico medieval Parzival, de Wolfram von Eschenbach. De acuerdo con el relato de Wagner recogido en sus memorias, la inspiración para esta obra le llegó en la mañana del Viernes Santo de 1857, aunque, una vez realizado el primer boceto, tuviera que dejarlo de lado durante un largo periodo de 8 años, al que posteriormente siguió otro, aún más largo, de casi 12, antes de centrarse por completo en su creación. Sólo entonces, encontró el gran compositor alemán el momento idóneo, quizás también el estado de ánimo, para dedicarse a su ópera más espiritual, una obra enigmática que aún no ha podido desvelarse en todos sus matices a pesar de las innumerables interpretaciones que se han realizado de la misma a lo largo de la historia.
Parsifal es de esas obras tan especiales, que sólo acercándose a ella con respetuoso sentimiento, acariciando cada nota, es posible llegar al rincón del alma donde reside la música que toca el espíritu y lo conmueve. Hasta llegar al misticismo más absoluto, especialmente en los actos primero y tercero, cuando Wagner pone más énfasis en la redención, la entrega y la renuncia. Pero, especialmente, en la compasión: el Grial sólo se muestra al que tiene compasión, porque hay un mundo en el que el tiempo se convierte en espacio. La historia de Parsifal aparece cargada de un simbolismo que bebe de diversas fuentes, no sólo del cristianismo, y que provoca tal carga de emoción mística y existencial, que no es de extrañar que el compositor pidiera que no se aplaudiera, quizás para no romper ese momento de recogimiento colectivo, tradición que su viuda Cosima hizo que se mantuviera durante muchos años. Pero la magia aquí, en este mundo nuestro de tiempos y espacios, necesita para transmitirse de una ejecución muy cuidada por parte de los músicos y los cantantes, anoche dirigidos de forma admirable por la templada e inteligente batuta del maestro ruso Semyon Bychkov, quien también se llevaba por anticipado una cerrada ovación, justo antes de comenzar el tercer acto. A sus órdenes, la Orquesta Titular del Teatro Real demostró, como viene haciendo en los últimos tiempos, el buen momento que vive, y ha sido junto al Coro Titular del Teatro Real - dirigido anoche en una ocasión nada habitual por su propio director, Andrés Maspero, desde el propio escenario -, la más premiada de la noche del estreno de Parsifal, ópera que podrá verse en el teatro de la Plaza de Oriente hasta el 30 de abril.