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TRIBUNA

El Ciervo

Juan José Solozábal
martes 05 de abril de 2016, 20:27h

He recibido, como todos los meses desde hace tantos años, el último número del Ciervo. Es una bocanada de aire sano en el ambiente enrarecido de nuestra situación política, procedente además de Barcelona. Resulta reconfortante pensar que, después de tanto tiempo, hay gente capaz de mantener los mismos ideales de tolerancia y libertad, comportándose como un faro que exhala claridad y decencia en el momento que vivimos.

Es una voz, la del Ciervo, sin estridencias, y en sus páginas no se subraya nada, como si se aspirase a convencer o a hacer adeptos. Solo encuentra uno sugerencias y argumentos, sin un enemigo a quien debelar o destruir. Los temas a veces son algo atemporales, así la esperanza o la vida tras la muerte, o por el contrario prácticos o inmediatos, por ejemplo la pobreza, cuestiones que por su cotidaneidad no son ajenas a nadie, y resultan entonces irremediablemente comunes u ordinarias. La sección que yo prefiero es la de las entrevistas, que nunca se refieren a alguien de moda, como un personaje destacado en los medios o de rabiosa actualidad. Lo más probable es que el entrevistado, sometido a un análisis en profundidad, sea un filósofo o un profesor humanista o alguien señalado por su experiencia o lucidez. En el número actual la conversación tiene lugar entre dos poetas Alejandro Duque y José Corredor-Matheos, este Premio Nacional de Poesía de 2005 y Ciudad de Barcelona en 2007. El diálogo se centra en las memorias del entrevistado que van a aparecer (cuyo título juega provocadoramente con su apellido, Corredor de fondo), pero en la pieza hay dos cosas inapreciables. Primero una reflexión sobre la extemporaneidad prodigiosa de Gaudí, ideador de una catedral en un tiempo sin Dios, y, en segundo lugar, unos versos asombrosos sobre Venecia (Venecia. Solo aguas y luces./ No te asustes si lees/ en el viento/ que no habrás de morir). Esta sección se ha ocupado a veces de personajes memorables. Recuerdo una entrevista con el magistrado José Jiménez Villarejo realizada poco antes de su desaparición en la que éste, contestando seguro a Carlos Eymar, hacía un balance de su vida profesional y encaraba con serenidad el último tramo de la vida : era un testimonio impresionante de una existencia útil y verdadera, difícil de olvidar a quienes tratamos a aquel hombre cabal. Pero en esa sección he visto a gentes tan admirables como el padre Díez Alegría o José Antonio González Casanova.

De todos modos la sección que yo busco en primer lugar al abrir el ejemplar mensual del Ciervo es la que se ocupa de los libros. Hay para empezar una especie de escaparte donde se muestran las novedades bibliográficas, acompañadas bien de una reseña breve, aunque indudablemente hecha por alguien que ha trascendido las solapas de los libros, o de un comentario más detenido, y jugoso, que se ocupa de los títulos que la redacción considera, normalmente con tino, preferentes. Además en cada número una personalidad destacada nos muestra lo más selecto, el núcleo esencial, de su biblioteca particular acompañándolo de una ilustración sobre el criterio seguido. En este número el escritor seleccionado es Salvador Giner, que prefiere más que realizar una criba de sus libros ofrecernos una lista saltuaria de los mismos, “pondré los diez libros que más a mano tengo en este momento en un estante bien juntos, porque los estoy leyendo y consultando”. Giner es autor, casi juvenil, de una Historia del pensamiento social que nos sorprendió en su día por su consistencia inusitada y a la que siempre puede volverse con provecho. Los libros que este gran lector escoge no se refieren a su especialidad y comprenden obras de Zweig, Dostoyevski y Musil. Insiste en el interés de un testimonio sobre la vida de una familia comunista en Inglaterra Party animals de David Aaronovitch, y recomienda, indicación que comparto, las autobiografías de José María Castellet y Lorenzo Gomis.

Hay en el número último del Ciervo otras dos colaboraciones destacables. Me refiero al artículo de Victoria Camps sobre la filosofía como ficción en la que reivindica el aporte de la literatura a la filosofía, que considera muy positivo siempre que sea liberador y suponga un paso hacia un futuro de universalización y emancipación, como objetivos de la civilización que la filosofía debe encarar. Caben dos posibilidades en la reflexión, dice la profesora Camps, “Instalarnos en el escepticismo posmoderno o seguir luchando en la línea inaugurada por la Ilustración, o por las varias Ilustraciones por las que ha pasado el pensamiento filosófico”. El camino hacia la verdad, o la validación relativa de nuestras valoraciones, a pesar del riesgo de los retrocesos o desviaciones que supongan los mitos y ficciones, no debe detenerse nunca.

Finalmente en este ejemplar de la revista hay un artículo de Jordi Amat que es una primicia de su libro “La Primavera de Munich” que ha ganado el premio Comillas de este año y aparecerá de inmediato en las librerías. El libro estudia el proceso que está detrás de la Convocatoria en Munich en 1962 en la que se fraguó un plan de transición de la dictadura aunque contando exclusivamente con gentes ajenas al franquismo; pero atiende asimismo a posteriores reuniones organizadas por el Congreso por la Libertad de la Cultura , esto es, diversos “Coloquios Cataluña- Castilla”, el último de los cuales consideraba el modelo territorial de la democracia del futuro en España, y que se celebró en Can Bordoi en L´Ametlla del Vallès, Barcelona en 1971. Me llama la atención la foto que ilustra el artículo que recoge una instantánea del grupo que asiste al encuentro de Toledo en 1965. Se trata de gentes como Badia Margarit, Aranguren, Tierno, Raventós, Maravall, Garcia Sabell, Serrahima, Lapesa, Garagorri, Lorenzo Gomis, Lucas Beltrán, Josep Bonet, Castellet. ¿Sería imaginable una reunión así hoy en día? ¿Habría intelectuales catalanes dispuestos a acudir? ¿Sería posible proponer a nombres fuera de Cataluña cuya voz surgiese algún interés en esta Comunidad ? ¿Habría, ahora, tantos hombres, y mujeres, para la concordia?

PD Soy lector del Ciervo desde tiempo inmemorial. Lo solía leer en la Biblioteca del EUTG de San Sebastián cuando cursaba mis dos primeros años de derecho. En Valladolid procuraba, como hacía con Destino, consultarla en algún centro universitario: en sus páginas me topé con Alfonso Carlos Comín. Me suscribió a la Revista Rosario Bofill, en presencia de su marido Lorenzo Gomis, en la boda de alguno de los hijos de Manuel Jiménez de Parga y María Elisa en L´ Ametlla. Imposible asimismo olvidar el detalle vasco de la Revista: las colaboraciones de Carlos Santamaría, Antonio Beristain o Alfredo Tamayo Ayestarán. Fuera de las publicaciones profesionales, y naturalmente Cuadernos de Alzate, es la única revista española a la que en la actualidad estoy suscrito.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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