El primer domingo de mayo es el Día de la Madre en España. No siempre se festejó en esta fecha. Desde 1644 hasta 1964, se celebró el día 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, patrona de España. En homenaje a Anna Marie Jarvis (1864-1948), activista estadounidense y creadora en su país del Día de las Madres, se fue extendiendo el 1 de mayo como día de merecida honra a todas las madres en distintos lugares. En España, se adoptó esta fecha en 1965.
Este año el Día de la Madre coincide con la celebración de San José Obrero, que el papa Pío XII instituyó en 1955, y con el Día internacional de los Trabajadores, que evoca la huelga de más de 200.000 trabajadores de Chicago que reivindicaban la jornada laboral de 8 horas.
Los seres humanos vivimos en un tiempo y un espacio y, sin memoria, nos perderíamos irremisiblemente. Sabemos hacia dónde dirigirnos porque sabemos de dónde venimos. El recuerdo es una de las categorías más importantes de la civilización judeocristiana. Uno de los verbos más repetidos de la Escritura es Zajor, que significa “recuerda”. Es el verbo con el que el Creador establece el imperativo de recordar, que está en la raíz profunda de la tradición de Israel. El verbo aparece, como señala Yerushalmi, no menos de ciento sesenta y nueve veces en sus diversas formas verbales teniendo al Eterno o a Israel como sujetos porque el recuerdo les corresponde a ambos.
Vinculada a la obligación de evocar el pasado está la de transmitir el recuerdo, es decir, lo que en yiddish se llama “yerushe”, “herencia”. Esto es lo que recibimos de nuestros abuelos, nuestros tíos, nuestros padres y, naturalmente, nuestras madres. Gracias a esta herencia de memoria, que es infinitamente más valiosa que cualquier herencia del derecho de sucesiones, podemos comprender quiénes somos.
Así, gracias a nuestras madres, abrazamos una cultura, una historia personal y colectiva, un tesoro de tradiciones, ritos, cuentos, chistes, referencias que se remontan atrás, muy atrás en el pasado y que pueden vencer a las distancias, al tiempo y aun a la muerte. Cada generación enriquece esta herencia y la nutre, la renueva, la actualiza y la proyecta hacia el futuro. Con los juegos, los relatos, las oraciones, los sucedidos y tantas otras cosas recordamos y vivimos.
Yo he recibido de mi madre una fortuna de valor incalculable. En las comunidades judías de Europa del Este existe la figura del “magid”: aquel que cuenta historias que elevan el nivel espiritual de quien las escucha y son necesarias para acordarse y para avanzar, es decir, para sobrevivir. Estas historias, como dice la bendición que recibe el magid, sirven para que regresen los que están perdidos y para que despierten los que duermen. Mi madre sabe todas las historias, todos los cuentos, todos los relatos. Como ella, los sabía mi abuelo. Y de los dos recibí un caudal de historias que jamás he olvidado. Ella me contó la heroica resistencia de los 300 de Leónidas contra los ejércitos persas y la carrera mortal de Milcíades el Joven, que llevó a Atenas la noticia de la victoria de Maratón.
No solo me contó historias -aún las cuenta- sino que las canta. Yo creo que se sabe todo el Romancero Viejo y una parte importante del nuevo.
Nunca olvidaré cuando mis padres me regalaron una reproducción del cofre del Cid, aquel donde guardó el valor de su palabra, que valía más que cualquier préstamo. También me cayó en suerte una Tizona con función de abrecartas. Yo era muy pequeño y no recibía muchas cartas, pero ahí sigue la espada del Cid, ganada en buen combate al rey Búcar de Marruecos en la lucha por Valencia. La leyenda dice que esta espada tiene vida propia y su fuerza varía según sea de fuerte el brazo que la blande. A su altura se encuentran Excalibur -la espada del rey Arturo- y Durandarte, la del paladín Roldán, que murió en Roncesvalles cuando el pecho le estalló de tan fuerte que sopló el Olifante para alertar a Carlomagno del ataque que sufría por la retaguardia. Conocí el universo artúrico y toda la literatura francesa gracias a mi madre. Las primeras palabras que me tradujo fueron de un cartel que reproducía el llamamiento del 18 de junio de 1941 que el general De Gaulle lanzó desde Londres. Gracias a ella, aprendí a amar y admirar a Francia y su cultura.
Quizás por esa influencia francesa de Antoine Galland, las Mil y Una Noches y los orientalistas franceses, me gusta tanto viajar. Con mis padres recorrí casi toda España. Con ellos descubrí los castillos, las murallas, los puertos y el mar. Cada vez que parto de viaje, mi madre me pregunta la ruta, estudia, busca, lee… Y a mi regreso, conversamos. Desde la Muralla China hasta la ciudadela de los Oudayyas en Rabat, todo lo admira en la medida que merece. Ella me explicó que, si uno quiere ver lo grande que es el hombre, debe viajar por Europa o América, pero si uno quiere ver lo grande que es el Creador debe ir a África. Cada vez que viajo hacia el sur y siento el sol a flor de piel, me acuerdo de ella.
Es cierto que el Día de la Madre tiene algo de comercial, como si fuese una demanda inducida para comprar regalos. Sin embargo, las madres -y los padres- nos instruyen en las cosas verdaderamente importantes en la vida y está muy bien que haya un día para celebrarlas. De ellas tomamos el ejemplo del amor, la amistad, la responsabilidad y las maravillas que el mundo encierra. Gracias a las madres, creadoras y transmisoras, recibimos la herencia del pasado. Un viejo proverbio bamana dice que la humanidad es un vínculo. Sin duda, transitamos por un camino que otros recorrieron antes. En esa memoria de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, primos, tíos, amigos late un mensaje que nuestros padres nos transmiten y que nos sigue alimentando.
Podría seguir escribiendo hasta el fin de los tiempos sobre las madres y todo lo que aprendemos con ellas. Por ejemplo, México forma parte de mi historia porque mi madre me lo trajo y me lo entregó con sus árboles de la vida, sus calacas, sus máscaras y guitarrones, sus cuchillos de piedra, sus jeroglíficos y sus pirámides. Yo pronuncio las palabras en náhuatl como ella: con el respeto de quien evoca un gran misterio. Hoy me sigue enseñando cosas fundamentales.
Feliz Día de la Madre.