Me siento a escribir, y lo primero que viene a la mente es la pregunta de para qué le pueden servir a Jawalwadi unas cuantas frases publicadas en un periódico occidental denunciando su terrible suerte. De nada, me respondo con tristeza, pero sigo notando el mismo nudo en la garganta que se ha formado cuando he leído sobre ella y he decidido que hoy no sería capaz de encontrar ninguna noticia más importante que la suya, aunque se trate de una noticia “pequeña”, de unas cuantas líneas. Una de esas crónicas que nuestro devenir frenético y sobresaturado de titulares arrastra al olvido en cuestión de minutos. Para colmo, su historia y la de, por desgracia, miles de mujeres, muchos miles, que en India sufren brutales violaciones que suelen quedar impunes, es de esas que amenazan con romper nuestra creencia de que el mundo se reduce al entorno más próximo, donde no ocurren determinadas cosas malas que se empeñan en reclamar nuestra ajetreada atención.
A Jawalwadi, una niña de 13 años del Estado indio de Maharashtra, la comunidad – su comunidad – la condenó, después de ser violada por su propio padre, porque se consideró que su comportamiento, el de la cría, fue indecente. No había comunicado al consejo de la comunidad los hechos para que ellos – como si fueran los importantes en esta historia – ejercieran su misión. El citado consejo tribal formado por los mayores de la aldea, todos varones por descontado, aprovechó la sentencia para justificar de paso la acción del padre ya que el “pobre” estaba borracho, pero decidió castigar a la niña porque al no decirlo, les impidió realizar su cometido. ¿Qué cuál es su cometido? Lo ha explicado un tal Dilip Jadhav, miembro del maldito consejo, sin ningún tipo de reparo. En la India rural, ha argumentado, “No se denuncia a la policía. Si se lleva a las niñas a la comisaría, todo el mundo descubre qué ha pasado y se convierte en un problema mayor. Es mejor casarlas”.
Sobran las palabras. Igual que debería sobrar el sentimiento de culpa y de vergüenza con el que, además de la violación, ahora tiene que cargar Jawalwadi. Ella misma ha asegurado a un periodista de The Washington Post – el medio que tuvo acceso al vídeo donde se podía ver a la aterrorizada cría atada con cuerdas y azotada con la rama de un árbol -, que se había ganado aquellos latigazos. Qué va a decir, cuando su propia familia cree que hizo algo malo. Qué se puede decir, en realidad, cuando te ha tocado nacer en un país que sigue sorprendiendo por la brutal realidad de la estadística que una vez traducidos los números en identidades de mujeres concretas arroja el espeluznante saldo de que una es violada en la India cada 15 minutos. Y ocurre, porque sigue imperando una intolerable cultura de impunidad en la que las mujeres que denuncian son ignoradas, mientras que los violadores pocas veces responden ante la ley. Amnistía Internacional denuncia desde hace mucho tiempo que las autoridades de aquel país no han aprobado las leyes necesarias para ofrecer una mínima protección a las mujeres, ni siquiera después del escándalo internacional que supuso el asesinato en 2012 de otra niña, Nirbhaya, después de una violación múltiple en el autobús público de la capital al que había subido un mal día para asistir a clase.
Solo después de que lo sucedido a Jawalwadi apareciera en la prensa extranjera, la policía ha denunciado a los miembros del consejo, quienes en todo caso continúan en libertad y justificando su acción. Al padre violador, que ha admitido los hechos, la policía lo ha acusado de agresión sexual pero lo más probable es que vuelva pronto a casa. Ignoro si su hija tendrá que pedirle perdón por haber sido la causa de que su apellido se haya visto deshonrado.