En el ocaso de su vida, ese físico hidráulico que le había aupado una y otra vez al Olimpo del deporte, le había abandonado. Estaba agotado y apenas se tenía en pie, con la mirada perdida, quizás recordando guerras pasadas, y un rostro triste alejado de todo heroicismo.
Esa mole de músculo y tendón languidecía siendo la sombra del que fue, y sin embargo un silencio reverencial reinaba siempre a su paso. Un aura de misticismo le seguía envolviendo, ese reservado únicamente a las leyendas, porque su historia, su camino, su legado había trascendido el achacoso cuerpo que ahora apenas le soportaba y es ahora una herencia que le sobrevivirá eternamente como uno los grandes iconos de siempre.
¿De dónde provenía esa admiración que le profesaban incluso los no versados en el combate? Sencillo, ésta se articulaba en torno a esa ley universal que dice que uno es tan fuerte como lo son las convicciones propias. A fe que él en eso también era el más grande.
Plantó cara a ese mismo país que le tenía por un semidios sabiéndose poseedor de una verdad que sólo necesitaba ser cierta para él, aquella que dice que la fe en uno mismo, la lealtad a una idea, tan sólo una, por pequeña que sea, mientras sea genuina y pura, puede cambiar un mundo.
Era el más grande, y lo era no sólo por los honores que otros le glorificaban, sino porque él mismo, en su guerra personal, así se significó. Creía en sí mismo y en lo que era capaz de hacer. Los cobardes lo llamarían vanidad o ego hiperbólico, aunque creo que él simplemente llevaba tatuado el que uno puede escalar tan alto como le alcancen los sueños porque, ¿qué es imposible sino "una opinión, un miedo, algo temporal"?

Sus detractores, esos que mentaban a una genética regalada y no al sacrifico espartano como secreto de la pócima secreta, recordarán las sombras que en él había, a las derivas excéntricas o incluso radicales de un hombre que no sabía vivir a medias, que prefirió omitir el freno. Decidió escalar la montaña aunque pereciera en ella, porque era la propia montaña y no la cima lo que conformaba su espíritu, lo que cimentaba su credo.
Cierto es que tenía sus propios monstruos, algo que nos acaba haciendo a todos más humanos de lo que necesitamos sentir, pero él se sabía más fuerte que ellos y, todavía en la recta final, logró cautivar desde el abismo, desde la decadencia de un coloso que apenas lograba dar tres pasos seguidos.
Él mismo tumbó su destino, ese que confabuló junto a contextos o entornos siempre en su contra, el que le abocaba a una existencia anodina, cuando no denigrante, en una América que le despreciaba como ser humano por algo tan banal como su color de piel. Se rebeló forjando lo extraordinario, porque nadie le regaló nada, porque lo que merece la pena es digno de sangrarse.
Sabía que la grandeza nada tiene que ver con el conformismo, que tampoco reside en la victoria misma, apenas un fotograma efímero, sino en iluminar, en moldear la inspiración de otros, en dejar impresa una huella indeleble en aquellos que te rodean, que en su caso era toda la humanidad. A eso se dedicó con rabia sabedor de que antes o después la grandeza en él germinaría en todos los que recorrieran la senda que había abierto.
Nunca tuvo miedo, no necesitaba tenerlo, porque aceptó que, del mismo modo que la victoria debe llevar implícito la muerte de algo propio, la derrota puede significar algo más, puede acabar siendo la verdadera respuesta. Así, la cuestión se reducía a saltar al precipicio propio, a entrar al ring con la cabeza alta y salir de él del mismo modo, ya fuera cosido a vítores o a leches. Porque, ¿no consiste en eso mismo la vida?