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POCO A POCO

Testosterona y cerveza, paradoja oval

Borja M. Herraiz
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borjamotaelimparciales/10/5/10/22
lunes 13 de junio de 2016, 16:22h
Actualizado el: 13/06/2016 19:24h

El pasado mes de septiembre tuve la ocasión de asistir en Inglaterra a uno de los mayores eventos deportivos del planeta, el Mundial de Rugby, para mi un torneo sólo igualado en interés por los Juegos Olímpicos, pero eso ya es una cuestión personal.

A lo que iba. De manera automática, el deporte del oval suele estar relacionado con mucha testosterona y grandes dosis de cerveza, ingredientes perfectos para desatar la violencia más irracional a poco que se encienda la mecha. Sin embargo, no se tiene constancia de incidentes reseñables a lo largo de todo el campeonato, ni de este ni de ningún otro, por parte de ninguna de las aficiones, entre las que se contaban la propia inglesa, estos días en el disparadero, sus irreconciliables 'enemigos' franceses, los embrutecidos rumanos o georgianos o la de Argentina, muy lejos de la lamentable imagen que por momentos han dejado los 'Barras Bravas'.

Sorprende para los no iniciados en este deporte que una disciplina tan estrechamente ligada con el combate físico y la agresividad, que no la violencia, y cuyo nexo de unión entre aficionados y deportistas sea la cerveza, sea todo un ejemplo de solidaridad, hermandad, camaradería y reconocimiento entre rivales.

Es habitual en las gradas de los partidos de rugby, normalmente a rebosar fuera de nuestras fronteras, ver a las aficiones mezcladas, animando juntas aunque por separado, sin ningún atisbo de violencia y con el llamado 'Tercer tiempo' como fiel expresión final de esta filosofía. Es un deporte hecho para y desde el respeto, algo de lo que adolece su hermano futbolero.

Lo acontecido este fin de semana en la Eurocopa que se celebra en Francia, con hooligans ingleses y rusos dándose caza por las calles de Marsella como jaurías, es el fiel reflejo de un deporte que ha perdido los valores más esenciales dentro y fuera del campo. Sí, seguirá siendo el deporte rey por volumen de negocio y de aficionados, pero estos periódicos episodios nos recuerdan que algo se ha dejado el fútbol por el camino.

Lo fácil es señalar al alcohol, a la efervescencia neandertal o a las pasiones nacionales, pero eso no es coto privado del fútbol. He asistido a decenas de partidos de rugby bien rehogados de alcohol, incluso dentro de los recintos deportivos, y ahí no levantaba la mano nadie salvo para pedir otra pinta. El aficionado oval deja sus frustraciones en casa y acude al rugby a disfrutar en comunión con sus iguales, lleven los colores que lleven. Muchos de los futboleros acuden con éstas al estadio y así pasa lo que pasa.

Pero no sólo miremos hacia las gradas, hagámoslo también hacia el campo. En el rugby el árbitro es poco más o menos que una deidad. Se le trata con la educación que se merece aquel cuya labor es la de velar por el correcto devenir del juego. Porque eso es de lo que hablamos en última instancia, un juego. En cambio, en el fútbol el colegiado es blanco de insultos, malas formas y agresiones, ya sea a nivel profesional o amateur, por parte de aficionados, futbolistas, entrenadores, directivos y medios de comunicación.

Además, en el rugby no hay lugar al engaño, al piscinazo, a eso tan ruin que ya hacemos la vista gorda cuando lo calificamos de "picaresca". Aquel que trampee o lo intente es señalado y sancionado de manera fulminante durante semanas. Es un mantra que se repite una y otra vez, pero es una gran verdad: "el rugby es un deporte para villanos jugado por caballeros y el fútbol es un deporte para caballeros jugado por villanos".

¿Por qué? Porque por encima de todo se debe velar y cuidar la misma esencia del deporte, los principios más básicos que llevan a dos equipos a enfrentarse en igualdad de condiciones para, terminado el tiempo reglamentario, aceptar el resultado y brindar por el buen rato compartido.

Particularmente, el fútbol cada día me da más pena por hechos como los de Marsella, que no son tan aislados como nos empeñamos en creer. O mejor dicho, cada día me siento más orgulloso de ser aficionado al rugby, un deporte que aúna todos los valores íntegros que deberían verse reflejados en una sociedad. Brindo por ello.

Borja M. Herraiz

Jefe de Internacional de El Imparcial

BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial

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