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entrevista

Antonio Ferres: "Ni las sillas tienen patas ni las agujas tienen ojo"

viernes 13 de junio de 2008, 22:46h
¿Cómo entiende usted el cuento?
En una entrevista que hice para “La Gaceta de los Negocios” dije: “Es un formato hecho para leer de un tirón”. Y luego me enteré de que es una definición que daba [Edgar Allan] Poe. El cuento es un género probablemente más importante que la novela. Hay mucha gente, por una cierta ignorancia, que cree que es un género solamente infantil. Pero hay cuentos que conocemos de niños, pero que no son en absoluto infantiles, aunque también puedan leerlos los niños, como “El príncipe feliz” de Oscar Wilde, que es el cuento más antisistema, más social, en el sentido de los parias de la tierra, etc., que he leído. En eso ha trabajado Javier [Santillán, editor de Gadir], en la colección de cuentos de adultos para niños, y ha cogido uno mío que es “El torito negro”. Pero a mí me ha pasado; cuando me publicaron en Alianza Editorial un señor me dijo en la Feria del Libro: “Fírmeme esto para mi niña”.

Uno de sus cuentos más famosos, “El camino”, se iba a llevar a la televisión, pero al final no fue así. ¿Qué paso?
Ese cuento se lo vendí a televisión y me lo pagaron y todo, esas cosas que pasan en televisión. Iba a haber una serie, fíjese el prestigio que tenía el cuento, y había un proyecto titulado “Cuentos diversos”, con gente como Ignacio Aldecoa.

Un momento importante de su carrera fue el Premio Sésamo, que le entregó el propio Aldecoa en el 54, ¿no?
Sí, por “Cine de barrio”. Entonces era un premio “rojo”, diríamos, pero soterrado, todo era soterrado entonces.

¿Pero, cuál es el propósito del cuento como género, su razón de ser, si es que la tiene?
El cuento casi siempre es parabólico. El hombre ha construido una gran metáfora, que es la cultura, que es la lengua. Porque ni las sillas tienen patas ni las agujas tienen ojo. El homínido construye una gran metáfora, que es la cultura, que es la lengua. Las patas de las sillas son símiles, están en la primera línea, pero más arriba está el símbolo, la parábola.

La propia palabra “palabra” significa “parábola”…
Todo es un símbolo. Y dentro de la obra de arte las cosas no existen como lo hacen fuera, porque están dentro y son materiales que entran en relaciones polifónicas dentro de la obra. En el cuento casi siempre está el símbolo, lo parabólico y la aportación del lector es muy grande. Además, todo es mentira, ahora mismo estamos girando a miles de kilómetros por hora, y no nos damos cuenta. Decimos “el sol sale y el sol se pone” y es completamente falso. Es la Tierra la que gira, el sol está quieto. El cuento lo que hace es buscar parábolas, símbolos, a todo esa confusión o mentira.

Leí a en un blog hablar del concepto de “arrealismo”, y venía a decir que todo es escenario, ilusión, manipulación más o menos voluntaria de los sentimientos, de las percepciones...
La única capacidad que tiene el hombre es que ha conseguido que todo sea un símbolo, poruqe lo que es cierto es que prepondera el vacío. Si yo le viera de verdad a usted vería partículas separadas… pero el hombre sabe que hay unas realidades matemáticas que fijan, pero en fin, que es todo un lío (risas).

Sin embargo, ciertos símbolos, una bandera, un himno, una idea de nación... han segado miles de vidas, de un modo más bien realClaro, el error está en creerse que esos símbolos son verdad… porque son abalorios. Tiene que venir alguien que diga “el abalorio que usted le da más importancia es el premio Nobel, pues yo lo rechazo”. Pero hay gente que cree que eso es verdad, como una montaña, pero dentro del juego no es más que un juego más, un juego floral, como los laureles, los laureados… Pero vamos, es cierto que en España, y por eso hay quien no quiere la Ley de Memoria Histórica, se siguió fusilando tras la Guerra Civil, miles cada año, cosa que no ocurrió ni en la Italia de Mussolini, ni cuando los aliados vencen en la Segunda Guerra Mundial. Luego implantaron una forma de entender el mundo en la que no había que pensar en eso. Yo me acuerdo de tanta gente que te decía: “Hombre, si tú no te metes aquí en política tienes aquí libertad”.

Dice usted que vivir entonces en España “era insoportable”, tanto que tuvo que marcharse. ¿Cómo vivió esa salida?
Me fui a destiempo. Me fui por miedo, como estábamos ya tan metido en la cosa antifranquista, no me quedó otra. Me acuerdo de un día que avisaron de una reunión que iba a haber en la universidad, y me invitaron a participar junto a gente como Juan García Hortelano, Armando López Salinas, Pacheco. Quedamos antes en una cervecería, pero antes de la reunión nos dijeron que la policía había cerrado la universidad..., pero los jóvenes rompieron las cadenas para entrar. Había tanta gente congregada, tanto entusiasmo y la Juventud Comunista de la Universidad empezó a repartir octavillas que decían algo como “Eminentes intelectuales vienen a hablarnos. Hace falta libertad, independencia, etc…”. Y, claro, en esas circunstancias, tuvimos que ver aquello como una provocación, y negarlo, aunque estuviéramos de acuerdo con bastantes cosas. La gente te ovaciona, te aplaude, pero luego vuelves a Madrid y…, esa noche es que no puedes dormir. Sabes que la policía ya sabe todo y que no va porque no quiere. Entonces dices, mejor me voy una buena temporada fuera. Me fui por miedo a vivir en un mundo invivible.






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