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TRIBUNA

Un español para el recuerdo

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 23 de julio de 2016, 19:56h

Los lectores omnívoros suelen formarse sus propias e intransferibles antologías acerca de los asuntos más variados. Más por bulimia desordenada e inembridable que por selección meditada y virtud electiva, el cronista también posee las suyas sobre diversas temáticas.

Dada su profesión –aprendiz de contemporaneísta- e interés de español de la postguerra nacional, la de la contienda de 1936 no podía faltar en su biblioteca más íntima, a buen resguardo de miradas y axiologías ajenas. De esta forma, entre las muchas páginas que la integran de nombradía indígena y foránea, desde Hemingway a Orwell, de Cela a Barea, ningunas para su particular gusto que las autobiográficas del que fuese en hora a la vez desdichada y venturosa primer presidente del Tribunal Constitucional de la renacida democracia española, el esclarecido jurista D. Manuel García Pelayo (1909-1991). Al revisitar memoriográfica y literariamente sus andanzas bélicas en la España desgarrada del trienio más rupturista y violento de nuestra a menudo trágica historia más reciente, el joven capitán de Estado Mayor –apenas veinteañero- de la división republicana describe su incorporación nocturna a dicha unidad con pincel de policromía envidiable, con rasgos a la vez de aguafuerte goyesco y tersura velazqueña: “La División del comandante Ordóñez”, artículo póstumo, El País, 3-III-1991, recogido en el tercer y último de sus utilísimas y provechosas Obras Completas-. Quien las haya leído no podrá, ciertamente, olvidarlas ni apartarlas de su visión de la guerra civil, en la que, pese a la dramática coyuntura, tanto las virtudes como los defectos del carácter español se mostrarían en su máxima y radical expresión. El hondo sentimiento humanista de un hidalgo zamorano, de raíces tan acendradas como su empatía popular y la solidaridad con la causa de los desvalidos, rompe las costras de la rutina lectora para instalarse en las profundidades de la reflexión sobre la condición humana. Puro idealismo, verdadera belleza, genuino pueblo. Todo ello se palpa y enriquece con la lectura del constitucionalista acaso más reputado en la historia de las ideas jurídicas con copyright español.

Aunque la figura y vigencia de la obra intelectual del maestro leonés son de permanente actualidad por las incontables joyas de erudición y análisis que atesora en muy diferentes ámbitos del mundo del espíritu, hoy será sin duda oportuno volverla a visitar a causa de uno de los acontecimientos que decidirán en el inmediato porvenir la existencia de varias generaciones de europeos. Con la precocidad que singularizase su cuajada biografía, muy poco después de haber alcanzado la treintena en el Madrid celiano pero también del retorno de Ortega de su prolongado exilio, dio a la estampa en la renombrada editorial del último su descollante libro El Imperio Británico. Semejaría obra de encantadores que en el postrer año de la segunda conflagración mundial viese la luz una publicación que a raíz mismo de su alumbramiento pudiera catalogarse sin exageración alguna de clásica, tanto por la documentación como por la exégesis e incluso la misma escritura. No obstante la envidiable y casi hercúlea capacidad de trabajo del autor y la ayuda bibliográfica inestimable proporcionada por el mítico inglés irlandizado y hasta un punto agitanado Sir Walter Starkie, es de muy arduo entendimiento la hazaña cultural realizada a pie de obra, cuando las ruinas mismas de una de las más grandes creaciones políticas de los tiempos modernos estaban aún humeantes, por este gigante del pensamiento hispano del siglo XX. De formación y sensibilidad germanas, el antiguo integrante de la gineriana e institucionista Residencia de Estudiantes y becado por la Junta para Ampliación de Estudios en la Alemania weimariana, comprendió en sus espectrales meditaciones de los años de la bliegkreitz que, al margen de su resultado final, éste implicaría forzosamente el término de la Inglaterra imperial, creación suprema en el orden político-administrativo del genio civilizador de un continente que también avizoraba su ocaso por la actuación de las superpotencias rusa y yanqui. Obra la de D. Manuel García-Pelayo de todo punto admirable e insustituible para calibrar, con irrestañable pesadumbre, todo lo que hemos perdido con el calamitoso –fondo y forma- del acontecimiento-eje del verano de 2016.

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