Paro agrario en Argentina
lunes 16 de junio de 2008, 23:45h
Ni en sus peores pesadillas hubiera imaginado Cristina Fernández Kirchner que el conflicto con el campo se alargaría como lo está haciendo. Hace ya más de tres meses que comenzaron las protestas de los productores agropecuarios por las retenciones que el Gobierno argentino pretende gravar a las exportaciones de grano y la situación, lejos de remitir, empeora cada día. Desde el pasado domingo hasta la media noche del miércoles, está y convocado un paro del campo, el cuarto en tres meses, en protesta por la detención durante varias horas del líder agrario Alfredo De Angeli junto a otros 18 productores agropecuarios. La huelga, que no prevé el bloqueo de carreteras, consistirá, según anunció la patronal, en el “cese de la comercialización de productos agropecuarios”, excepto los “lácteos y perecederos”.
Los casi 100 días que ya dura el conflicto entre el campo y el Gobierno han destapado cruelmente las debilidades y defectos más acuciantes del ejecutivo de Fernández Kirchner. En vez de afrontar el problema a tiempo, cuando aún había posibilidad de solución, el Gobierno argentino ha dejado que el conflicto se enquiste, creando una inestabilidad y disgregación social preocupantes. Ante todo, ha quedado clara la ausencia de una cualidad fundamental en política: el arte de la negociación y el diálogo. En otras palabras, falta cintura política. Tanto Cristina como Néstor conciben la política como un mero ejercicio de poder, en el que unos mandan y otros obedecen, sin tener en cuenta que, en democracia, el progreso llega del consenso y la negociación entre las diferentes sensibilidades y colectivos que ejercen presión por defender sus intereses. Desde un principio, el matrimonio Kirchner se negó a dialogar con los productores agrarios y se enrocó en una postura victimista e infantil, que no ha hecho sino endurecer las posiciones del contrario. El poder agrario ha demostrado ser demasiado fuerte y se ha negado a doblegarse ante el decreto oficial. De todas formas, bien es cierto que vivir en democracia también exige un respeto a las normas y leyes que rigen el sistema, y los ruralistas, por su parte, tampoco han mostrado una clara actitud de diálogo ante un Gobierno que, les guste o no, ha sido elegido por la mayoría en las urnas. Sea como sea, el problema no parece que vaya a tener una pronta solución. Mientras tanto, el desabastecimiento, los cortes de carreteras y el desánimo social son el pan nuestro de cada día. Y la paradoja -que tampoco falta en este drama- es que el ubérrimo campo argentino, un ejemplo de eficiencia y buen manejo económico, se encuentra además con una coyuntura favorable de precios desconocida desde hace muchas décadas.