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DESDE ULTRAMAR

Fidel Castro, Havelange y Polo Ortín

jueves 18 de agosto de 2016, 20:47h

Amigos lectores en ambos hemisferios, tres personajes acaparan mi atención esta semana: el nonagenario Fidel Castro, el recién fallecido centenario João Havelange y el actor mexicano Polo Ortín. Cada cual resulta importante en su ámbito y por razones muy diversas que merecen mencionarse.

Fidel Castro da para mucho. Suponiendo que de verdad cumpliera sus primeros noventa años, porque hasta en eso hay cierto misterio, el sujeto tiene sus más y sus menos. Ha tenido a Cuba en un puño, pero no cometió el error de ponerle a nada, su nombre propio. Astuto, sabe que a su muerte nadie retirará placas ni cambiará callejeros, defenestrándolo. Perdurará, acaso, su visión del mundo y de Cuba y no se desgastarán debatiendo qué nombre ponerle a lo que de momento, lleve el suyo, porque no lo lleva. Y a saber si todo eso sucederá.

Considero que no me tocó vivir la época en que la América hispana vio en Fidel al tipo que plantaba cara a los yanquis y los ponía a parir chayotes. Fue revolucionario, pero alguien que se aferra casi sesenta años al poder, no puede serlo más. Lo contrario, sería contra natura.

Me ha tocado oír más críticas que halagos a Castro, que los recibió en otro momento. No podemos negar que ha sido suficientemente inteligente para esquivarlas todas. Ha sobrevivido a todos los intentos de asesinato instigados por Estados Unidos, muchos de ellos reconocidos por unos o por otros facinerosos. Porque nunca le perdonaron echarlos de Cuba con una patada en el trasero, lo que ningún país de la región pudo hacer quedándose con las ganas, y se acabó para los estadounidenses hacer en Cuba lo que se les pegaba su regalada gana, hasta lo indecible en el colmo del abuso, como venían haciéndolo desde que la arrebataron a España en 1898, considerando a los cubanos como seres inferiores, incapaces y afeminados (cobardes). Ese mérito nadie puede ninguneárselo a Fidel. En eso, Fidel significó un duro y digno ¡basta!, un “hasta aquí”. Es comprensible que en Washington no lo pudieran ver ni en pintura. Los cubanos isleños, pese a quien le pese, aprendieron a ver de frente a los estadounidenses y han dado muchas pruebas de ello, en muchos ámbitos, tratándose al “tú por tú”.

Respetado por muchos justificadamente, abominado con razón por otros, difícil resulta encontrar opiniones neutras; ninguneado por su hermana, Juanita, desde el exilio en Miami y a la que no le puede contar un cuento porque lo tiene bien enfocado, cual hermana que es, Castro me resulta una incógnita, porque no me atrevo a decir cómo pasará a la Historia. El nonagenario sigue lúcido y no deja escapar una y así lo expresa en sus escritos. Y todo lo dicho no le quita ni la etiqueta de dictador ni rebaja su enfermizo y brutal apego al poder, tan tóxico que resulta como el que más. Así se trate de Fidel.

Porque el principal daño que causó a Cuba después de todo, ha sido no estructurar su sucesión y no dejar un encargado a la altura. Ello garantiza la cerrazón y el inmovilismo. Lo que pasa en Venezuela puede pasarle a Cuba sin los Castro y sin el tutelaje de Washington. Sería una pena que lo positivo de la Revolución Cubana se fuera al garete por una sórdida actitud en el necesario cambio de guardia. Si no hubo franquismo sin Franco, es dudoso que haya chavismo sin Chávez y castrismo sin Castro. Pasa. Caudillajes iberoamericanos, aparte.

João Havelange es el icono del fútbol mundial. Su imponente estatura física iba de la mano de su dominio, su control directo sobre el negocio del balompié. Lo tenía en un puño. Ha muerto a los cien años desprendido del halo que lo rodeó en vida, merced a los escándalos suscitados en torno a la FIFA, donde lo que menos hay es fair play, que lo condujeron a la penosa (supongo) situación de perder hasta la presidencia honorífica de ese organismo en 2013, salpicado de la barahúnda que ha hundido a Joseph Blatter, a quien colocó en su lugar al dejar el puesto directivo, de manera que la estrecha relación, los intrincados intereses entre ambos estaban más que asegurados y son innegables. Se va podrido en dinero, no cabe la menor duda, y sin conocer el desenlace final para la justicia, de la trama de contubernios y desmerecimientos que ha sido la desaseada conducción del soccer, cuya corrupción desde FIFA lo involucra todo: de la asignación de Mundiales hasta directivos en la cárcel o los patrocinios de dudosa contratación.

Havelange acaso nunca imaginó terminar con semejante descrédito, gracias al desastre que fue su sucesor, el apadrinado Blatter. Su trayectoria apuntaba a otra cosa. A asegurarse su buen nombre. Pues va a ser que no. Se va en el mejor de los casos, con un completo deslucimiento. Con él y su camarilla bien que aplica esa máxima que dice: la avaricia rompe el saco. Ha muerto, pero no el escándalo que define a FIFA hasta estos momentos. Se afirma que gracias a su gestión, México organizó el Mundial del 86. Sí, solo que recordemos que ante la tragedia del terremoto del 85, la FIFA aseguró que el país organizaría la Copa del Mundo del 86, sin retraso alguno. Así que…muy sensible….

Concluyo mencionando la muerte del longevo actor mexicano Polo Ortín, cuya voz de doblaje prestó a múltiples personajes. Al exportarse el doblaje mexicano a todo el mundo hispanohablante, resultó reconocible por versátil. Dobló a Guilligan o a Larry, miembro de Los Tres Chiflados, entre muchas otras. Se apagó otra voz a la que antecedieron otras brillantes y emblemáticas, como la de Julio Lucena (Villano reventón), José Gálvez (voces de fondo), Carlos Riquelme (Príncipe Juan), Tin Tán (Baloo), Jorge Arvizu (Pedro y Pablo, Los Picapiedra), que nos recuerdan que el doblaje mexicano ya no es lo que fue y para mal. Es una lástima.

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