El 3 de octubre de 2013, cerca de la isla de Lampedusa (Italia) se incendió una barcaza que llevaba unos 500 inmigrantes eritreos y somalíes a bordo; entre ellos, niños y mujeres embarazadas. Sobrevivieron unos 150. Los demás se ahogaron o simplemente desaparecieron. Habían zarpado de Libia, que llevaba en guerra desde 2011. El conflicto continúa hoy. Había habido otros casos antes – pocas horas antes de este naufragio había llegado a la isla un buque con 463 sirios y el 30 de septiembre de aquel año se habían ahogado otros 13 eritreos- y hubo muchísimas más después. La pequeña Lampedusa llegó a estar al límite de sus capacidades desbordada por la afluencia de inmigrantes y refugiados. Contra tantas mentiras que se contaron en aquellos días, el pueblo italiano ha dado ejemplo en estos años de una solidaridad y un sacrificio admirables. En 2013, el ministro del Interior, Angelino Alfaro, cifró en 16.000 las personas a las que habían rescatado de las aguas. A estas alturas de 2016, ese número es muy superior.
Por supuesto, el mundo entero se conmovió por la tragedia de estos seres humanos desesperados que huyen de la guerra y la pobreza. Abundaron las declaraciones de políticos europeos y responsables de organizaciones no gubernamentales y las muestras de condolencia se sucedieron por todo el continente. Europa suele ser pródiga y muy emotiva en sus palabras y manifestaciones de dolor. Los europeos, poco a poco, nos estamos acostumbrando a llorar, encender velas y lamentar las tragedias como si se debiesen a fuerzas que escapan por completo a nuestro control. No faltaron quienes culparon sin más a la Unión Europea y a Italia de estas muertes. La mala conciencia de nuestro continente suele prestarse a estas trampas. Sin duda, existe una responsabilidad de la Unión por eludir constantemente los problemas más profundos de la cuestión migratoria como si solo fuesen problemas de los países ribereños del Mediterráneo. Desde la valla de Melilla hasta las rutas por los Balcanes, Bruselas ha fracasado a la hora de diseñar políticas realistas. Según gravitase la opinión pública, se hablaba de reforzar las fronteras o de asistencia humanitaria. Al final, ni las fronteras han tenido la solidez necesaria, ni la ayuda humanitaria ha sido suficiente. Ahora bien, no es la primera responsable ni, desde luego, la única. No fue la Unión ni sus miembros quienes comenzaron los conflictos en el mundo islámico, ni quienes crearon y alimentaron al ISIS. No es Europa la culpable de décadas de corrupción y falta de liderazgo en el mundo árabe. No son los países europeos los responsables de todo lo que sucede en Asia y África.
La falsa mala conciencia de Europa es letal. La crisis de los refugiados del verano de 2015 mostró bien a las claras el poder de las imágenes difundidas por las redes sociales y las televisiones. ¿Cómo no conmoverse con el sufrimiento de los niños hacinados en la estación Keleti de Budapest esperando un tren que los llevase a algún lugar? Uno habría de ser un desalmado para no compadecerse por las noches a la intemperie de tantos hombres, mujeres y niños en los Balcanes en algún lugar entre Grecia y Macedonia. Las fotos de Idomeni y el sufrimiento de aquellas personas estremecería el corazón de cualquiera.
Ahora bien, hubo muchos aspectos importantes de estas crisis humanitarias que se fueron soslayando. No todos eran refugiados. Abundaban, ya desde 2013, inmigrantes económicos que dejan sus países en busca de una vida mejor. No todos huían de las guerras de Libia, Siria o Irak. Por supuesto, el sufrimiento puede tener muchos orígenes, pero no es lo mismo un inmigrante que un refugiado o un desplazado. Tampoco se consideró lo suficiente el papel de las mafias de tráfico de seres humanos ni se desplegaron los medios suficientes para combatirlas. El debate sobre la suficiencia de los medios empleados contra ellas parecía de mal gusto. Alemania se convirtió en la tierra prometida que acogía a todos. Entre el 1 de enero y el 30 de junio de 2015, el primer país de origen de los recién llegados eran Siria -país desgarrado por una guerra civil- pero los tres siguientes eran Kosovo -donde el experimento de un Estado autoproclamado independiente está dando numerosos quebraderos de cabeza a la Unión Europea- Afganistán y Albania. En quinto lugar, estaba Irak. El 15 de abril de 2015 se hundió otro barco cerca de Lampedusa. Entre 700 y 950 inmigrantes murieron ahogados. De nuevo hubo en Europa una oleada de conmoción, tristeza e indignación. Era imposible mantenerse impasible ante la tragedia.
El 5 de septiembre miles de refugiados cruzaron las fronteras de Alemania a la voz de “Merkel es nuestra madre”. Aquel día 6 de septiembre las fotografías fueron especialmente conmovedoras. Nos recordaban la bondad que nos hace humanos. Miles de alemanes recibían a los refugiados -así se los llamaba huyesen o no de un conflicto- y les ofrecían alimentos, agua, alojamiento para las primeras horas en un país que les brindaba libertad, seguridad, democracia y un futuro. Alemania encarnaba la esperanza que Occidente sigue representando para millones de seres humanos.
En septiembre de 2015, la Unión Europea impuso un sistema de reparto de refugiados que generó la oposición abierta de Hungría, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y el prudente escepticismo de casi todos los demás socios de la Unión. Budapest dio la voz de alarma por el flujo incontrolado y los riesgos que suponía para la seguridad y la cohesión de las sociedades europeas. A partir del 10 de septiembre, comenzó a reforzar su frontera, es decir, las fronteras de la Unión. En la llamada “jungla de Calais”, un campamento de personas a la espera de cruzar el Canal de la Mancha al Reino Unido, se agolpaban miles de personas. Es difícil dar cifras exactas por tratarse de una población en constante movimiento. Llegaron a ser más de seis mil a finales de 2015. En febrero de 2016, la policía francesa desmanteló la “jungla”. En ese momento, el 25% de sus habitantes procedía de Afganistán y Pakistán, el 20% de Eritrea y Etiopía, otro 20% de Sudán y un 10% de Siria. Los habitantes siguieron viviendo allí. En julio de 2016, había más de siete mil.
Los problemas de seguridad no habían tardado en presentarse. El 31 de diciembre de 2015 se registraron más de 480 denuncias por agresiones sexuales en Colonia, 400 en Hamburgo y 57 en Düsseldorf. Hubo casos parecidos en Austria, Finlandia y Suecia. Junto a las agresiones, sexuales, concurrían el hurto, el robo y las lesiones. Las denuncias señalaban a personas de “origen norteafricano o árabe”. Lo más grave, sin embargo, fue el muro de silencio que se trató de levantar en torno a ellas. Solo cuando el clamor se hizo insostenible se reveló la extensión y gravedad de lo ocurrido. La prensa alemana -Der Spiegel, por ejemplo- y medios internacionales como el New York Times fueron revelando la magnitud del problema.
Así, la corrección política y el miedo fueron silenciando debates imprescindibles sobre la cuestión migratoria: el asilo, el refugio, la asistencia humanitaria y sus límites, las políticas de los países europeos y de la Unión en relación con los países en conflicto… Los extremistas de derecha aprovecharon la ocasión para alimentar el racismo y la xenofobia. Los radicales de izquierda vieron la oportunidad de insistir en la culpabilidad y egoísmo de esa Europa pretendidamente insolidaria. Cuando más necesarias eran las voces de moderación y sensatez, más se escuchaban los gritos y las consignas. Bruselas prefirió ir poniendo parches, como el acuerdo con Turquía sobre los refugiados de Idomeni, en lugar de afrontar con valor un debate que amenaza con hacer estallar todo el proyecto de la Unión. El Brexit ha sido la última llamada de atención sobre una deriva suicida que prefiere silenciar y maquillar los problemas a formularlos para resolverlos.
Hoy Hungría vota en referéndum sobre el reparto de refugiados impuesto por la Unión Europea. La pregunta es muy dura y anticipa una victoria del “no”: ¿Quiere que la UE pueda decidir, sin el consentimiento del Parlamento, sobre el asentamiento obligatorio de ciudadanos no húngaros en Hungría?" El resultado será otro aviso de la necesidad de afrontar con valor el debate sobre la inmigración en nuestro continente.
Es absurdo seguir negando que el modelo europeo está fracasando a fuerza de radicalismos y corrección política. Europa no debe traicionarse a sí misma condescendiendo con los extremistas, pero tampoco puede soslayar la preocupación de los europeos por una inmigración sin planificación ni criterios.
Hoy Hungría dará otra voz de alarma sobre lo que está sucediendo en Europa. Quienes creemos en ella y en la esperanza de una vida mejor que ella representa para toda la humanidad, tendremos que estar atentos.