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EL 2016 ASISTIÓ A LA TRANSICIÓN DE PODERES EN VARIAS DISCIPLINAS DEPORTIVAS

El adiós olímpico de Bolt y Phelps, el saludo a las leyendas emergentes y el despido de Rusia

jueves 01 de diciembre de 2016, 19:41h

Andy Murray saltó al número uno del tenis y Kobe Bryant y Tim Duncan se retiraron del baloncesto.

Un año que acoja los Juegos Olímpicos queda marcado por dicho acontecimiento, de manera irremediable, en el parámetro deportivo. Así, Río 2016 dictó la pauta del curso. Una trama que terminaría por desnudarse como el cambio de guardia en el olimpo olímpico, con perlas que empezaron a abrillantar su resplandeciente futuro y dinosaurios eternos que brillaron por última vez en la élite, ante los extasiados ojos del planeta.

 

En este último apartado destacaron dos nombres. Usain Bolt y Michael Phelps. El primero alcanzó su tercer triplete, con la seguridad y rutilancia de siempre, a pesar de ser ya un treintañero compitiendo contra la frescura de las generaciones incipientes. Se habló con fluidez de su estado de forma, pero, toda vez quedaron superados los achaques físicos que padeció en los campeonatos nacionales, el jamaicano etéreo Bolt ejecutó el postrero triple-triple olímpico, con su familiar relamida superioridad, sonriente en medio del frenesí de la carrera. Como marca su currículo previo, de Pekín 2008 y Londres 2012, arrasó en las tres pruebas que corrió, las individuales de 100 y 200 metros y el relevo 4x100, alcanzando la histórica cima de nueve medallas que, desde este agosto, comparte con el fondista finlandés Paavo Nurmi y al velocista estadounidense Carl Lewis.

 

Usain anunció que no participará en Tokio 2020, pero todavía se espera un colofón imperial a su revolucionario recorrido en los Mundiales de Londres 2017. Similar declaración de despedida a la del caribeño enunció otro nombre de sonoridad emblemática. Michael Phelps señaló con despedida en Río un punto de inflexión en el deporte de todos los tiempos.

El nadador estadounidense rubricó las últimas muescas de un palmarés que trasciende como un hito quimérico. Con seis nuevas medallas -cinco oros-, reafirmó su respingo final que le situó como el deportista más laureado en la historia de los Juegos, con un total de veintiocho metales -23 oros, 3 platas y 2 bronces-. Tras superar baches depresivos consiguientes una participación en la edición londinense más industrial que artística y apasionada, Phelps, un ser humano matizado y consolidado por su paternidad, autografió con una sonrisa y alguna que otra lágrima el adiós soñado a la piscina. Poco importa si el imberbe singapurés Joseph Schholing le arrebató el oro en los 100 mariposa, su prueba paradigmática.

 

Tras su rehabilitación en Arizona, confiando en que el desierto apagaría los fantasmas etílicos que le alejaron de su ecosistema náutico, refrescó su voracidad competitiva hasta disparar a su personaje, el de "Tiburón de Baltimore", para disfrutar de las brazadas en sus quintos y últimos jugos olímpicos. Unos impulsos finales que fueron emocionados y exitosos, dedicados a su hijo de tres meses, Boomer, y a su esposa, Nicole Johnson. La familia acompañó y abrigó a la persona para que el inenarrable deportista volviera a embelesar al mundo. Y lo volvió a hacer.

 

Pero en la capital deportiva carioca, amén de despedidas ilustres, se confirmaron avistamientos de eclosiones que susurran una dimensión extraordinaria. Sin salir del agua, una compratiota de Phelps grita por ocupar el trono vacío. Es Katie Ledecky, que acumula ya seis preseas olímpicas con sólo 18 años. Se enfundó cuatro oros y una plata en Estadio Acuático de Río de Janeiro, rendimiento anacrónico que confirmó su versatilidad y facilidad para deshilachar récords y marcas. Pero no queda la piscina eclipsada por un monopolio. Desde el otro lado del Atlántico amanece otro meteorito femenino que no conoce contextos ni rivalidades. Se trata de la húngara Katinka Hosszu, que arrancó, con soberbia facilidad, tres oros (200 y 400 estilos y 100 espalda) y una plata. La centroeuropea concluiría su remache del sobrenombre de "Dama de hierro" con otra exhibición en la Copa del Mundo y en los Mundiales, donde regresó a casa con nueve medallas -siete doradas-.

 

Quizás, la mayor sorpresa para el aficionado fue el volcánico brillo de una portentosa gimnasta de 19 años llamada Simone Biles. La arrolladora virtuosa, que ya había anuncado su excelencia exuberante en las precedentes citas mundialistas de sus disciplinas, propulsó su nivel hasta atraer la atención del respetable, que aguardaba a su próxima salida a pista para contemplar la unicidad de su puesta en escena. Biles entró a Río silente y salió como abanderada de su nación en la ceremonia de clausura, con cuatro oros (general individual, salto, suelo y final por equipos) y una plata en barra. Un resbalón inoportuno le arrebató el pleno, pero no le hurtó el galardón de viajar a su Ohio natal con el honor de ser la gimnasta, en la historia de Estados Unidos, con mas oros en unos únicos Juegos Olímpicos, amén de haber alcanzado con anterioridad el reconocimiento como la primera atleta afroamericana en triunfar en un Mundial en la disciplina general individual. Simone salió del evento más importante de su breve trayectoria como la estrella que es. Sin debate y ante el asombro de casi todos, se consagró la mejor gimnasta del panorama internacional.

 

Antes de abandonar la jurisdicción olímpica o de bordearla con el caso ruso, cabe destacar que el atletismo asitió a tres récords mundiales y dos dobletes de categoría, uno en velocidad, a cargo de la jamaicana Elaine Thompson (100-200), y otro en el fondo, obra de Mo Farah (5.000-10.000). El primer crono destrozado arribó en el día inicial. La etíope Almaz Ayana se alzó con el oro en 5.000 gracias a una marca inaudita de 29:17.45; el segundo, y más meláncólico, fue protagonizado por el sudafricano Wayde van Niekerk, en la final de 400. El corredor marcó 43.03 para destronar el registro ancestral obra de Michael Johnson en los Mundiales de Sevilla (1999); y el tercer récord aconteció en la jaula de martillo, con la polaca Anita Wlodarczyk lanzando el artefacto a 82,29 metros. Asimismo, la norteamericana Allyson Felix inscribió su nombre en el recuerdo al convertirse en la primera atleta que gana seis oros olímpicos. En Río sumó un par a su colección, en los relevos 4x100 y 4x400. La gran demostración de Eliud Kipchoge en el maratón zanjó la batalla en las pistas con un oro que le devolvió el sabor a la gloria, olvidado tras tumbar al marroquí Hicham El Guerruj y al etíope Kekenisa Bekele en la final del 5.000 en 2003, cuando disfrutaba de 18 años.

 

En las fronteras de la cita olímpica, de hecho en su víspera, se detonó la noticia protagónica de la temporada deportiva. En Río 2016 no estuvo Rusia como país, castigada por la IAAF por connivencia con el dopaje, y su única atleta, Daria Klishina, obtuvo un deslucido noveno puesto en la final de longitud. en vísperas de un acontecimiento como los Juegos Olímpicos, el mundo entero se conmocionó al saber que Rusia practicó durante años dopaje sistemático. Tal resultado pilló en medio de la investigación a la Agencia Mundial Antidopaje, que abrió el caso por las alertas enviadas por un empleado del centro antidopaje de Moscú.

 

El profesor universitario canadiense Richard McLaren fue el encargado de tomar las riendas de unas pesquisas que desnudarían conclusiones tenebrosas. La primera parte de su investigación se publicó antes de Río. La Federación Internacional de Atletismo (IAAF) prohibió a Rusia participar en los Juegos, en consecuencia y a pesar de las lágrimas de la legendaria Yelena Isinbáyeva que, incapacitada para participar en el evento, anunciaría su retirada. Pero el caso aún sigue abierto y la segunda parte del informe cifró en más de mil los deportistas rusos implicados. Además de los frascos que entraban y salían de los laboratorios de Sochi y Moscú por huecos en sus paredes, las prácticas denunciadas hablan de manipulación de muestras con sal y café y de presencia de ADN masculina en controles de orina femenina. Todo un aparataje que hace sollozar al espíritu deportivo.

 

Sin embargo, ampliando el foco del calendario y sacándolo de los márgenes olímpicos, dicha alma sana y rebosante de valores humanos y positivos yace protegida por la mencionada dualidad entre las despedidas ilustres y el lógico traspaso de poderes. En este pentagrama sobresale el baloncesto. La NBA ha contemplado cómo en 2016 se despedían tres tótems de las últimas dos décadas e, incluso (esto es una apreciación perteneciente al criterio de cada cual), de su historia. Kobe Bryant, Tim Duncan y Kevin Garnett abandonaron las canchas. Tres de los jugadores más exitosos, valorados y emblemáticos del energético cambio de siglo en el baloncesto estadounidense cerraron sus gloriosas carrpetas estadísticas entre honores y reconocimiento. Todo ello al tiempo que los frescos Golden State Warriors arrebataban el patronazgo a los Bulls del 96, alcanzando un balance inabarcable de 73 victorias en temporada regular. Incluso el anillo logrado por Lebron James suena a novedad, a aire que sopla desde un ángulo distinto. 'El Rey' James deshizo el small ball de los de San Francisco con una actuación de proyección hiperbólica que acunó el primer triunfo en la liga de los Cleveland Cavaliers. El regreso exitoso del hijo pródigo arrepentido de Ohio concluyó su epopeya.

 

Desde el tenis y la Fórmula Uno también soplan ventiscas de cambio. En el deporte de la raqueta se rompió el oligopolio Federer-Nadal-Djokovic-Serena Williams y Andy Murray y Angelique Kerber, rozando la treintena, consiguieron dominar, al fin, en sus respectivos circuitos. El escocés neutralizó el magnetismo previo del serbio para imponerse en Roma, Queen's, Wimbledon, medalla de oro en los JJ.OO. de Río, Pekín, Shanghai, Viena, París-Bercy y la Copa Masters. La alemana, por su parte, ganó en el Abierto de Australia, Stuttgart y el Abierto de EEUU, disputando, también, las finales de Brisbane, Wimbledon, JJ.OO., Cincinnati, y el Masters final. El cataclismo que supone ver a la Williams fuera del número uno de la WTA sobrevino en una temporada de alternativas. No obstante, el reparto de triunfos en los torneos ha resultado muy equilibrado, con hasta siete jugadoras llevándose los más importantes: la bielorrusa Victoria Azarenka (Indian Wells y Miami), Simona Halep (Madrid y Toronto), Agnieszka Radwanska (Pekín), Sara Errani (Dubai), Karolina Pliskova (Cincinnati), Petra Kvitova (Wuhan), Caroline Wozniacki (Tokio) y Dominika Cibulkova (Masters). Pero, como una metáfora que muestra el continuo renacer del tenis, Juan Martín del Porto resonó como uno de los jugadores protagonistas del año. El argentino, que en febrero ocupaba el puesto 1045 y que ha acabado el 38 de la ATP, fue pieza clave de la conquista argentina de su primer título de la Copa Davis. Su raza y tenacidaz condujeron al de Tandil a arrodillar a Djokovic en Río para sellar una medalla de plata que le supo a gloria al veterano guerrero argentino.

 

Nico Rosberg de 31 años, abandonó su sombra de segundón para alzarse con el título de Fórmula Uno, a pesar de la batalla intestina con su compañero Lewis Hamilton, que proporcionó momentos deliciosos de estrategia, ya mitificados, como el que implementó el británico en la última carrera, en la que se decidió el título, ralentizando el ritmo de la misma hasta el ridículo. Williams volvió a dominar, sucediendo el marasmo creado por Red Bull, en una disciplina que navega entre la pérdida de competitividad e interés y la apertura del abanico de los aspirantes reales por la vía regulativa. Lo más curioso y chocante de todo este circo tecnológico y automovilístico es que, cuando los incendios ern cenizas y el entorchado mundial regresaba a Alemania, el campeón decidió retirarse. Cinco días después de haber resistido a la presión de su pasado y de su enemigo íntimo, Rosberg anunció su abandono desde la cima, explosionando la parrilla, pues ese escaño ganador y vacante es un postre demasiado apetitoso para demasiados depredadores.

 

Lo que permanece casi inalterable es el ciclismo. La rivalidad de época que mantienen Froome y Quintana (ganador el primero del Tour, con una inolvidable carrera a pie por el Mont Ventoux, y el segundo de la Vuelta) desde 2013 volvió a reproducirse en favor del británico, que se hizo con su tercer maillor amarillo. El Giro perteneció a un Nibali en declive y ajeno a la apoteósica guerra que mantienen las dos estructuras predominantes de este deporte: el Sky y el Movistar. La única esperanza de revolución está relacionada con un todoterreno eslovaco y llamado Peter Sagan. El mejor ciclista del año, número uno de la lista de la UCI con 26 años, arrasó con su doblete en el Mundial de Catar y acumulando los triunfos en las clásicas Gante Wevelgem y Tour de Flandes, tres etapas en el Tour y el maillot verde, de la regularidad, por quinta vez. Sin duda, su trascendencia le señala como el gran atractivo de un deporte que sigue luchando por sobrevivir a la rentabilidad.

 

La última gran despedida relativa al deporte internacional es la ejecutada por un hall of famer seguro del Fútbol Americano. Peyton Manning, uno de los mejores quarterbacks de todos los tiempos, colgó el casco con el triunfo en la Superbowl. La imperecedera defensa de sus Denver Broncos le entregó el anilló postrero que había perseguido con fruición, arriesgando su cuello y engordando el bagaje estadístico, y desinfló la ilusión generada por uno de sus presumibles herederos, Cam Newton, MVP de la temporada como jefe de la manada de unos Carolina Panthers que rozaron la sorpresa y la gloria en la vibrante NFL.

Por úlimo, los obituarios del 2016 se despidieron con la marcha de grandes figuras que dejaron un vacío tremendo en el mundo del deporte, que se quedó huérfano con la muerte de dos mitos, el futbolista holandés Johan Cruyff y el boxeador estadounidense Muhammad Alí, dos figuras que traspasaron las frontera del terreno deportivo. Fueron los nombres más relevantes de una larga lista en la que también destacaron el dirigente Joao Havelange, el boxeador Perico Fernández, los futbolistas Manuel Velázquez, Rafael Iriondo, José Parra, Cesare Maldini y Carlos Alberto.

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