La estrella jamaicana se ve desprovisto de su récord de oros olímpicos, compartido con Carl Lewis y Paavo Nurmi.
Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro pasaron a la historia como el testimonio fehaciente del cambio de guardia que vive el deporte mundial. En dicho traspaso de poderes, espectacular y pomposo, el planeta despidió de los focos más elitistas a dos leyendas atemporales, que innovaron hasta la revolución sus disciplinas. El primero Michael Phelps, anunció que abandonaría su participación en eventos de cualquier tipo tras recoger el último oro de su hiperbólica cosecha; el segundo, Usain Bolt, aclaró que aplazaría su adiós definitivo en el mundiald e atletismo próximo, pero, en cualquier caso, sus últimas carreras olímpicas se vieron en Brasil. Ambos se despidieron en el epílogo de sus versiones gloriosas y bañados en dorado.
Sin embargo, ahora que han pasado cuatro meses de aquel paroxismo compartido por los aficionados de cualquier latitud, la sombra tenebrosa del dopaje enturbia la respalndeciente imagen de uno de ellos. Y lo hace de la forma más inesperada y rocambolesca. Resulta que un compañero de Bolt que alcanzó el oro en el relevo 4x100 de los Juegos de Pekín (2008) ha dado positivo por sustancias prohibidas y ha sido descalificado. Casi una década después. Así, la decisión del Comité Olímpico Internacional, que afecta al infractor en cuestión, Nesta Carter, también ha contaminado a la estrella caribeña por excelencia. El artista de la velocidad.
El compañero coyuntural de Usain en la cita asiática, de 31 años, participó en aquella final que significó un oro y récord mundial -37.10-, de la mano de Michael Frater y y Asafa Powell. El positivo publicado este mes por methylhexaneamina conlleva la retirada de la medalla, la insignia y el diploma olímpicos. Para todo el equipo. De este modo, el COI, que también ha anunciado la descalificación de la rusa Tatiana Lebedeba en el marco del reanálisis de las muestras tomadas en 2008 y 2012, asesta una puñalada poco valadí al pedigree de Bolt. No obstante, el velocista icónico de esta y cualquier otra era alcanzó este verano la cima del atletismo, pues sumó su noveno oro olímpico -el 19 de agosto, autografiando el triplete dorado triple-triple de la velocidad 100-200-4x100- y ascendió al podio histórico conformado por Carl Lewis y Paavo Nurmi.
El COI, además, ha querido dirigir la responsabilidad hacia la Asociación Olímpica Jamaicana, diana de sus sospechas por el irreverente currículo de éxitos que sus representantes han alcanzado en atletismo en los lustros precedentes y ha instado al organismo a cumplir "lo más pronto posible" con la obligación marcada por la sanción y los epígrafes que el comité ha reforzado en torno a la prevención y control de las prácticas dopantes.
Aún así, esta muesca no enfanga nada. No cabe lunar ni arista en el huracán ilusionante que generaba Bolt en cada salida a pista. En cada sonrisa socarrona mientras cruzaba la meta, estilizado, ante los últimos estertores y escorzos de sus esforzados segundones. Usain ha preponderado la sonrisa como su principal herramienta de atracción. Su talento geunino completaban una pintura de abstracción onírica que permanecerá, imperturbable, en la retina del aficionado. Resulta complicado cómo puede el COI meter mano en la mística que ha envuelto cada exhibición de este atleta ajeno a la morfología y la lógica cinética. Podrá limar su currículo, que ahora se "limita" a ocho oros -tres en 100 metros lisos, tres en 200 metros lisos y dos en los relevois del 4x100-, pero nada conseguirá manejar en lo relativo a la percepción de irrealidad que ha inscrito en cada zancada. En cada mala salida transmutada en arte.