www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

El Teatro en El Imparcial. Los Gondra, de Borja Ortiz de Gondra: la Casa alzada contra sí misma

viernes 17 de febrero de 2017, 09:09h
El dramaturgo vizcaíno nos brinda una pieza magistral y sobrecogedora que nos retrotrae a Esquilo y los propios orígenes del teatro. “Los Gondra” está llamada a convertirse en una obra clásica de nuestra escena.

Los Gondra (una historia vasca), de Borja Ortiz de Gondra

Director de escena: Josep Maria Mestres

Escenografía: Clara Notari

Intérpretes: Marcial Álvarez, Sonsoles Benedicto, María Hervás, Iker Lastra, Borja Ortiz de Gondra, Francisco Ortiz, Juan Pastor Millet, Pepa Pedroche, Victoria Salvador, Cecilia Solaguren y José Tomé

Lugar de representación: Teatro Valle-Inclán (Madrid) y gira por España

Se dice en las esferas políticas que tras el “alto el fuego” -que no disolución- de la banda terrorista ETA, nos hallamos en un periodo denominado postconflicto. Las organizaciones políticas ideológicamente afines a los pistoleros actúan democráticamente en las instituciones y tratan de dar una versión justificadora de la violencia padecida. Otros muchos, de perfil, procuran ser de manera calculada equidistantes. Y gran parte de las víctimas se sienten moralmente agraviadas, cuando los crímenes siguen en gran medida sin resolverse y cuando los homicidas continúan sin colaborar, sin mostrar ni arrepentimiento ni solicitud de perdón, quizás amparados en un orgullo cainita, la autojustificación ideológica, y, peor aún, la indiferencia ante los propios delitos avalada por las rutinas de la organización.

En este rompecabezas del postconflicto, el ámbito de la política se muestra impotente para articular un relato de la violencia sufrida. Y menos aún un relato de la victoria de la democracia sobre el salvajismo y la inhumanidad. Por ello cobran un formidable relieve, los extraordinarios relatos que las obras de ficción han comenzado a producir, a una gran altura literaria, con hondura moral, sin partidismos sesgados a favor de intereses a corto plazo. En novela, sin duda Patria, de Fernado Aramburu. Y a su vez, en teatro, esta magnífica y estremecedora tragedia de Borja Ortiz de Gondra: Los Gondra, recién estrenada. No son pocos los dramas sobre el terrorismo etarra, pero son muchísimos menos los que lo afrontan en esta etapa actual donde ha dejado de dispararse el plomo asesino, pero las espadas ideológicas siguen en alto. Entre esos pocos, Burundanga, de Jordi Galcerán, lo trata desde una óptica peligrosamente cómica. La mirada del otro, de María San Miguel y Ruth Cabeza, inspirada en la “vía Nanclares”, donde algunos reclusos terroristas pedían el perdón personalmente a sus víctimas, obra dura por su contenido, próximo al teatro documento, tan bienintencionada e informada en los detalles, como de limitados planteamientos y alcance. Nada que ver con Los Gondra. La tragedia que ahora nos ofrece Borja Ortiz de Gondra significa un salto cualitativo, entrar en un registro de una dimensión mayor y más profunda, donde el odio civil que precede al homicidio, para propalar más odio de un modo todavía más intenso, se explora de forma amplia con un bisturí inteligente y sobrecogido para construir a partir de él una pieza inolvidable. Aquí sí están los auténticos sustentos de un relato veraz, más allá de lo anecdótico, de lo sucedido en tierra vasca.

Llama, primero, la atención el título: Los Gondra. El mismo apellido que el de su autor: Ortiz de Gondra. Y es que el dramaturgo vasco ha recurrido a una fórmula en boga en la novela actual: la autoficción. Es decir, hacer una ficción autobiográfica, en la que el lector no acaba por discernir qué es verdadera biografía y qué es pura fantasía disfrazada bajo la aparente, pero falsa, confesión autobiográfica. Pero en Los Gondra hay destacadas diferencias frente al reciente uso de la autoficción en novelistas como Rafael Chirbes, Enrique Vila-Matas, Luis Landero, Antonio Muñoz Molina o Javier Marías. Aquí, la autoficción de Borja Ortiz de Gondra posee otro sentido: al comienzo de la obra se muestra a sí mismo, nos habla directamente rompiendo la cuarta pared, se expone -en todas las acepciones de la palabra-, para referirnos el origen de esta historia y su conexión con su propia familia. Si lleva a cabo esta maniobra es por motivos muy alejados al exhibicionismo. Subyace una técnica de alejamiento aplicada más al propio dramaturgo que al público. Tomar esa distancia es lo que le hace posible quebrar el bloqueo anímico ante su sentido de culpa por lo acontecido, también poner bajo control el sufrimiento experimentado, de modo que su obra no sea una revancha, a pesar de la implacable denuncia que realiza. Por último, esa retirada a una latitud meditativa resulta el mejor antídoto contra la indiferencia, una tentación sin duda muy sugestiva para anestesiar cualquier angustia.

El director de la pieza, Josep Maria Mestres, solicitó, con indudable acierto, que fuera el propio autor -y no un actor que le encarne- quien nos hable en primera persona. Una primera persona demoledora desde el momento en que se refiere precisamente al delito de la indiferencia. Nos cuenta Ortiz de Gondra cómo, siendo adolescente, al volver a su casa en un pueblo de Vizcaya, una mujer le dice que no vaya por cierto callejón, porque allí mismo “han matado a uno”. Lo esquiva, pues, va al frontón, gana, celebra en su casa su cumpleaños, la rutina del día a día no se altera ni un milímetro. Ese rehuir el hecho, ese silencio, esa neutralidad lo convierte, sin advertirlo, en culpable. Porque, nos explica: “Nuestro silencio también mató, yo también fui un asesino”.

Declaración terrible que apenas levanta un ligero velo ante el horror cualquier homicidio en el mundo real. ¿Mató, fue culpable, se convirtió en asesino? Parece exagerado. No lo fue en términos legales, tampoco en una dimensión política. Pero el terror logra esa nauseabunda perversión, con arreglo a la cual el simple instinto de supervivencia enloda de culpa al más inocente. Fenómeno a través del que el terrorismo envilece de forma inexorable a toda una sociedad, por mucho que trate de librarse del crimen de los otros.

La autoficción -ese coloquial “dar la cara”-, tiene así otra dimensión en esta obra: es una estratagema para la expiación, y trasforma a la persona del autor en un moderno coro trágico, donde su compasión, su melancólica lucidez, sus verdades relampagueantes, tan poco enfáticas pero tan reveladoras siempre, así como su dedo que va señalando y señalándose, poseen el cariz de una penitencia ética tan lúcida como sobrecogedora. Un coro trágico coloquial, nada ampuloso o enfático, pero sí sentencioso y efectivo, palabra tras palabra, dicha cada una de ellas con el tono de una confesión íntima y veraz.

Los Gondra encierra una sutil complejidad constructiva, que pasa casi inadvertida para los espectadores, quienes pueden seguir sin obstáculos herméticos la línea de acción y se ven atrapados de inmediato por el absorbente engranaje de pasiones en juego. El dramaturgo vizcaíno comienza cada escena con un festejo familiar, una boda, un reencuentro de un miembro de la familia que retorna al Caserio, o Basserri. Celebración que origina alegría, fraternidad, distintas formas de euforia en el clan. Los cantos populares, y más aún, las deliciosas danzas folclóricas orquestadas por Jon Maya Sein, que comunican un entusiasta goce de vivir. Pero la evolución del festejo, el efecto de las bebidas alcohólicas y las conversaciones particulares, degradan el encuentro, que va adquiriendo tintes de pesadilla, de sueño espectral, hasta desembocar en un aquelarre. El motivo no es otro que la revelación a media luz de la violencia presente y pasada que se esconde como hojas afiladas de ocultos puñales homicidas movidos con fiereza entre los miembros de la familia.

La historia familiar -simbolizada por los secretos encerrados en un armario, cuya llave pasa de generación en generación a manos del jefe de la estirpe-, posee en su versión oficial una tonalidad bondadosa, acorde con la fraternidad del inicio del festejo. Después afloran los odios, las violencias, las venganzas, el afán de poder y sometimiento, los abrazos y los ostracismos de una dureza emocional análoga al más despiadado exilio. No es que la historia oficial del clan oculte los hechos reales, sino que estos, aun conocidos por todos, se formulan en aterrorizados susurros, en soliloquios angustiados, en entrecortados improperios que solo dejan en el aire un fragmento rasgado de la escondida historia completa. La vigilancia de unos a otros, las pistolas con huellas dactilares utilizadas en homicidios, las cartas de extorsión, la desesperación de elegir entre la bancarrota o el tiro en la nuca de un miembro de la familia, la exclusión del clan por cualquier causa fanática -la ortodoxia de los apellidos o la ortodoxia sexual-, perfilan ese cainismo que envenena la vida en un lugar bello y próspero donde la existencia debería ser infinitamente más feliz.

La edulcorada memoria histórica oficial de la familia, se va revelando, paso a paso, como una repugnante patraña para tapar los verdaderos crímenes, que no se borran sino que enmudecen bajo un yugo de miedo. La identidad de la vida colectiva vasca, su lengua, sus poemas, sus músicas y canciones, sus costumbres, se muestran con toda su belleza. Como espectador, no veo en esas señas de identidad nada dañino. Más bien parece deducirse que los estragos comienzan a producirse cuando la identidad se emplea como una herramienta para sojuzgar al otro, hasta llegar a utilizarla como si fuera la quijada de un burro, una simple excusa para acometer el deseado asesinato, anestesiando cualquier sentido de culpa en el criminal y sustituyéndolo por un secreto orgullo o simple indiferencia. En esta indagación de las víctimas y verdugos en el seno del mismo clan, Los Gondra resulta tan estremecedor como clarividente.

El drama estuvo pensado inicialmente como una trilogía, según declaraciones del autor, reformulada ahora en un solo texto. No podemos conjeturar el resultado hipotético de la tríada, pero sí se intuye el gran beneficio de esa refundición para esta obra. Porque de este modo, la pieza no se circunscribe al 2015, desde el que Borja Ortiz de Gondra nos habla, o a las durísimas fechas de plomo en torno a 1985. La pieza, por el contrario, se retrotrae a otras épocas emblemáticas, a 1940 tras concluir la Guerra Civil, o a 1898, cuando el patriarca de la familia debe repatriarse después de haberse refugiado en Cuba. La tragedia adquiere de este modo otra dimensión temporal. Se asemeja a una saga familiar, pero no es realmente, en un sentido estricto, una saga familiar, porque va avanzando hacia atrás, hacia los orígenes, contraviniendo el orden habitual de una saga que progresa desde lo más remoto hasta lo más próximo.

Este avanzar hacia lo pretérito proporciona a la historia una particular virtud. Planteado así, los sucesos no pueden justificarse mecánicamente, recurriendo como excusa a lo que ocurrió anteriormente. Ardid esgrimido con frecuencia por algunos políticos. Por ejemplo: los vascos lucharon con el carlismo para defender sus fueros, las derrotas pusieron en peligro su identidad y por ello se alzaron contra el ejército franquista, de manera que la opresión de la dictadura es coartada para la aparición del terrorismo etarra. Esta cadena de simplistas justificaciones maquinales, no solo absuelven al crimen sino que al mismo tiempo suministra explicaciones reduccionistas, amañadas y en última instancia fraudulentas. Caminando hacia atrás, por el contrario, la cadena de pretextos y descargos de conciencia impostores se desvanece. Solo vemos el eterno retorno del ansia de dominio sobre el otro, la voluntad de sojuzgamiento, las traiciones y las venganzas perpetuamente reiteradas como en una alucinación, la indiferencia ante el espantoso dolor provocado en el linaje, el orgullo satánico de no pedir jamás perdón ni hacer autocrítica. También el reiterado odio impulsando el afán por el sangriento ajuste de cuentas. Esa marcha atrás sobre errores repetidos sin tregua, desenmascara asimismo la falsa convicción según la cual el enemigo causante de la desgracia está fuera. No, este fácil chivo expiatorio está tajantemente suprimido en Los Gondra. El enemigo se halla dentro del clan, está en sus vínculos, habita entre los muros del Caserio, se alza desde sí mismo contra sí mismo, con culpas repartidas en distintos grados.

En ese desfile en retroceso, el director Josep Maria Mestres logra evocar distintos ambientes, épocas, periodos históricos con los recursos más mínimos y a la vez efectivos. Las proyecciones y videoescenas de Álvaro Luna les otorga contundentes subrayados en los instantes oportunos. Un gran elenco, agitado con un movimiento escénico de precisión geométrica por Mestres, da vida a más de treinta y cinco personajes, sucesivamente encarnados, en un gran carnaval escénico por la fuerza emocional de Marcial Álvarez, por una extraordinaria Sonsoles Benedicto, la versatilidad de Pepa Pedroche, los sorprendentes registros de María Hervás, la sabiduría de Juan Pastor, las vivencias orgánicas de Iker Lastra y Francisco Ortiz… A todos los personajes que van representando, el director Josep Maria Mestres los ha situado en un espacio simbólico: un frontón vasco. Es la gran metáfora escénica donde se desenvuelven todos ellos. Los tiempos cambian, los hechos históricos aparecen y se desvanecen, pero el frontón continúa ahí, perenne. Símbolo de la rivalidad y del combate. La bola que se lanza en la cancha contra el muro se vuelve alegoría de cada vida ovillada sobre sí misma que se proyecta sin misericordia contra el paredón, para que se machaque, rebote y vuelva a ser triturada en el siguiente embate en un sufrimiento sin aparente final. Este metafórico frontón es el gran mortero donde se brean sin piedad tan diversas vidas.

Borja Ortiz de Gondra no pretende hacer una reconstrucción naturalista. Advierte que el teatro no puede absorber todo el horror del mundo. Tampoco tiene el don de decirlo todo. Muchas cosas son deducciones imaginarias. Ese carácter de sombra de la verdad está remarcado cuando nos presenta a sus criaturas como espectros. Sin embargo, la llegada de un espectro -mucho han escrito sobre esto los conocedores de nuestra mente-, es un síntoma del retorno de la culpa tras el crimen, por lejano que este quede, que no da tregua y ofrece su fisonomía fantasmal. Inolvidable, en este sentido, la formidable escena final del espectro de un remoto asesinado escupiendo su odio contra su asesino vivo, que se defiende a sí mismo mediante la indiferencia ante su crimen. Llegados a este punto, estamos seguros de encontrarnos ante un drama que quedará como una pieza clásica de nuestro teatro.

No es de extrañar, ya que el propio autor, tal como apuntaba en un reciente artículo sobre el tema de su obra, se remitía a los orígenes de lo más clásico entre lo clásico: Esquilo y su Orestiada, rescatando aquella exclamación del coro: “¡Que la civil discordia / de males insaciable, / nunca llegue a surgir en esta tierra! Estas son mis plegarias. Y que el polvo abrevado con la negra sangre de ciudadanos / no busque, en su ira por vengar la muerte, / represalias que causan / la ruina de las ciudades!” No es, en efecto, Los Gondra una obra de combate que trate de alimentar la represalia, la ira de los inocentes heridos. Más bien procura aportar ese remedio intrínseco a lo trágico: el de contribuir a la curación mediante la catarsis. No es equidistancia, el relato de los culpables está perfectamente dibujado, pero al mismo tiempo le acompaña una íntima compasión por el horrible dolor experimentado generación tras generación, lo que da a las inflexiones de la voz de Borja Ortiz de Gondra un emocionante timbre elegíaco.

Se nos señala que estamos ante “una historia vasca”. Así se subtitula esta obra. Pero sería beneficioso poder ver a través de ella, más allá de singularidades vascas accidentales, cómo nos hallamos, en realidad, ante una versión vasca de la lucha fratricida entre “las dos Españas”. Estaríamos ante la modalidad vasca de la tragedia española en los últimos siglos. Este relato no politizado de la agonía etarra, es también un aviso y una llamada a una purificación del conjunto de la vida española, bajo la advertencia del evangelio de San Marcos, donde se nos recuerda: “Y si una casa está dividida contra sí misma no podrá subsistir”.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (14)    No(0)

+

0 comentarios