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CRÍTICA DE ÓPERA

La ciudad de las mentiras: o la gran evasión

miércoles 22 de febrero de 2017, 11:08h
Actualizado el: 22 de febrero de 2017, 11:15h

La obra de la compositora Elena Mendoza basada en cuentos de Juan Carlos Onetti y que le fue encargada por Gerard Mortier, provoca deserciones en el Teatro Real durante la segunda de las cinco funciones programadas hasta el 26 de febrero.

Si la velada del estreno de esta nueva producción del coliseo madrileño, el pasado lunes 20 de febrero, se saldaba con una tibia acogida por parte del respetable, la segunda de las funciones ha estado protagonizada este martes por un continuo goteo de espectadores que abandonaban sus localidades en mitad de la oscuridad: la hora y media sin entreacto de La ciudad de las mentiras se antojaba demasiado larga. Y, claro, sin entreacto, no queda otra que aventurarse a llegar a la salida sin demasiados contratiempos, procurando molestar lo menos posible al resto de ocupantes de la fila. Por eso, la espantada había comenzado en palcos y plateas, lugares bastante más discretos para movimientos a deshora, hasta que fue extendiéndose y acabó por contagiar al patio de butacas cuando la obra estaba a punto de alcanzar su ecuador. Mientras, en el escenario, seguían desgranándose las historias de cuatro mujeres, basadas en otros tantos relatos de Juan Carlos Onetti elegidos por Elena Mendoza y su colaborador, el director de escena Matthias Rebstock, para construir la obra – la propia compositora se desmarca de llamarla ópera y la titula “teatro musical en quince escenas” - encargada por Gerard Mortier y que no pudo estrenarse en la fecha prevista, temporada 2015, por problemas de carácter económico.

La obra se desarrolla en un ambiente de locura colectiva, en el que cuatro mujeres rechazan la realidad hostil y claustrofóbica refugiándose en un mundo paralelo, alejado del vecindario de Santa María, cuya vida gravita en torno a una encrucijada de calles sin salida y de la que sólo es posible escapar a través de la “mentira” como metáfora de todas las formas de gran evasión, incluyendo el arte. Así, la primera mujer - la soprano Laia Falcón -, cuya historia tiene la misión de vertebrar todas las demás, intenta evadirse precisamente a través del teatro contratando al director de escena Langman, interpretado por el barítono Guillermo Anzorena, para que haga posible la representación del sueño (realizado) que ella tuvo un día. Mientras Lagman pone en marcha el proyecto, asistimos a las historias de las otras tres protagonistas. La de Gracia, a quien da vida la soprano Katia Guedes, que deambula por la ciudad vestida de novia cada noche de luna llena recordando a su difunto novio, la de Carmen, rol que hace suyo la acordeonista Anne Landa, y la de Moncha, interpretada por la violista Anna Spina, quien llega un buen día a Santa María cargada con una maleta de cuentos que deja abandonada en el hotel junto a la factura impagada, dando lugar a más chismorreos en el bar que ocupa buena parte de la estática escenografía creada por Bettina Meyer.

Santa María, la ciudad de ficción imaginada por Onetti y en la que situó muchos de sus relatos, es por supuesto la ciudad de las mentiras. Una mentira que todo lo abarca y podría hacer las veces de eje de coherencia para seguir el núcleo de la trama – el desasosiego existencial -, aunque, por desgracia, desde el principio, la desconexión vaya ganando terreno y acabe por mandar sin paliativos en la obra. De tal forma, además, que la sensación es que la obra se queda en la superficie, incapaz de profundizar en tan trascendental tema y que la acción ni avanza ni retrocede: da vueltas alrededor de sí misma en un extraño bucle que bebe de una vanguardia extremadamente rococó, insistiendo en un absurdo que para quienes acortaron la velada en teatro de la Plaza de Oriente era más bien un luminoso de neón apuntando a la salida. “Estoy seguro de que todo tiene un sentido”, repetía uno de los personajes, pero para buena parte del público – la que no se daba por vencida – resultaba harto difícil encontrarlo. El cisma entre lo que parecía que quería contarse sobre las tablas y lo que lograba llegarle al respetable, se convertía a cada paso en abismo. Un talud difícil de salvar que finalmente se tradujo en más abucheos que aplausos – también los hubo y se escucharon -, salvo para el responsable musical de la producción, Titus Engel, que también dirigió en 2012 el estreno mundial de La página en blanco de Pilar Jurado, el más unánimemente premiado.

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