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AL PASO

Conversación en el Londres

Juan José Solozábal
martes 21 de marzo de 2017, 20:04h

El ilustre historiador con el que quedado citado se ha demorado un poco, pero me entretengo, aquí sobre la calle, en la terraza del Londres viendo a la gente. El paseo de la Concha es casi como la calle mayor de la ciudad (Kale nagusia). Si te fijas con atención siempre acaba apareciendo alguien reconocible, aunque notas que, así que pasan los años, los rostros se van uniformizando y te cuesta algo más identificar al compañero de colegio, o de la promoción de la facultad. Tú también pasas más fácilmente desapercibido, camuflado además con la indumentaria informal, que te atreves a llevar.

Cuando llegas desde la Avenida, la fachada lateral del hotel, en la esquina entre el Paseo y la calle Easo, puede parecerte la quilla de un buque varado en la bahía. No sueles frecuentar el establecimiento, también por si no eres capaz de resistir la tentación, asomado a uno de sus balcones frente a la imponente visión, de no abandonarlo durante los días de tu estadía en la ciudad. Aunque el María Cristina le aventaje en glamour y seguramente en comodidades, el Londres donostiarra está, también por su localización más céntrica, más arraigado en la ciudad. Cuando con la Revolución de Septiembre en 1868 Isabel II fue derrocada, partió al exilio desde este hotel. Como se sabe las instituciones guipuzcoanas tuvieron con ella la deferencia de sumarse al pronunciamiento solo cuando la Reina había abandonado la ciudad.

Es un placer hablar con mi convocado, que es un historiador ameno y atento. Luis Castells trae noticia de los colegas del campus, que aprecio mucho: se trata de una nómina relevante que ha contribuido decisivamente a establecer un relato fiel y competente de la historia vasca reciente. Conmigo tiene algún detalle que, más allá de su deferencia como gesto, agradezco por su pertinencia. Primero se refiere al día de presentación en 1976 del Primer Nacionalismo Vasco en el cine Actualidades absolutamente atiborrado, a cargo, sorpresivamente para mí, de la plana del PNV, con Xavier Arzallus y Koldo Michelena, a la cabeza. Luis Castells recuerda como saltó como movido por un resorte el ilustre lingüista, cuando alguien del público, precisamente el editor del libro, sugirió una base social determinada como soporte de la ideología nacionalista. Andrés de Blas que ya sabía mucho de nacionalismo, debió de aludir a los lazos burgueses de esa forma de pensar. Lo que Luis desconoce es que tras el incidente de la presentación nos fuimos a cenar, creo recordar que al vecino Orly, como si tal cosa los concernidos. Yo conocía a don Koldo Mitxelena porque me había dado clase de prehistoria en el primer año de la licenciatura de letras que pensé cursar en el EUTG. Era un sabio incontinente en el relato y en el fumar a través de una boquilla que no abandonaba nunca. Durante la preparación de la tesis estudié su breve historia de la Literatura Vasca, que es un manual, a la vez, preciso y precioso, que apareció en la modélica colección de Minotauro en Madrid, dedicada a temas del País.

En segundo lugar, Luis Castells reflexiona un poco sobre la contribución de nuestra generación, en la que tiene el detalle de incluirme en el friso de cabecera, en la creación de una conciencia liberal vasca moderna, una especie de vasquismo opuesto, pero no necesariamente contrario, al nacionalismo predominante. Cuando, en concreto, se refiere a mi Primer Nacionalismo, destaca más allá del relieve, con nueva luz, del último Sabino Arana en su evolución españolista, sobre todo el estudio de la literatura fuerista que se lleva a cabo en el libro, que debe entenderse como una prevención frente a la apropiación indebida por nacionalismo de la ideología nacional del fuerismo. No hay Nación vasca sin España. Hablemos del monarca del antiguo régimen o del Estado tras la revolución liberal.

Por lo demás pasaremos el tiempo hablando de la generación fuerista de los cincuenta o sesenta (Azaola, Arteche, Caro, Michelena) y de sus franjas, menos conocidas, pero igual de importantes (Santamaría, Arocena, Tellechea, Recalde). Luis, que como Fernando Savater, es hijo de notario, lo que le daba entrada al conocimiento de la élite intelectual de la ciudad, era amigo de don Fausto Arocena, y de sus vástagos, un reconocido pintor, y otro historiador, con una obra de medievalista escueta pero excelente y al que el instituto de enseñanza media de Bermeo donde profesó ha dado su nombre. Lo que me dice Luis es que profesionalmente Arocena precedía a don José de Arteche. Arteche trabajaba en la biblioteca de la Diputación a la vista del público, al que por cierto también llegaba su vozarrón, que a veces nos distraía mientras estudiábamos el Civil. Don Fausto en cambio tenía despacho propio y amplio en el Palacio provincial.

Luis, que conoce mi interés en el reconocimiento de la obra de don José Miguel de Azaola, promete que me enviará unas fotocopias de la correspondencia del escritor bilbaíno con Arteche, en donde le anima a publicar su diario sobre la guerra civil. Le digo al profesor Castells que Azaola era un escritor casi compulsivo de cartas, mediante las que expresaba su cordialidad pero cuyo cruce también le servía para mantenerse informado, especialmente cuando residía en Paris o Friburgo, sobre la propia realidad vasca a través de sus comunicantes. Las cartas parece, en este caso, que provienen de la familia del escritor Pelay Orozco.

Volvemos, en nuestra conversación al libro el Abrazo de los muertos, sobre el que yo creo que fue Txiki Benegas quien me llamó la atención cuando todavía estaba inédito. Hay que tener en cuenta que Txiki era ahijado de José de Arteche, y que su padre- con el alias “Beneche”- había recorrido muchos pueblos guipuzcoanos haciendo propaganda nacionalista con el escritor durante la Segunda República. El libro del que estamos hablando le digo a Luis es memorable, primero como diario de guerra, por su eficacia y belleza. También por su compromiso ético, proponiendo el perdón y la reconciliación entre los combatientes. Pero el libro es asimismo ilustrativo de una capacidad de sintonía española, que no se aprecia en otros testimonios de literatura nacionalista, por ejemplo de la catalana. Así nos traslada Arteche su emoción patriótica ante la sequedad y aridez del páramo turolense: “No me canso de mirar este paisaje; su propio desamparo lo hace más amable; siento que lo quiero entrañablemente”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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