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FÚTBOL

El callejón sin salida en el que se ha metido el Real Madrid... y la ruta de escape

El callejón sin salida en el que se ha metido el Real Madrid... y la ruta de escape
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(Foto: EFE)
martes 22 de septiembre de 2026, 21:39h
El equipo de Mourinho sufre su primer bache, heredado de años anteriores. Este es el análisis de situación.

El Real Madrid ha aterrizado en el parón de selecciones naciones repleto de dudas e incertezas, y de pesimismo en la tribuna. Es cuarto en la clasificación de LaLiga y después de sólo siete jornadas ya padece una desventaja de seis puntos con el inmaculado Barcelona. Con menos de dos meses de competición se ha nublado el horizonte hasta tal punto que sólo un arbitraje explícitamente infame (reconocido hasta por el CTA, el mismo órgano que eligió a un colegiado de nivel deficiente para dirigir un derbi en el ardiente Metropolitano) ha podido desviar la mirada del grave problema futbolístico que está asolando este comienzo de la segunda etapa de Jose Mourinho en el banquillo merengue. Ni gestionan el balón con aplomo ni lo recuperan con asiduidad. Ni atacan con filo ni defienden con seguridad. El desorden es moneda común.

Dice el sabio estratega portugués que su equipo, y por tanto su proyecto, está en construcción. Y no le falta razón. Su contratación representa una apuesta de la directiva por un juego diferente al que trató de implantar Xabi Alonso en el pasado curso y al que pregonaba Carlo Ancelotti cuando los resultados no acompañaban. Ese giro estilístico requiere de tiempo para la total comprensión por parte de los futbolistas. Hay muchos automatismos individuales (se pudo ver la desconexión entre Ibrahima Konaté y Denzel Dumfries en el segundo gol del Atlético) y colectivos que trabajar con precisión, porque la paleta con la que 'Mou' abrazó la eternidad se caracterizó por un bloque medio contragolpeador cimentado en un orden defensivo imperial, que demanda la implicación total de todas las piezas. Y si el ataque requiere trabajo y repeticiones, el repliegue no digamos.

Esta elección reflexionada en la cúpula del Bernabéu es coherente. Los nombres con conforman el tercio atacante de la plantilla merengue disfrutan mucho más corriendo con espacios que combinando en estático. Esa es una realidad contundente. Kylian Mbappé, Vinicius y Jude Bellingham -el tridente fundamental y nuclear del grupo- son jugadores que resplandecen cuando pueden atacar en transición. Les cuesta más hilvanar y desbordar con poco hueco para explotar. Esa es la realidad. Su producción se dispara cuando contragolpean. Entonces, ¿por qué ir en contra de esas magníficas cualidades? Mourinho garantiza un fútbol que desdeñe la posesión y priorice las transiciones, la deflagración energética, y que confíe en la letalidad de sus puntas.

Se puede considerar hasta revolucionaria la decisión tomada por el club, en estos tiempos de integrismo ideológico en el fútbol de élite. Ahora la corriente mayoritaria ordena presionar a cancha completa. Es el sino del "fútbol moderno", confirman. Durante la irrupción del Barcelona de Pep Guardiola y de la España campeona de todo, la dirección del viento futbolístico imponía el 'tiqui, taca', el juego de posesión. En el presente es la presión la que gobierna las mentes de los entrenadores y, en consecuencia, de los futbolistas. El PSG de Luis Enrique, el Barcelona de Hansi Flick y el Manchester City de Guardiola lo han instalado. Y aquellos que opten por replegar y esperar casi han pasado a la categoría de parias. De desarrapados del balompié.

No es nuevo. Los arrabales del fútbol llevan poblados por técnicos defensivos, reactivos, desde que la 'Naranja Mecánica' y César Luis Menotti 'separaron las aguas' en los 70. Aquel triunfo argentino en el Mundial del 78, adulterado hasta el tuétano por la dictadura de Videla, elevó a los altares al preparador rosarino y a su filosofía. Y aunque Carlos Bilardo cerró de nuevo las aguas en 1986 y discutió la narrativa mayoritaria, desde entonces el relato dominante ha continuado con un proselitismo que receta la posesión, la iniciativa, la valentía, las combinaciones y (en esta década) la presión alta; y destierra a todo aquel que ose contravenir ese mandato, tildándole de usar una mentalidad de "equipo pequeño". Deben valer menos los triunfos nacidos del marcaje y el orden riguroso, como el Mundial 2006 de Italia. En ese esquema el Madrid ha firmado a uno de los últimos arquitectos exitosos en el plano internacional que se rebela contra la narrativa establecida. Ni presión total ni juego de toque.

Jugar bien en el fútbol es concatenar pases con ritmo y armonía, buscar siempre el ataque; y también exhibir una defensa que cierre todos los caminos y de paso a despliegues exuberantes en contragolpe. Un ataque virtuoso que no defiende o una zaga rocosa que no consigue traducirse en ofensivas productivas no entran en el concepto de buen fútbol. Y en este deporte se puede mandar siguiendo la senda mayoritaria, con el balón, o negando todo avance y afilando el colmillo cuando se roba el cuero. Ambas maneras entran en el acervo del control del juego. Y es la segunda versión a la que tiende el Madrid, por el perfil de sus jugadores (carecen de mediocentros creativos) y de entrenador.

Entonces, si la lógica parece ser consistente entre el cuero técnico y el vestuario, ¿qué ocurre? La respuesta es explícita y no es novedosa. Lleva en la superficie desde que el madridismo se frotaba las manos al comprobar que Mbappé llegaba al club justo después de la 'Decimoquinta'. Al equipo le faltan dos elementos indispensables para aspirar a la gloria: un cerebro de agilice y ordene las combinaciones en el eje guardando la posición (Arda Güler es un mediapunta con visión para el último pase y Bernardo Silva es un interior asociativo pero de gran movilidad); y el compromiso colectivo de sus delanteros. La marcha de Toni Kroos -acompañada por la insistente negativa a reforzar ese rol- y la apatía defensiva de Vinicius y Mbappé han corroído el porvenir del equipo en las dos temporadas precedentes... y siguen haciéndolo en estas semanas iniciales del curso 2026/27. La inexplicable pasividad sigue reinando.

Mourinho debe comprender que no es buena idea reclamar presiones altas sostenidas a dos estrellas que no quieren correr sin balón. A Xabi Alonso le costó el puesto entenderlo. La única solución razonable es ordenarles que en su campo se apliquen a las labores de vigilancia y cobertura exigibles, en un esfuerzo más mental que físico. Aquel Oporto campeón de Europa que sorprendió al mundo en 2004 no hubiera alzado el trofeo si Deco, Carlos Alberto y Derlei se hubieran desentendido de las marcas; y el Inter que asoló al Bayern en la final de 2010 y alcanzó un triplete histórico sería impensable si Samuel Eto'o, Goran Pandev y Diego Milito no se hubieran vaciado taponando líneas de pase y ayudando a sus laterales. La concentración fue clave para que esos atacantes aportaran lo necesario en defensa y propulsaran la competitividad de equipos que ni de lejos eran favoritos para conseguir llegar tan lejos. Es más, las dos últimas Copas de Europa festejadas en la plaza de Cibeles se corresponden con un esfuerzo de Karim Benzema y los extremos ('Vini' incluido) por alimentar la solidez del esquema.

Así pues, el futuro próximo del entrenador portugués y del Madrid pasa por que el estratega alcance a convencer a estos dos delanteros que llevan meses actuando como verdaderos vagos. Si no aportan en el achique, el madridismo va a sufrir de nuevo y la red se descoordina. El fútbol es complicado pero no tanto. La actitud fue, es y seguirá siendo primordial. Si el talento no trabaja no hay nada que hacer en el balompié de élite. Es así desde el Mundial de 1970, cuando la Brasil de Pele, Tostao, Gerson, Rivelino y Jairzinho maravillaron al mundo caminando. A partir de ahí todo el colectivo tiene que sudar, ya que lo que sí es cierto es que, a diferencia del siglo pasado, hoy casi cualquiera hace relojes si defiendes sólo con nueve futbolistas. Y 'Mou' debe plantearse hasta dónde exprimir su paciencia. Por la mera supervivencia del proyecto. Si ambos no responden al evidente reclamo quedará contra la espada y la pared. En el derbi ya retiró pronto al indolente 'Vini' para dar entrada al hambriento Yan Diomande. La raíz del renacer conduce al compromiso de todos, a la llamada solidaridad de esfuerzos. Sólo así se corregirá la dinámica (casi la mitad de goles anotados que el Barça y ocho tantos encajados ya en Liga). Porque si todos aportan se maquillan los déficits, es un efecto dominó. Si hay cohesión táctica los artistas del centro del campo afinarán sus pases y brotarán las transiciones con las que sueñan en Chamartín. Güler y Bernardo brillarán. Ellos y no otros (Fede Valverde) son los que tienen las llaves de la ofensiva. Esa es la única ruta, convertirse en un verdadero equipo.

Este Madrid está en construcción, sí. Son sólo siete partidos de Liga y restan 31 jornadas. Necesita margen para tomar altura. Pero siendo eso cierto también lo es que el contexto no acompaña. Porque la afición lleva demasiado tiempo soportando esa desnaturalización de la prototípica pasión del jugador que viste la elástica merengue. Las pitadas se han convertido en una costumbre en Concha Espina y no van a aflojar si prosigue el desarrollo que se ha cargado a tres entrenadores en dos años carentes de títulos. El carácter ganador de esta institución no tolera semejante sequía. El club ha contratado al mejor técnico posible en relación con las características de la plantilla y se supone que acepta competir replegado en los grandes partidos, que serán los que definan la calificación de la temporada. La pelota vuelve a estar en el tejado de la plantilla.

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