El madridismo lleva un año y medio viendo cómo la falta de actitud, sacrificio y concentración deja al equipo sin títulos. Los futbolistas se han quedado sin escudo. Sus palabras no bastan.
Este miércoles Kylian Mbappé atendió a los medios de comunicación después de la durísima derrota del Real Madrid en Lisboa. El delantero francés se mostró enfadado por el injustificable rendimiento de su equipo. Habían caído goleados ante un Benfica muy inferior que se impuso por el mero hecho de darlo todo sobre la cancha. Con ese resultado (4-2) se condenaron a jugar el playoff de acceso a los octavos de final de la Liga de Campeones y se negaron la oportunidad de no tener partidos entre semana en febrero. Es decir, las consecuencias de este grave imprevisto, alimentado por una clarísima falta de profesionalidad (la enésima de esta plantilla), inciden en la ausencia de descanso de un grupo de futbolistas a los que les cuesta un mundo repetir esfuerzos. Han demostrado que son el único conjunto grande europeo que no quiere competir con garra en dos partidos seguidos. "No tenemos continuidad en nuestro juego y lo tenemos que solucionar. Un equipo campeón no está un día sí y un día no", lamentó el astro parisino ante los micrófonos. Y añadió que "se ha visto que el Benfica se jugaba la vida, no se ha visto que nosotros también nos la jugábamos y ese ha sido el problema del partido (...) Era un partido de 'Champions' y nosotros no salimos a jugar un partido de 'Champions'". En su reflexión, subrayó el obvio ridículo del tanto encajado en el último minuto por parte de Anatoli Trubin, el portero rival, ("es una vergüenza") y proclamó que el problema de su delegación "no es un tema de calidad y no es un tema de táctica, es un tema de tener más ganas que el rival".
Así habló Mbappé, el gran argumento para las apiraciones del club en 2026 (suma 36 goles en 29 partidos), tratando de ser el más autocrítico de todos. Pero ese "tener más ganas que el rival" que reclama es perfectamente aplicable a su debe. Porque anotó dos goles fantásticos pero una vez más decidió pasear en defensa, permitiendo que su esquema quedase desequilibrado por las circulaciones rápidas pautadas por Jose Mourinho. Su implicación defensiva volvió a estar en mínimos, como la de su compinche Vinicius, otro peón que sólo aporta esfuerzo tras pérdida cuando le apetece. Ninguno de los dos cumple con los mínimos exigibles, obstaculizar los giros de juego opomentes. Así pues, que Mbappé denuncie que a su colectivo le falta más compromiso es como si Dionisio Rodríguez Martín, más conocido como 'El Dioni', denunciase que en España hay atracos a furgones blindados.
Ganarlo todo, el 'mayor mal'
La autocrítica que llevan semanas realizando los futbolistas arrancó cuando Xabi Alonso aseguró en sala de prensa que la presidencia le había confirmado su respaldo. Desde entonces comenzaron las declaraciones de defensa del técnico y de crítica al desempeño propio, el de la plantilla. Y, claro, cuando el Santiago Bernabéu les retiró el apoyo y les gritó los reproches que durante tanto tiempo había acallado, los jugadores multiplicaron la profundidad de dicha autocrítica. Sin embargo, a estas alturas un amplio sector del madridismo ya no quiere escuchar más discursos de teatralizada afectación. Lo que ansía es comprobar sobre el césped que sus ídolos trabajan como se les presupone, activándose con tensión en todos los lances, llegando con chispa a los balones divididos e imponiendo su calidad con el abono del sudor general. Porque la grada lleva un año y medio asistiendo a la decrepitud de la energía de su equipo. Y esa misma grada valora el derroche físico como un factor indispensable desde los tiempos de Alfredo di Stéfano.

Hay que recordar que en 2024 consiguieron conquistar LaLiga y la Liga de Campeones. Tocaron la gloria del balompié, en resumen. Pero, ¿cómo lo hicieron? Replegados y al contragolpe. Esa estrategia, que es tan válida como cualquier otra (este deporte permite todo tipo de estilos, faltaría más), sólo funciona si se presta toda la atención al orden en el repliegue. Todos los peones deben mostrar una solidaridad de esfuerzos y compromiso con el plan sobresalientes, y con una continuidad extrema para poder resistir los largos periodos de sufrimiento y, después, tener la lucidez para lanzarse en transición. La coordinación de las piezas es innegociable para tener éxito. Con esa receta Carlo Ancelotti les guió hasta la Cibeles... mas el técnico italiano gastaría su saliva en los siguientes meses demandando "intensidad".
Cientos de veces pronunció esa palabra 'Carletto' antes de comprender que su segundo mandato en Concha Espina iba a terminar del peor modo. Sus subordinados se quedaron de repente sin hambre y concluyeron una temporada desastrosa, marcada por la despedida de Toni Kroos y, sobre todo, por una indolencia que restó relevancia a la contratación generacional de Mbappé. A medio gas sólo alzaron la Copa Intercontinental y la Supercopa de Europa, un bagaje del todo insuficiente para la exigencia que marca la historia del club madrileño. Por eso el palco apostó por Xabi Alonso. Buscaba que el tolosarra, que había triunfado en Leverkusen por una gestión magnífica de los jugadores (convenciéndoles que desde el colectivo podían tumbar a cualquier gigante), fuera capaz de seducir a los egos merengues para colaborar en el plan coral.
Lo contagioso de la indolencia
El preparador vasco no pudo y ha trascendido que la disolución de su contrato en Chamartín fue "de mutuo acuerdo". Su entorno ha deslizado que entendió que no había manera de resucitar el espíritu y las ganas de darlo todo de algunas de las piezas clave del equipo. La terrible dinámica de resultados le empujó al paro por algunas decisiones discutibles (escasa rotación, la no fidelidad a sus ideas, el arriesgado cambio del Clásico...), pero la principal causa es la misma que mostró la puerta de salida a Ancelotti. En ese contexto ha llegado Álvaro Arbeloa, que tras la debacle de Albacete parecía haber logrado, al fin, como si de un milagro se tratase, que todos los miembros de ese vestuario comprendieran la necesidad obligatoria de supeditar su esfuerzo al bien colectivo. Esto es, defender con tanta predisposición como atacan.

Iba bien la cosa hasta este miércoles. Mas si uno atiende al histórico encuentra que las desatenciones que cuestan derrotas nunca han desaparecido, que describen una tendencia general de dificilísima sanación. Los mejores partidos bajo las órdenes de Xabi Alonso fueron la goleada al Valencia (4-0, el uno de noviembre) y el partidazo que domó San Mamés (0-3, el tres de diciembre). ¿Qué ocurrió en los siguiente partidos? Días después de la exhibición frente al bloque levantino el Madrid cayó en Anfield, donde mostró una inferioridad increíble y basada en la desunión táctica propiciada por la escasa sintonía de intensidad (amén la deficiente generación de fútbol); y tras el éxtasis que arrasó al Athletic en Bilbao, los merengues perdieron en casa ante el Celta, de nuevo tras un impresentable desempeño energético. Esta última mancha acabó con la paciencia del Bernabéu.
Jude Bellingham llegó al club dejándose la piel. Se uniformó de comandante de la ofensiva por su talento y su entrega. Con su liderazgo, a pesar de su juventud, los merengues lo ganaron casi todo. El inglés posee un físico espléndido y una personalidad que entiende el trabajo como algo irrenunciable, sin embargo, en los últimos meses de Ancelotti se convenció de la inutilidad de correr si siempre había dos delanteros que no ayudaban en absoluto cuando tocaba replegar. Es muy expresivo y se cansó de reclamar implicación a Vinicius y Mbappé sobre el campo, hasta el punto de abandonar él también el derroche. Este miércoles, en Lisboa, dejó este mensaje: "Los goles que hemos concedido y las cosas que han pasado me dejan sin mucho que decir. No sé qué pensar, pero no tiene buena pinta (...) Desde luego (los portugueses) han sido más intensos, han ganado todos los balones divididos y las cosas básicas". "Tendremos que seguir manteniendo un enfoque mental diferente en los siguientes partidos", concluyó. Su descenso de rendimiento es la foto más descriptiva de lo que está ocurriendo y un punto negativo trascendental.
"Hay que actuar y dejar de hablar", dijo Thibaut Courtois en los pasillos de San Mamés, después de que sus compañeros hubieran goleado al Athletic. El portero belga, fundamental en la manutención de las aspiraciones madridistas, es el que más claro está hablando ante la prensa sobre los males que torpedean las ilusiones del madridismo. "Tenemos que dar más en el campo", dijo entonces y tras la reciente victoria en el complicado estadio del Villarreal, donde demostraron que cuando quieren, pueden, mostró luz con una honestidad cruda, sin cortapisas: "Tenemos mucho que mejorar en todos los aspectos, pero empezando desde la solidez y el trabajo... Al final es un poco de actitud personal, que no hemos tenido siempre como se debe". El guardameta tiene claro qué lleva año y medio frenando la potencialidad de su equipo, lo ha repetido con un tono cada vez menos indulgente. ¿Por qué no curan esa falencia si la tienen tan identificada? Cuesta creer que en ese camarín todavía haya alguien que no se haya dado cuenta que contra los mejores conjuntos de España y de Europa no les basta con competir desde la flacidez. Y deberían saber que están desprovistos de paraguas. Se han quedado sin parapeto y en el Madrid un año de apatía se digiere mal pero dos temporadas en blanco es un terremoto que exige limpieza.