El aficionado, de 22 años, falleció en el hospital tras ser arrojado a un abismo de cinco metros.
El pasado verano un tufo impresentable de violencia hooligan recorrió Europa. Cuando parecía que la lucha por desligar la violencia de las gradas de los estadios de fútbol estaba en su fase final (tras las medidas tomadas después del infausto recuerdo de Jimmy y el Frente Atlético), las reyertas que contaminaron el territorio francés en la Eurocopa que organizó el país vecino en 2016 supusieron un potente bofetón de realidad que recuerda que el balompié no es sino un contenedor del ambiente social. Y es que, mientras que todavía se está investigando si los artefactos que hirieron a Bartra fueron detonados por terroristas islamistas o de ultraderecha (el Borussia Dortmund es un club significado en favor de la acogida de refugiados, en contra de la homofobia o el racismo), esta semana pasada expresó en su cierre la vigencia de la problemática.
Parecían muy lejanas las imágenes de los ultras de River colapsando la imagen del Millonario al boicotear sus últimos partidos antes del descenso a la B (en aquellas escaramuzas, los jugadores y directivos llegaron a temer por su integridad cuando entraban o salían de las instalaciones de la entidad bonaerense) o las noticias de riñas entre aficiones (con los Biris como infaustos adalides) en competiciones europeas entre clubes, con mobiliario urbano y bares como víctimas. Pero, en los últimos días se ha acercado la distancia con esos fantasmas de forma abrupta. Tanto aquí como allá. A ambos lados del Atlántico.
La mecha incendiaria se prendería el jueves, en la previa del partido de ida de cuartos de final de la Europa League, dejando en anécdota la escabechina que organizaron los ebrios aficionados británicos del Leicester en la madrileña Plaza Mayor. Se medían el Lyon y el Besiktas, pero lo que restalló en los noticiaros no fue el fútbol, sino lo extradeportivo. Lo ajeno y doloroso que circunda a este deporte. Las facciones radicales de ambos equipos se golpearon en los aledaños del recinto y también lo harían dentro. Ya en el coliseo lionés, los otomanos, situados en la parte superior del graderío como afición del club visitante, coronaron su actitud bellaca lanzando bengalas (¿quién dejó pasar esos artefactos en los controles de acceso?) hacia abajo, con dirección a sus "enemigos". Pues bien, lo siguiente dejó asombrado al más experimentado: parte de la grada atacada asaltó el verde, en una huida del pánico generado, y el departamento ultra ascendió las escaleras con la firme intención de devolver el golpe. En el sentido más anatómico de la palabra.
Aquel lance, solventado con sanciones a ambos clubes y la imposibilidad de la hinchada francesa para comprar entradas para el duelo de vuelta, en territorio turco, concluyó con Aulas, el presidente del Olympique, aplacando los ánimos, megáfono en mano, desde la hierba. Cuesta imaginar qué habrá pensado el dirigente cuando este domingo sus futbolistas eran atacados por ultras del Bastia en la visita de su equipo a tal región. En medio del calentamiento, los energúmenos invadieron la cancha y trataron de golpear a algunos de los jugadores del Lyon, siendo el portero suplente el más perjudicado, ya que llegó a ser arrinconado. Tras correr hacia el túnel de vestuarios para guarecerse, las autoridades decidieron que se jugara, pero la repetición de los actos deleznables en el descanso, que alimentaban la inseguridad del evento, terminaron por suspender el Bastia-Lyon.

Si se escarba, Aulas encontrará que este deprimente reflejo del paisaje social francés no obedece más que a una venganza. En el partido de la primera vuelta, los radicales relacionados con el club del que salió Karim Benzema ejecutaron una emboscada que no dejó bien parados a los aficionados del Bastia desplazados. El técnico del conjunto de la región de la Alta Córcega (no merece ser nombrado) se encargó de calentar el volcán explicando en sala de prensa que aquella canallada sería "resuelta como hacen los hombres". "Ahora ellos tienen que venir a nuestra casa", declaró horas antes del partido de fútbol que sonrojó a la nación gala. Y lo demás, hecho insólito en la Modernidad del balompié europeo, ya está explicado.
Pero la escalada de violencia de este intermedio de abril tocaría techo en Argentina. Allí, en el empate a uno entre Talleres y Belgrano fue asesinado Emanuel Balbo, aficionado del equipo visitante de 22 años. Balbo, que saltó al vacío tras recorrer la tribuna, en descenso y a la carrera, en una suerte de escapada de puñetazos y patadas, cayó a una altura de cinco metros. Las heridas provocadas -"trauma de cráneo grave"- provocaron que el joven llegara en muerte cerebral al Hospital. Y este lunes se decretó su fallecimiento.
Las pesquisas subrayan la sinrazón. Raúl Balbo, padre de la víctima, aportó la luz tétrica que contextualizó lo ocurrido: su hijo, aficionado del equipo visitante, localizó en lo alto del anfiteatro Willington del Estadio Mario Alberto Kempes (Córdoba, Argentina) a Oscar Gómez, barra brava acusado de haber atropellado hasta la muerte a uno de los tres hermanos del fallecido, cuando tenía 14 años. Entonces, el clásico cordobés pasó a un segundo plano. "En vez de él (Gómez) defenderse solo, incitó a la violencia con todos los amigos que tenía ahí agrediendo a mi hijo. Empezaron a pegarle y hacerle lo que le hicieron. Gómez llamó a todos los amigos y dijo: 'Tírenlo a este que es hincha de Talleres'. Lo corrieron por la tribuna hasta que lo tiraron", manifestó el señor Balbo. Es decir, lo que cobijó un coliseo deportivo no escapa a la lógica del ajuste de cuentas callejero. Otra cosa es cómo calibrar la trascendencia de ser un hincha rival en territorio comanche y si ese mero hecho concatena una persecución hasta la muerte en estos días.
Por desgracia, éste y otros de los casos que se vienen apiñando en este 2017 vienen a subrayar que el fútbol y sus masas sociales, y sus dinámicas, ejercen de espejo de las sociedades. Aunque cueste reconocerse en ese reflejo absurdo. Raúl Balbo, padre del asesinado, denunciaba, en su dolor, la poca hombría del autor intelectual de la maniobra que acabó con la vida de su hijo de 22 años. "El problema se arma porque a mí hace cuatro años me mataron un hijo y él va a la cancha y se encuentra con uno de los que lo mataron. Ahí se arma el problema y como Óscar Gómez, poco hombre, en vez de él defenderse solo, incitó a la violencia con todos los amigos que tenía ahí", relató. Queda por resolver, también, dónde queda la Justicia que dejó libre al presunto asesino de su hijo pequeño. Liliana Sánchez, la fiscal del caso, aseguró este lunes que hay cuatro detenidos por un delito de "homicidio agravado" pero señaló que el "instigador" sigue en paradero desconocido. El "salvajismo inexplicable", en palabras de la fiscal, ha conmocionado al país latinoamericano. Otro tema es si esa y las naciones europeas toman nota y acometen la sutura de las grietas sociales que prenden en campos de fútbol, como en tantos otros lugares.