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NOVELA

Elsa Morante: La isla de Arturo

domingo 23 de abril de 2017, 19:18h
Elsa Morante: La isla de Arturo

Prólogo de Juan Tallón. Traducción de Eugenio Guasta. Lumen. Barcelona, 2017. 430 páginas. 22,41 €. Libro electrónico: 8,99 €

Por Daniel González Irala

A los turistas que van por primera vez a Nápoles, los guías les engatusan con que en el Castel Dell ‘Ovo, el sonido que aún se escucha de las gaviotas sirvió como catarsis a Ulises y los guerreros que a Troya se dirigían tanto en la Odisea como en la Ilíada de Homero. Este sonido o ronroneo es más parte de una tradición de la que han vivido por los siglos las artes y las letras y a la que no fue ajena una habitante de aquellas tierras, Elsa Morante (1912-1985), cuya existencia estuvo ligada un tiempo con la del intelectual existencialista Alberto Moravia, con quién vivió en Capri. El caso es que durante su matrimonio, la escritora atesoró en sus dos primeras novelas algún premio literario y el favor de la crítica, que le dio la espalda no sabemos bien si a raíz de su separación conyugal o del accidente por el que rompiéndose el fémur perdió toda movilidad primero y llegó a enloquecer después.

La novela es una deliciosa historia, publicada originalmente por Espasa, que cuenta con el prólogo amistoso para el lector de Juan Tallón. Fue además llevada al cine por Damiano Damiani en 1962 y nos cuenta desde la primera persona de un narrador, testigo e imprescindible a su vez en la acción llamado Arturo, la vida misteriosa y errática de su padre Wilhelm Gerace, un agente de transportes y marino que vive en la isla de Prócida y que durante su vida ha hecho fortuna, poseyendo la llamada Casa dei Guaglioni. La citada isla nos es descrita en un principio como inhóspita y solitaria, si bien Arturo parece sentirse entre algodones por más solo, meditabundo o soñador que esté.

Todo ello le viene de una promesa por la que no hacer nada y abandonarse al placer no es pecado, a pesar de los tormentos que los libros que tiene en su casa (tragedias de Shakespeare que se vuelven sanguíneas en la mente y en el corazón, así como las ideas religiosas de la época) le hacen sufrir. Dicha promesa se hace real cuando Wilhelm enseña a su hijo un reloj con una inscripción (Amicus) que cuenta que ha pasado por varias manos y que a él se lo entregó su salvador o mentor. Padre e hijo creen en la pureza del héroe, en la animalidad y la naturaleza como lugares donde encontrarse con uno mismo de forma auténtica, y es así como saltando de árbol en árbol y conviviendo con su perrita, Arturo nos recuerda tanto a ese barón rampante de Calvino, alguien a quién no queda más remedio que querer a pesar de su inicial misoginia y su siempre presente carácter huraño.

Igualmente irán apareciendo bellas mujeres en su vida, tal y como pronostica el Amalfitano cuando es joven. Nunziatella, la madrastra (emparentada con Wilhelm a pesar de los reproches de su madre Violante) será una de ellas, una amantísima dama italiana a la que imaginamos cocinando pasta con delicadeza. También Assuntina, que luce una cojera que a Arturo le parece graciosa,…Y es que tal y como parece susurrarnos al oído, “para los procitanos, e incluso para mí, no eran mujeres, sino una especie de animales locos caídos de la luna”.

De este modo y como esas gaviotas que se escuchan cerca del golfo de Nápoles, nos hacemos eco de un clasicismo heredero de los primeros amantes de las ficciones habidos y por haber.

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