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LIGA DE CAMPEONES - FINAL: JUVENTUS - REAL MADRID

Final de Cardiff. El viaje de la Juventus: de Segunda a la gloria con Buffon

jueves 01 de junio de 2017, 23:03h
El gigante turinés busca levantar su tercera Copa de Europa con Allegri como patrón de barco.

La Vecchia Signora no guarda una relación satisfactoria con la Copa de Europa, y mucho menos con la Champions League. A pesar de ser tratada en Italia como la institución deportiva más aristocrática, por detrás de Ferrari (hecho que le confiere el honor de disponer de una masa social inigualable, a lo largo y ancho del Bel Paese), la competencia continental no ha hecho justicia a dicho tratamiento. Porque los bianconeri han levantado 33 veces el Scudetto (por 18 de sus persguidores, Milan e Inter) y en 12 ocasiones la Coppa (líderes tamién en este ámbito, por delante de los nueve entorchados coperos de la Roma), pero extramuros sólo han alzado dos títulos de la competición más elitista: el primero, con Platini y marcado por la tragedia de Heysel -en 1985 y tras vengar la derrota de los giallorrosi del Ancelotti futbolista ante el Liverpool, que aconteció en el 84-, y el segundo, al galope de Vialli, Ravanelli y Jugovic -en el 96 y por penaltis, frente al último Ajax respetable-.

De todo lo demás destacan tres Copas de la UEFA (en 1976-77, 1989-90 y en 1992-93, con un Roberto Baggio en ebullición) y el par de Copas Intercontinentales (en 1985 y en 1996, con un Del Piero incipiente y determinante). El resto del currículo de este coloso no refiere más que desilusiones. Acumula su pasivo del palmarés seis finales perdidas de Copa de Europa. La primera, en el 73, corresponde al triplete del Ajax de Cruyff, engranaje de la Naranja Mecánica; la segunda, en el 83, hizo perecer a la escuadra conformada por Platini, Zoff, Paolo Rossi, Tardelli y Bettega contra el Hamburgo de Magath y entrenado por Ernst Happel; los sinsabores tercero y cuarto juventinos sobrevinieron en el 97 y 98, ante el Borussia Dortmund de Matthias Sammer y el Real Madrid de la Séptima; el séptimo desaguisado puede constituir la peor fecha de la larga historia de la entidad de los Agnelli y la Fiat: la derrota, por penaltis, ante el Milan de Shevchenko, Seedorf, Pirlo, Inzaghi y Maldini; y el último brete vio triunfar al tridente culé actual, en el 2015. En los dos últimos eventos ya estaba Buffon bajo palos.

"Tengo el miedo que se tiene cuando uno se enfrenta a este tipo de desafíos. Pero es necesario encontrar la valentía para superar este miedo y a menudo lo consigo", confesó este jueves Gianluigi Buffon, el portero legendario, de los mejores que haya concido este deporte y al que sólo le falta por alzar la Champions League en su dilatado camino futbolístico. No obstante, el capo de la azzurra y de la Juve -que aspira a ser el segundo portero en cosechar el Balón de Oro-, es la ligazón que entronca la identidad de su equipo, pues con él se llegó a rozar el techo del balompié en los dos mil, se cayó a los infiernos por el descenso administrativo consiguiente al escándalo del Moggigate (en el verano posterior ganaría el Mundial con Cannavaro, Zambrotta y varios compañeros del camarín blanquinegro, como haría Paolo Rossi en España 82) y se ha experimentado la reconquista del pedigrí hasta volver al escenario más pomposo. Por todo ello, esta final emana un aroma a "final de ciclo" para el guardameta icónico y el club en su conjunto.


En Turín se respira esta final contra el Madrid de Zidane como el necesario punto de inflexión que rubrique el regreso a la estabilidad gloriosa. El eco arrollador de Guardiola y la presencia de Messi, Neymar y Luis Suárez provocaron que una Juventus inexperta en las lides históricas -venía de 12 años sin pisar las semifinales- viera casi como utópico un triunfo. Este sábado, sin embargo, afrontan el combate con más confianza y seguridad en su potencialidad. Sólo han cedido tres goles en la presente edición de la Liga de Campeones, segando la clase del favorito barcelonés hasta secar su calidad en cuartos de final. El estilo mixto merengue y su facilidad para encajar goles (17 veces ha recogido el cuero de sus redes Navas) nutre el optimismo de un Massimiliano Allegri que asegura su convicción en "poner las manos encima del trofeo esta vez". No en vano, esta es la reválida que necesitaba un equipo que ha recuperado el mando en la Serie A con seis ligas consecutivas.

El técnico que ha enriquecido la faraónica obra de Antonio Conte tras el ascenso a Primera ha sido capaz de gestionar la ancestral política vendedora que contrasta con el estatus de grande del fútbol. Porque la Juventus siempre se ha definido como un pescador imponente que mantiene la cosecha hasta saborear el olimpo, y luego hacer caja con las perlas pulidas. Así, Arturo Vidal, Paul Pogba, el Apache Tévez, Álvaro Morata o Andrea Pirlo (que vino gratis del Milan, donde consideraban que estaba acabado) levantaron el nivel técnico de la muralla construida para llegar a la final de Champions y fichar por otros destinos a continuación. Higuaín, Dybala, Mandzukic, Dani Alves y Pjanic han constituido la sutura de la eterna y cíclica regeración juventina, a la que ha permanercido impermeable su estructura básica: Buffon, Chiellini, Bonucci, Barzagli y Marchisio. Sobre ellos ha gravitado la competitividad hiperbólica que resplandece en la Juventus de este lustro y en derredor se aliña un estilo que expele retazos del gurú Lippi, de Conte y de Allegri.

Los matices tácticos y su aplicación integrista recuerdan al catenaccio y juego con la presión que ejercía el mandato ganador del seleccionador campeón del Mundial de Alemania, en 2006; la querencia por llevar la iniciativa -usando los tres zagueros como sostén para lanzar a los carrileros largos- y mantener una predisposición hiperactiva son cimientos con los que también ha ganado la Premier el Chelsea en este ejercicio; y el técnico que cayó en la peor época del Milan -cuando Berlusconi desatendió a su juguete para salvar su libertad de la cárcel- ha terminado de acoplar la relación con el balón como una herramienta y no una improvisación coyuntural. A pesar de usar a Mandzukic como extremo para bajar pelotazos cuando el rival ahoga la salida propia de pelota, el finalista de Champions se maneja con solvencia con la redonda, ya sea en vuelo (que se lo digan al Barcelona) o en estático. Es decir, la defensa es sólo la mejor de sus múltiples aristas.

Las estadísticas retratan la verdadera dimensión del rival del Real Madrid en Cardiff. Es el único equipo que no conoce la derrota en esta Champions (el conjunto español ha perdido un partido, ante el Atlético y en la vuelta de las semis del Calderón), el bloque con más victorias (nueve, una por delante de Madrid y del sistema de Simeone), el sexto más goleador (con 21 dianas, por detrás de las 32 de los vigentes campeones), el que mejor diferencia de goles tiene (18, por los 15 merengues) y el tercero en disparos realizados (con 169 intentos, por detrás de los 226 de los de Chamartín y por delante de Barcelona, Manchester City, Borussia Dortmund, Arsenal, PSG o Atlético). Esta Juventus es el cuarto sistema con más pases completados (sólo por detrás de Bayern, Madrid y Barça), con el mismo porcentaje de posesión que los de Zidane (53%) y cuenta con Higuaín y Dybala como pichichis (con cinco y cuatro goles, respectivamente), en un modelo socialista de anotación y producción ofensiva. De hecho, Dani Alves y Miralem Pjanic son sus máximos asistentes (tres pases de gol por barba), una circunstancia que denota la fuerza de la llegada sorpresiva de los carrileros hasta línea de fondo y del balón parado.

Lejos de los datos y sobre el verde, la Juve ofrece una sensación de consistencia sin parangón. A pesar de jugar despojado de un mediocentro destructivo, Pjanic, Khedira y Marchisio ejecutan la labor de cierre y distribución de manera sobria y eficaz, con una superioridad en la medular que siempre apoyan Alex Sandro, el punzón zurdo, y Alves. Es muy complicado llevar contra las cuerdas a un bloque que cuenta con la mejor serie de antiaéreos del mundo (apartado que nautralizaría los centros madridistas como su avance preferido), en el que su delantera se incrusta en la medular para taponar el juego entre líneas oponente (a Isco le costará moverse y desatascar, en asociación con Kroos y Modric) y en el que ningún peón pierde la atribución táctica de su rol. Esto subraya la fuerza de un candado que habrá de enfrentar a un club que ha anotado en más de sesenta partidos seguidos. Deliciosa batalla ésta.

Y cuando la pelota les pertecene, Pjanic, Alves, Alex Sandro y Khedira ejercen como nexos que conducen hasta Dybala. El argentino es, hoy, mediapunta más resolutivo que organizador y gobernador sobre el campo. Su calidad le permite lanzar transiciones que rendundan en lo venenoso de la verticalidad tras robo que practican sus compañeros, pero su óptima versión es la que se desenvuelve en la frontal, como asistente o goleador. Su zurda y la astucia de Higuaín (24 goles en la Serie A), amén de las parábolas de los laterales y la indigesta brega de Mandzukic son los argumentos dañinos de los bianconeri que estudian Casemiro, Ramos, Varane y compañía. Y a Zidane le corresponderá adaptarse a un púgil escurridizo, cómodo con o sin pelota, a la contra o en posesión, con la zaga adelantada y presionando o atrincherado. Lo líquido de su despliegue es la esencia que torna tan peligrosa la propuesta del campeón italiano. Se adapta a mandar, conduciendo el envite a una exigencia física de concentración desorbitada, o a especular, escudriñando las debilidades rivales para soltar picotazos y volver a la reclusión. Lo imprevisible de las maniobras tácticas (que han manejado la defensa de cuatro este año con regularidad) coloca una incógnita soberana sobre este orgulloso y hambriento púgil que se atraviesa en el camino madridista de la Duodécima y el hito que significaría repetir Champions League.

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