Afortunadamente, el último atentado en París -un sujeto embestía su coche contra un furgón de policía- quedaba sólo en el intento, pudiendo abatir los agentes al terrorista antes de que causara daño alguno. Sus intenciones no dejaban lugar a dudas: en el maletero del vehículo había, además de un explosivo no especificado, cuatro bombonas de gas, un fusil de asalto Kalashnikov, armas cortas, cartuchos y cuchillos.
Su perfil coincide con otros sujetos que han cometido actuaciones semejantes bajo el dictado más o menos directo del Estado Islámico o Al Qaeda: personas con amplio historial delictivo, escasa formación y procedencia árabe. En muchos casos, su motivación no va más allá de una mera extensión de sus conductas delictivas habituales, aunque con el barniz del fundamentalismo islámico.
Conviene, pues, distinguir entre vulgares conductas delictivas sin más y las que, además, llevan aparejadas motivaciones terroristas. Es aquí donde reside un aspecto que inquieta a las policías de toda Europa: el efecto imitador que puedan seguir muchos delincuentes que vean en la reivindicación islámica un altavoz perfecto para su afán de notoriedad. Y que puede llevar a una criminalización del Islam tan injusta como preocupante.