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ENTRE ADOQUINES

Miguel Blesa, inesperado desenlace

jueves 20 de julio de 2017, 16:42h

Para quienes pasamos buena parte del día escribiendo sobre un mundo que solo existe en nuestra imaginación, la frase “la realidad supera siempre la ficción” supone mucho más que un simple tópico. Por lo general, los novelistas tenemos cierto “temor” a exagerar las situaciones o los comportamientos de nuestros personajes, hasta darnos cuenta más tarde, o quizás durante el mismo proceso de escritura, de que nos hemos quedado cortos, muy cortos. La muerte este miércoles de Miguel Blesa ha sido uno de esos giros por completo inesperados, un golpe de efecto en toda regla, que, por desgracia, es real y, sobre todo, se refiere a un hombre que no vive exclusivamente en las páginas de un libro. El suicidio de una persona, de cualquier persona, nos deja a la mayoría – al menos, así quiero pensarlo – con el alma retorcida, el estómago sin aire y preguntas de todo tipo agolpándose en la cabeza. También reflexiones que, por otra parte, creo que nunca sobran.

Cualquiera que me conozca o haya seguido mi trayectoria, sabe que el banquero malogrado nunca fue – ni será – santo de mi devoción, pero mi primera reflexión en la mañana de ayer fue que en mi naturaleza, por fortuna, no está alegrarme del sufrimiento de nadie, mucho menos de su muerte autoinfligida. Ni siquiera, sentir indiferencia. Igual que tampoco la sentía cuando lo veía entrando y saliendo de los juzgados o de Soto del Real, abucheado o zarandeado por quienes intentaban agredirle. Personalmente, que estuviera siendo investigado, e incluso ya juzgado, me parecía lo único importante. No creo en los intentos de linchamiento en la calle o en los medios, menos aun si se utilizan en propio beneficio por parte de líderes políticos. Prefiero seguir “obligándome” a creer en la instrucción judicial –demasiado lenta, eso sí, a veces hasta convertirse en auténtica tortura - y en el posterior juicio. Si es que la causa no acaba siendo archivada, como ocurrió, precisamente, con la que mandó por primera vez a la cárcel al exbanquero por orden de Elpidio Silva, posteriormente apartado de la carrera judicial por prevaricar en el “caso Blesa”. La imagen que quedó no fue, sin embargo, la de un juez perdiendo su condición de juez, sino la del banquero que él había mandado a la cárcel, prevaricando.

Miguel Blesa llegó a la presidencia de “la Caja” cuando yo llevaba unos meses trabajando en la entidad, a la que, a mi vez, había llegado en tiempos de su antecesor, a quien prefiero no nombrar porque me tocaría lidiar con la censura y con una vez ya tuve bastante. A pesar de que fuera él quien “inaugurara” los nuevos tiempos en la entidad fundada por el padre Piquer, cada vez más politizada. Con Blesa “me crucé” en un momento delicado de mi vida y su presidencia no contribuyó a arreglarla. Más bien lo contrario. En todo caso, referirme a él como “enemigo” sería atribuirme un peso en la torre, que jamás tuve. Seguramente, él no supo siquiera de mi existencia o mi situación laboral. Ni le importaba. Su despacho estaba varias plantas más arriba, justo debajo del helipuerto. Cuando hace pocos días terminé mi última novela y escribí una frase tan tópica como la del inicio de este artículo: “Los personajes y hechos retratados en esta novela son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con sucesos acaecidos en la realidad es pura coincidencia”, confieso que me refería especialmente al personaje del banquero que protagoniza en buena parte la trama. Era consciente de que, pretendiéndolo o no, para trazar el perfil de ese personaje me había inspirado en el expresidente de Caja Madrid. No podía imaginar que la realidad volvería a sorprenderme y a superarme, como tantas veces lo ha hecho. Esta vez, solo he sentido pena.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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