Se nos abren las carnes cada vez que aparece una mujer asesinada por su compañero.
La sociedad reacciona con manifestaciones, pancartas, banderas a media asta, mítines, artículos, teléfonos secretos a los cuales se puede llamar – sin que el agresor se mosquee- departamentos de denuncia en los juzgados, casas de acogida en las que se refugian las pobres mujeres asustadas, panfletos… A veces aparecen anuncios televisivos, para demostrar cómo hay varones sensibles a la situación, en los que deportistas de élite, actores, presentadores -siempre hombres mediáticos- dicen a la humanidad entera que ellos respetan a las mujeres y aquellos que no lo hacen no son dignos de figurar en la lista de los llamados seres racionales.
Hasta aquí no hay nada que objetar, si exceptuamos que a las manifestaciones suele acudir un número mucho más importante de mujeres que de varones. Tampoco creemos banal la formación sobre la igualdad que se imparte en los centros educativos, que se han tomado muy en serio el problema.
El feminismo militante se desparrama en conferencias, mítines y libros acerca de esta lacra de nuestra sociedad, perpetrada por hombres agresivos, que maltratan a sus mujeres. Y hace muy bien.
Creo que todas estas soluciones no son más que la mitad de los remedios posibles.
Claro que existe la perversidad, pero es excepcional.
¿Nos hemos planteado que existe una franja de varones: la mayoría de nuestros padres, de nuestros maridos, de nuestros hijos con los que mantenemos una convivencia tranquila, que llevan en su ADN milenios de patriarcado, y que se han quedados desamparados desde el momento de la empoderación de las mujeres?
El varón de hoy, que se siente -otra cosa es que lo racionalice y actúe en consecuencia- creado para proteger, salvar, cuidar a la mujer y exigirle su débito, sin que ésta tenga posibilidades de rechazarlo -porque es suya, claro- se encuentra desorientado en un mundo fabricado por él, a su imagen y menester.
Desde tiempos ancestrales la mujer ha tenido que controlar el ambiente a través de la astucia. En la época de nuestros abuelos, la abuela se cuidaba muy mucho de decirle al marido que convenía comprar la tierra que daba al río. Pero se lo dejaba caer en sucesivas conversaciones, como la que no quiere la cosa. Y al cabo de un tiempo, el abuelo tenía la feliz idea -suya, desde luego- de formalizar la compra. Porque él era el cerebro pensante de la familia. La abuela le felicitaba, lo que añadía un plus de superioridad al varón.
Faltaría más que las mujeres no hubiéramos aprovechado las oportunidades – en el espacio ¡ojo!; que la lucha por la igualdad es un fenómeno restringido a una geografía muy concreta- para reivindicar nuestros derechos y sacudirnos el lastre de la sumisión, en cuanto encontramos una brecha por la que irrumpir en la historia.
Pero hemos entrado como un elefante en una cacharrería: cargándonos la moral de nuestros varones coetáneos, a los que el fenómeno les ha pillado durmiendo en los laureles del patriarcado, sin estar prevenidos para la pérdida del trono.
De buenas a primeras, en muy pocos años, y antes de que él haya sido capaz de asimilarlo, resulta no ya que las mujeres son iguales a los hombres -que eso se podía sospechar- sino que leen el periódico, votan a otro partido diferente al suyo, les están comiendo la tajada en el trabajo y les levantan la voz en la mesa para comunicarles -no para pedirles permiso- que se van a tomar café con las amigas.
O que están hartas de aguantar sus impertinencias y van a pedir el divorcio. Y se lo dicen a la cara.
Y los varones no están preparados para esto. Se sienten desnudos: como que, por arte de magia, les hubieran quitado sus privilegios intrínsecos; aquellos que habían mamado, convirtiéndolos en frágiles e inseguros.
A mí me dan mucha pena los varones que, por mor de la sociedad competitiva que les ha tocado vivir, necesitan ser potentes, enérgicos, poderosos, pujantes, agresivos profesionalmente, triunfadores, pasando por encima de sus complejos -directamente proporcionales a sus ascensos, la mayoría de las veces- y de sus dudas.
Y estas actitudes se manifiestan en todas las clases sociales, tanto en los ejecutivos de alto standing como en los vendedores de mercadillo.
Al hombre normal, al que tenemos en casa, que tal vez rumie dolorosamente que su sueldo es inferior al nuestro, o que ha perdido el trabajo y se pasa las horas en el bar mientras la mujer hace horas limpiando casas, o que ha visto cómo el puesto que él esperaba se lo han dado a una compañera, sintiéndose humillado en lo más íntimo, es al que hay de dedicarle atención.
No hace falta tener un máster en sicología para darse cuenta de que una situación larga de frustración masculina es la generadora de la violencia doméstica. Y si, para más inri, ha ido evolucionando en malos modos, con la reacción directa de la mujer, que le da la espalda, se convierte en una bomba de racimo.
Sí que se han hecho estudios acerca de que el problema es cultural y el culpable suele proceder de ambiente agresor también. Pero, que yo sepa, no se ha movido un dedo para hacer una terapia preventiva en hombres normales – léase patriarcales- que puedan devenir en agresores.
Este varón, no es más que un pobre hombre, inmaduro, que llega a emborracharse para creerse alguien, que descarga sus frustraciones en su mujer en vez de intentar afrontarlas.
A estos hombres, que no son monstruos sino seres normales descolocados, abrumados por una situación que les sobrepasa, hay que ayudarles.
Y hay que ayudarles ya.
Antes de.
No debemos dejarlo para después, cuando ya no hay remedio. Que no nos ocurra como con los incendios forestales, que se hubieran podido evitar cuidando el bosque en invierno. Aunque ya sabemos que en España solemos resolver las cosas a posteriori, con lo fácil que hubiera sido prevenir.
Si no los ayudamos pronto, esta plaga de desahuciados mentales pueden seguir cometiendo muchas tropelías, que pagamos las mujeres.
¿Hay tratamiento sicológico para los hombres denunciados o divorciados? ¿O solamente para los que ya han asesinado?
¿Sirve para algo impedirles acercarse a su víctima si no se ayuda con un seguimiento preventivo?
¿No hay clubes de alcohólicos anónimos? ¿Por qué no de violentos anónimos?
Y, en vez de tener una televisión y prensa- que parece “El Caso”- que se regodea con detalles morbosos, que solamente sirven para calentar a aquellos que ya están saturados de fracasos, propongo unos buenos spots publicitarios, en los que aparezcan hombres normales, sumidos en una situación de desamparo, que agreden a su pareja.
Tengo más de una docena pensados.
Y todos terminan, más o menos diciendo: ¿por qué descargas tus frustraciones en tu mujer en vez de intentar solucionarlas?
Kepe- Zuri.
Bilbao