Después de los atentados miserables de Barcelona, uno comienza a darse cuenta que este tipo de nuevas guerras en nada se parecen a las tradicionales, donde las tropas a lo largo de toda la historia adquirían sus posiciones enfrentadas y quien disponía de mejores estrategias o de mejor armamento, más la pericia del espionaje vencía en la batalla. Así ocurrió con las dos guerras mundiales del siglo XX y así ha seguido sucediendo, aunque con una tecnología contundente y con formas diferentes de invasión contra el enemigo de las tradicionales guerras históricas, en las últimas guerras de Irak, Afganistán y otros sucesos siempre crueles y condenables en los tiempos que corren.
Norteamérica siempre ha despreciado a los países musulmanes que han ofrecido resistencia a su devastador imperialismo. Todo ello, lentamente pero sin pausa, ha deteriorado la imagen del islam que tenemos en Occidente y, por consecuencia, su respuesta por parte de los islamistas más fanáticos y que se hayan absolutamente perdidos en una enajenación que nace desde las primeras lecturas de los libros coránicos.
Recordemos que Osama Bin Laden y los talibanes, cuando la guerra con Rusia, fueron financiados y armados por la administración estadounidense. Osama se convirtió en un héroe para los americanos. Sin embargo, las posteriores actitudes del imperio yanqui y su alianza con Arabia Saudita y otras tierras musulmanas en donde el petróleo y los tratados comerciales motivaron una alianza truculenta y la vía libre para instaurar sus bases militares como estrategia para controlar todo el islam, sobre todo teniendo como objetivo el apoyo a Israel y la defensa de su territorio –la mitad de los millonarios americanos son judíos- ocasionaron la movilización y la gestación de los yihadistas más violentos y que se han marcado el objetivo de acabar con todo lo que suene a invasión del islam y sus religiones y culturas.
Lógicamente no estoy culpando a Occidente del nacimiento del terrorismo primero de Al Quaeda, y tras la muerte de Osama Bin Laden, la creación del Estado Islámico, El Daesh o el Isis, pero creo que algo hay de eso. Cuando el fanatismo surge y se crea a su alrededor toda una corriente de seguidores y de captación de jóvenes que dada su frustración y su pérdida de la razón por una causa que ellos creen que es lo único que les queda por hacer en esta vida es cuando comienza la inmensa amenaza y la lucha descerebrada por mantener intocable la palabra de Alá.
Sin embargo, esta nueva forma de hacer la guerra tiene menos componentes religiosos de lo que pensamos. Aquí hay un elemento político, histórico y geográfico que es el que verdaderamente impulsa el radicalismo y la idea de acabar sea como sea contra todo lo que es infiel al islam. Por ejemplo, el Estado Islámico piensa que España pertenece al islam, a aquel Al-Andalus que tanto se tardó en expulsar de la península ibérica. Fueron las llaves de Boabdil en Granada, gracias a los ejércitos de Isabel y Fernando los que terminaron con la Reconquista.
La Yihad lo que desea es extender su idea del mundo por todos los lugares que crea oportuno. Su control del ciberespacio y su infiltración en la mente de jóvenes musulmanes nacidos en Occidente hace imposible acabar de forma definitiva con este nuevo terrorismo que es prácticamente muy difícil de detener.
En los últimos años Europa ha recibido ese odio y esa enfermedad mental de a los que no les importa morir inmolándose dentro de una cafetería o lanzando un vehículo a toda velocidad por las avenidas más concurridas ocasionando todo el mal más bárbaro que hasta ahora nadie podía imaginar. Pero ¿cómo controlar este nuevo tipo de guerra? Yo creo que prácticamente se hace muy complicado, por no decir imposible.
El terrorismo yihadista acaba de empezar. El Daesh e Isis están perdiendo las guerras en Siria e Irak y en breve todos los asesinos nacidos en Europa retornarán para continuar con las masacres. Por lo tanto, Occidente debe prepararse para lo que se le viene encima, que desgraciadamente, según yo intuyo, puede recrudecerse de un modo todavía más sanguinario y potente. El ciberespacio es imposible de contralarlo y existen ya demasiados fanáticos que viven en Europa que con armas de fácil fabricación van a continuar instaurando el terror hasta que el mundo evolucione hacia la concienciación de las diferentes culturas, religiones, ideologías, respeto por la inmigración, el final de las invasiones de países musulmanes y la relajación del imperialismo occidental que en estos momentos está siendo respondido por otro tipo de imperialismo todavía más cruel y salvaje: la Yihad enferma de odio y difícil de curar por los mejores psiquiatras del mundo entero.