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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Los desiertos crecen de noche, de José Sanchis Sinisterra: Cuando ya no esperamos a Godot

Los desiertos crecen de noche, de José Sanchis Sinisterra: Cuando ya no esperamos a Godot
domingo 27 de agosto de 2017, 19:57h
Retorna la quintaesencia del ya mítico "teatro fronterizo" de José Sanchis Sinisterra, a través de una selección de sus piezas breves articuladas en un admirable espectáculo. Renovador de la escena contemporánea, maestro de dramaturgos, un tanto retraído en los últimos tiempos a las tareas docentes de su Nuevo Teatro Fronterizo madrileño, nos confirma aquí cómo sus magistrales propuestas teatrales conservan una vigencia inapelable en la escena actual.

Los desiertos crecen de noche, de José Sanchis Sinisterra

Dramaturgia: Clara Sanchis y Jesús Noguero, con la colaboración de José Sanchis Sinisterra

Directores de escena: Clara Sanchis y Jesús Noguero

Intérpretes: David Lorente, Clara Sanchis, Jesús Noguero, Concha Delgado y Vanesa Rasero

Lugar de representación: Teatro del Barrio (Madrid)

Por Rafael Fuentes

Dentro de los textos breves recogidos por José Sanchis Sinisterra en Mísero Próspero, nos encontramos con una excepcional pieza que continúa, replica y traza una tangente llena de complicidad con Samuel Beckett: “Godot llega” se denomina. Se da aquí un vuelco radical a la perspectiva del celebérrimo Esperando a Godot, mostrándonos cómo su protagonista, el personaje ausente más insigne de la historia teatral, se materializa en escena de forma súbita para descubrir, despechado, que esos dos acólitos que le aguardan eternamente, Vladimir y Estragon, se han marchado hastiados sin decir adiós, dejándole como obsequio dos malolientes botas destrozadas. La altanería de Godot se ve herida. El desaire le hace a cada momento más arrogante, confuso y vacío. Y ante la afrenta, Godot ha de avenirse a… ¡esperar a Vladimir y Estragon! Que por supuesto no muestran trazas de aparecer.

Este extraordinario apólogo podría ser una de las llaves de entrada al recién estrenado Los desiertos crecen de noche, montaje construido a partir de piezas cortas de Pervertimiento, enriquecidas y reorganizadas con concisos dramas extraídos también de Mísero Próspero y Vacío, los títulos que completan el Teatro menor (Ñaque Editora) de Sanchis Sinisterra. En cada breve obra se alienta a los personajes a abandonar cualquier inútil espera -como era la de Vladimir y Estragon-, lo que trae consigo, a su vez, el drama de intentar sobrevivir en un universo, que sin la esperanza de Godot, parece dominado por la nada y el vacío. La fantasía y las ambivalentes palabras para construir nuestros sueños, son las frágiles herramientas humanas para combatir la gigantesca nada originaria que le circunda. Una tarea tan fabulosa como desvalida.

No será, obviamente, la única línea de lectura que enhebre las múltiples piezas cortas que constituyen la actual representación. Quizá -con toda seguridad-, no venga a coincidir con el hilo interpretativo de los directores de escena, Clara Sanchis y Jesús Noguero, que han seleccionado y reorganizado las obras breves de Sanchis Sinisterra para dar a luz el montaje Los desiertos crecen de noche. Pero, en cualquier caso, resulta bien sabido que el excepcional Teatro Fronterizo del autor de ¡Ay, Carmela!, se propone siempre desubicar en un primer momento al público para hacerle prescindir de sus expectativas y convicciones previas, con el propósito de invitarle a ser coautor de la obra y construir así un significado propio y personal de lo que está viendo en escena, tras haber desterrando sus esquemas preconcebidos. En la sala del Teatro del Barrio, donde los actores llevan a cabo una fabulosa puesta en escena de esta quintaesencia de Sanchis Sinisterra, yo presentí la colisión entre el júbilo de la fantasía creadora humana y el simultáneo desvelo por la vulnerabilidad e inconsistencia de esta cuando se ha tenido la osadía de abandonar la esperanza de Godot. E intuí -no sé con qué grado de acierto-, pasadizos secretos entre unas y otras piezas cuya conexión me facilitaba la ilusión de disfrutar de un espectáculo íntegro.

Por ejemplo, en el texto Lo bueno de las flores es que se marchitan pronto, nos hallamos ante una fila de personas que aguardan no se sabe qué. Y, entre ellas, distinguimos a una joven que parlotea con un pie descalzo y el otro apretado por una bota. Una réplica femenina y urbana, pensé, del Estragon del Godot becketiano. Una ciudadana curtida en el arte de la espera: “Nunca me ocurre nada -nos dice-. Ese es el problema. Que siempre me anticipo con la esperanza de estar allí cuando algo ocurra, pero resulta que es demasiado pronto. No tengo nada que hacer. Nadie me espera. Sólo yo espero. Siempre. Llego demasiado pronto a todas partes, y siempre tengo que esperar.” Esta muchacha, hipótetico trasunto de Estragon, lleva, sin embargo, un ramo de flores que pronto se marchitará, y esto hace comprender al joven interlocutor con quien habla que la existencia es corta y no debe lapidarse en una perpetua fila de espera. Una actitud, la de esperar, que decide concluir de repente -¿como Vladimir o Estragon?-, porque nos confiesa: “Quiero vivir un poco más. No mucho. Sólo lo justo. Hasta que las flores se acaben de marchitar. No más. Pero tampoco menos.” Otro ejemplo más de urgencia vital para desistir de esperanzas sin sentido.

¿Pero cómo es la vida cuando se renuncia a las estériles esperanzas? Los actores no dejan que nos desalentemos ante la incertidumbre. Entre pieza y pieza tocan música en directo, cantan, llenan de inesperados matices cada frase, una cautivadora sinfonía de voces nos hechiza, las situaciones más desconcertantes e inauditas se nos sirven repletas de un humor que nos lleva a la permanente sonrisa o a la incontenible carcajada. Jesús Noguero, Clara Sanchis y David Lorente se desenvuelven en un particular estado de gracia, desbordantes de recursos, capaces de exprimir hasta la última gota el jugo de los soberbios textos que interpretan. Vanesa Rasero y Concha Delgado, en un relativo segundo plano, no desmerecen de este espectáculo brillantemente orquestado. La vida desprovista de estériles ilusiones es exactamente como un teatro donde, si nos paramos a pensar, ocurren hechos tan íntimos, espectacularesy quiméricos como el de la lectora de Carta, que se hace llamar "Mauricio" y escribe una misiva a un autor desconocido para acusarle de haber copiado en una novela sus sentimientos más recónditos -¿falsificación, autoinvención, chantaje, delirio, pasatiempo...?-, o en Discronía, donde contemplamos cómo lo que ocurrió ayer está sucediendo simultáneamente ahora en una repetición milimétrica. La existencia es un drama inventado por nuestros más caóticos sueños y nuestras más irreprimibles palabras. Un coliseo donde segundo a segundo se lucha contra la oquedad, porque tal como se nos avisa nada más comenzar la función: “Qué miedo, ¿no?, tanto vacío… ¿Cómo haremos para llenarlo para que no nos devore?”

El vacío y el silencio se combaten, en la vida como en el teatro, con las ilusiones y las palabras. Dos recursos tan fascinantes como efímeros. Se trata de una pelea que muere y renace a cada instante, y que en cada existencia tiene fecha de caducidad. ¿Son las fantasías y las palabras suficientes para mantener verdaderamente en pie a una persona? Aquí resuenan de forma inevitable las célebres meditaciones shakespereanas, puestas en boca de Hamlet: “¡Morir…, dormir! ¡Dormir! ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el problema! Porque es forzoso detenernos a considerar qué sueños pueden sobrevivir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida…”

Sin olvidar que en el gran teatro de la vida no todas las fantasías son legítimas, ni todas las palabras válidas. Con frecuencia -nos ha advertido Sanchis Sinisterra al compás de Samuel Beckett-, las palabras proliferan con la vacuidad y gratuidad necesarias para autoengañarse y no percibir la amenaza del silencio. Una forma hilarante de presentarlo la hallamos en la verborrea de un director de escena en Instrucciones. Desternillante la admirable interpretación de David Lorente en el papel de director dando órdenes a dos actores en una escena muda. Sensacional la parodia del sistema interpretativo de Stanislavski y sus silencios orgánicos. El director deja escapar un torrente de palabrería tan inútil como divertidamente egocéntrica, mientras los actores mudos -Clara Sanchis y Jesús Noguero- desatan nuestra risa con sus gestos silenciosos.

La patología del vocablo estéril e insustancial posee, sin embargo, un cariz tétrico en las voces que hablan desde las sombras en Ahí está. Y mucho más estremecedor en Abandonos, donde las palabras llegan a alguien como si fueran seres vivos, para colonizarle, reproducirse, adquirir una existencia propia, y después cosificarse, clonarse, transformarse en moldes estereotipados y morir: “Se me van suicidando las palabras, se arrojan a la hoguera, a la locura, al vacío… Abro el diccionario y ya no hay más que miles y miles de pequeños féretros.”

Incluso las palabras menos vacuas desembocan en el silencio de los cementerios. En la aventura humana lejos de Godot solo nos queda, pues, la diversión o el estupor del simulacro. La destreza en el fingimiento para contener a duras penas el empuje de la nada y el mutismo. Aquí puede encontrar su justificación última el título general del espectáculo. Está extraído del diálogo que se desarrolla en el texto Espejismos -incluido en la obra Pervertimento-, que esta vez no se representa, pero cuyo sentido gravita de forma permamente sobre la actual función. Dos actores: X e Y, en un escenario vacío, tratan de dar la espalda y zafarse del público que llena la sala. En mitad de su coloquio, mantienen el siguiente diálogo: "X: ¿No has visto nada? / Y: Desierto / X: Me lo temía. Desierto. No es gran cosa / Y:Menos es nada / X: Desierto... ¿Has estado alguna vez en el desierto? / Y: Casi siempre / X: Me han dicho que los desiertos...crecen / Y: De noche / Y: ¿Cómo? / Y: De noche. Crecen de noche. Los desiertos crecen de noche / X: Casi todo ocurre de noche." El texto de Espejismos, aun no llevándose a las tablas en el actual espectáculo, le da título e influye oblícuamente sobre él. El desierto, la noche, el silencio, crecen a pasos agigantados, de modo que solo nos queda la argucia de admirar embobados los quebradizos espejismos que flamean y se volatilizan en él. Por eso es un gran acierto que la dramaturgia de Clara Sanchis y Jesús Noguero haya colocado al principio y al final de Los desiertos crecen de noche el corto pero demoledor texto Vacío.

No sabemos quién habla en Vacío, aunque puede valer cualquier actor-persona del gran teatro del mundo que desee agitarse y hablar para poner freno -así sea transitoriamente-, a la nada y al silencio. Con buenas dosis de humor (que sirve, ante todo, para filtrar la ansiedad) su monólogo es casi gemelo al de Mísero Próspero, donde el mago de La tempestad, de William Shakespeare, ha estado obrando prodigios de ilusiones hasta que sus recursos se fatigan y arruinan. El grato juego de fabricar simulacros siempre tiene un punto fianal. Cuando se agotan sus resortes para generar ficción, Próspero constatará: “Nada otra vez. Nada siempre. Yo solo. Solo yo. Esta sórdida gruta… Triste magia trucada…” En efecto, triste magia trucada la de la vida humana.

Por lo mismo, la persona-actor que habla en Vacío, texto que abre y cierra el espectáculo, recita finalmente al filósofo ilustrado francés Pierre Bayle: “No hay nada que buscar, ni nada en que depositar la esperanza, sino la nada y el vacío, pues son el primer principio de todas las cosas.” José Sanchis Sinisterra posee la inimitable destreza para enunciar esta conclusión sin que resulte enfática, reelaborándola de un modo que nos haga sonreír sin quitarle un ápice de su severidad. Así transcurre todo el montaje de Los desiertos crecen de noche -que, sin duda, merecería estar más tiempo en escena-: ligero, divertido, insólito, ameno, festivo. Un festejo teatral que deja, no obstante, en la mente de los espectadores nada banales motivos de duda, meditación e inquietud, sobre los que reflexionar tras haberse entretenido con tan impecable representación. Un delicioso, alegre y grave, espejismo en la noche de nuestros desiertos.

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