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TRIBUNA

Yo sí tengo miedo

lunes 28 de agosto de 2017, 21:12h

En estos momentos -sábado 26-8-2017-, 18 h.- todo Occidente está desfilando por el Paseo de Gracia de Barcelona mientras repite, voz en grito, una salmodia purificadora: “No tengo miedo”. “No tinc por”.

Llevamos ya mucho tiempo queriendo ahuyentar los malos espíritus que han abducido a fanáticos yihadistas, de variados ramajes, hasta el punto de mover sus resortes mentales y obligarles a matar infieles, tanto musulmanes como cristianos, por no cumplir las sacrosantas leyes de Corán. Desde que dieron la primera campanada con las Torres Gemelas.

Desconozco cómo reaccionan las sociedades musulmanas malheridas cada vez que estos héroes, bien sacrificándose directamente o a través de la masacre indiscriminada, destrozan sus vidas.

Los occidentales nos reunimos en plazas, hacemos unos minutos de silencio, nos cogemos de la mano, respiramos hondo, e invocamos a Dios – da lo mismo el nombre que le aplique el club al que pertenezcamos- esperando que nuestros rezos, unidos a nuestra impotencia, consigan que la cordura penetre en el cerebro y los corazones de los exaltados. Porque, estando unidos, no nos van a vencer.

Esperamos, de paso, que las autoridades mantengan firmes sus pesquisas, trabajen en la sombra deshaciendo células terroristas y lleguen a tiempo de evitar males mayores.

Viviendo en el País Vasco y habiendo sentido de cerca el horror del terrorismo de los años sangrientos, yo sí tengo miedo. Yo sé lo que es ir a trabajar cada mañana pasando por el bar, la esquina o el garaje donde aquellos locos acababan de asesinar a un inocente en nombre de una utopía virtual. Y seguir andando haciéndote la valiente mientras te temblaban las piernas, pensando que tú podías ser la próxima víctima.

Y eso que nuestros terroristas locales no eran tan lerdos como para estar dispuestos a inmolarse: que la patria liberada nos les ofrecía huríes en el otro mundo.

El terrorismo islamista es otra cosa: aquí no entra solo la refundación de un nuevo califato feliz como el de Harum -al- Rachid, sino que este califato es, principalmente un enclave donde se cumplan a rajatabla las aleyas del Corán. Para conseguirlo disponen de una tecnología mucho más sofisticada que la que ayudó a Tarik y Muza. Por eso tengo miedo.

Porque las armas que utilizan estos gudaris del Profeta nos las compran a los infieles. Y los infieles fabricantes, se las vendemos – vía oficial, vía tráfico con intermediarios- tanto a los gobiernos legales como a la oposición o los amateurs. Y no las vamos a dejar de fabricar. Hay mucho negocio por medio.

Y ponemos a su disposición toda suerte de mecanismos para fabricar armas de destrucción masiva de corte artesanal, que cualquier manitas puede fabricar en el piso de arriba de tu apartamento, y que, con un poco de suerte, no se le escapa de las manos y levante el edificio desde los cimientos.

Tengo miedo porque los países de mayoría musulmana van a mirar hacia otro lado, ya que, en el fondo, se sienten beneficiados y sube su caché cuando la víctima es Occidente y no van a tomar cartas serias en el asunto.

Pero tengo miedo, principalmente, porque aunque los gobiernos pongan todos los medios para evitar nuevos atentados, no se pueden colocar bolardos en el corazón del otro.

Nos enfrentamos ante un problema de odio: y de odio religioso, que es el más profundo. Un problema que lleva siglos enconado y acaba de empezar a supurar. Ya sabemos que los fanáticos son una minoría, pero no hacen falta más. Ellos tienen la fe, la disciplina y el delirio. Y no están dispuestos a cejar. Los demás: tanto los musulmanes racionales como los infieles, somos sus víctimas.

No voy a repetir frases de estudios profundísimos emitidas por personas que conocen la situación mucho mejor que yo. Pero tengo miedo porque el problema no se resuelve repitiendo el “ No tinc por” sino cambiando la mentalidad de los descerebrados. ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Y qué cascabel hay que ponerle?¿Hay cascabel?

Refugiémonos en el mantra que nos arropa esta tarde. Al menos, cuando estemos todos juntos, nos sentiremos consolado y fuertes. Y diremos que vamos a vencer porque tenemos razón. La Historia demuestra que gana quien tiene la fuerza.

Pero este acto solidario da mucha moral a la población.

Luego, cada quién, en su soledad, tal vez siga teniendo miedo.

Como yo.

Kepe Zuri

Escritora

KEPE ZURI es escritora

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