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TOROS

Almanaque de toreros británicos: The International Spanish Fiesta

“Eres un hipócrita, haces películas mucho
más sangrientas que una corrida de toros”
Henry Higgins, 1968.

Voy al Ateneo a hablar de toreros yanquis y me encuentro un libro de Tapia Robson: The National Spanish Fiesta or The Art of Bullfighting. Está en la Galería de Retratos, entre una muestra de volúmenes taurinos procedentes de la biblioteca de la casa.

Charlar de tauromaquia en el Ateneo debe ser como encontrar un título inglés entre un florilegio de libros taurómacos. Algo normal. El Ateneo es hogar de cultura que presidió José María de Cossío, y entre los hijos de Shakespeare siempre ha habido entendidos y un manojo de toreros. ¡Si hasta han inventado el ‘bullardo’, en Inglaterra!

Así que hoy les contaré una de toreros ingleses. Que eso fue Tapia Robson: otro inglés que quiso ser torero. El chascarrillo es de una vieja crónica. Porque hace mucho que la cosa no es insólita. Rara fue una novillera de Tanganika apodada ‘Tamara’. Pero un torero británico siempre será otro. Rica y compleja es la Fiesta Internacional de la corrida.


Ulysses en La Línea

Santiago Wealands Tapia Robson decía que el torero nace. Así que él nació torero en Sunderland a finales del siglo XIX. Cosa que su padre, reputado consejero municipal, no auguró ni habiéndose casado con una española. Pero la vocación resultó ser una mejora de sus antepasados paternos; los primeros Robson eran mangantes de ganado.

Poco se sabe del palmarés de Tapia Robson. Se exagera que fue aprendiz de Frascuelo, y matador desde 1912 en carteles de Sevilla, Huelva, Valencia y Madrid. Pero su mejor faena, ya jubilado, la coronó en 1953 con el libro que expone el Ateneo. Lo publicó en Madrid Velasco Gil para turistas anglófonos y repitió cuatro ediciones.

No debió cosechar el mismo éxito en la plaza de Ciudad Lineal, el 11 de mayo de 1914. Ese verano se declaró la Gran Guerra, Tapia Robson dejó los ruedos y James Joyce empezó el Ulysses. Novela que viene muy a cuento, porque en ella se invoca al primer torero de Su Majestad: ¿Qué ver del extranjero?, medita su protagonista paseando por Dublín:

Los jardines de té de Ceilán, la ciudad santa de Jerusalén, los dioses desnudos del Partenón, la bahía de Nápoles, el mercado financiero de Wall Street, el país prohibido del Tíbet y “la Plaza de Toros de La Línea, España, donde O’Hara el de los Camerons mató el toro”.

Y a más de uno. Pero ni era del regimiento escocés de los Cameron Highlanders, ni toreó en La Línea. El oficial de infantería John O’Hara debutó en la Real Maestranza de Sevilla en 1876. Arrojado y apuesto, pero no mucho más, lidió lo suyo de San Roque a Barcelona. Dicen que aprendió a torear con Antonio Carmona, ‘El Gordito’. Y aunque era irlandés de Cork, le apodaron ‘El Inglés’. Quizá porque arribó al arte de Cúchares por Gibraltar, vestido de subteniente de fusileros; prefirió matar toros en España, a lidiar con las tribus del África Occidental, que es adonde se dirigían los casacas de su cuadrilla.

Eso fue en 1874, el año que también nació en Irlanda del Sur el que mató a Cervera Prieto en Misuri. Porque otra cosa no supo matar Carleton Bass, artista circense de armas blancas. Por España pasó sin dejar huella, y en Méjico nunca logró más que pitadas. Su único temple con los aceros lo demostró en Estados Unidos, tras los disturbios de la corrida de San Luis; con los aceros, digo, del revolver que disparó a bocajarro sobre el diestro Manuel Cervera.

Novilleros en suit of lights

Veintiocho años, tenían ambos. Igual que Leonard Trimby, otro irlandés que saltó al anillo de La Línea. Año 1922. El mismo en el que su compatriota Joyce publicó el Ulysses. Pero el primero con más éxito mediático. Mientras el novelón de Joyce era censurado en Inglaterra y Estados Unidos, la odisea del torero rubio fue glosada hasta en el outback minero de Australia: Joven funcionario del Servicio Telegráfico Oriental, nacido en la India, sale a hombros de la plaza tras dar muerte a dos astados con la serenidad de un maestro español.

El Evening Journal de Sidney le dio una columna; el Atlanta Constitution, página entera en USA; y el londinense Daily Mail ensayó incluso la crónica taurina. Todos querían a Trimby, el bullfighter de Kanpur, hijo de un comandante de la Real Compañía de Fusileros de Munster: “Cabello claro, ojos azules, hombros cuadrados, mandíbula firme”, etc. Suponemos que volvió pronto al abrigo de su colocación.

También colocado en oriente, de contador en la British India Line, andaba Vincent Charles Hitchcock. Había dejado la facultad de Medicina de Liverpool para enrolarse en la marina mercante. Pero fue en La Línea de la Concepción donde trazó su rumbo, después de las corridas que vio mientras convalecía en Gibraltar de apendicitis.

Desmovilizado en el 47, el año que murió Manolete, volvió a Londres para trabajar con su padre en el comercio de diamantes. Sin apendicitis pero con fiebre taurina. Y cuando la bailaora Carmen Amaya le dijo en un garito de Londres que tenía cara de torero, hizo el petate y se vino para España.

Vicente Charles ‘El Inglés’ debutó en Cádiz brindando el toro al vice cónsul de su patria. Y se despidió en Barcelona en una corrida dedicada a la flota británica, atracada entonces en la condal.

Hitchcock nunca se doctoró. Pero fue un profesional con fama, cuyo eco atrajo a otros aventureros. Entre ellos, a su amigo Nick Allen. También londinense y nacido también en 1927. Universitario y ex miembro de la RAF, Nicholas Bernard Allen sirvió en Gibraltar durante la II Guerra Mundial. Luego sirvió con Hitchcock de pupilo y se estrenó en 1950, saliendo del coso decidido a probar mejor suerte en Madrid. Como profesor de inglés.

A Douglas Greenwood le pasó al revés. Que se vino a aprender español y le entró el gusanillo al visitar una escuela taurina de Barcelona. Edad, 20. Experiencia previa, dinamitero en una mina de carbón y recluta en Kenia. Fue en 1956. El año que Hitchcock publicó Suit of Lights, la crónica de sus vivencias como bullfighter. Aunque es dudoso que Greenwood llegara al toro por los libros o por sus padres, que regentaban un fish & chips.

Ignoro si tomó la alternativa. Dicen que toreó siete años, y que luego laboró de traductor en Canarias y se montó una academia de idiomas en Brighton. Pero sabemos que antes de eso cortó orejas en los ruedos, y que la prensa inglesa aplaudió sus triunfos. Lo que renovó el interés taurómaco de los turistas británicos, y redobló la embestida de la propaganda taurófoba.

Lady toreadoras

Y mientras Greenwood debutaba en 1962, esa misma temporada una dama inglesa logró en Méjico lo que le impidieron en España. Miriam Gross pasó de trabajar en una constructora hispano-estadounidense, a solicitar a Carrero Blanco permiso para torear. Y aunque este le fue denegado, antes de cruzar el charco lidió en Feria del Campo y alternó en Vista Alegre, bregando en toda finca y festejo que tuvo ocasión.

En el verano de 1959, el Ganadero García-Aleas comentó sobre ella: El domingo pasado estuvo aquí, en la Casa de Campo, una chica inglesa con carné de Montepío de Toreros. Una afición impresionante. Pasó todo el tiempo entrenando. Piensa que las mujeres deben poder lidiar a pie. ¡Imaginaos!

Menos perseverante fue el caso de Georgina Ward. Pero ¡imaginaos la previa de su enlace taurino!: Georgina Anne Ward, de los Ward de Chipping Sodbury, Gloucestershire, actriz de la Compañía de Teatro Royal Shakespeare y benjamina del vizconde de Witley, ex Ministro del Aire, toreará en el coso Menorca con el sobrenombre ‘La Niña de Londres’.

Ward empezó a entrenar con rigor en Badajoz, ingresando en 1974 en un grupo profesional de las Baleares. Su debut lo recogió en junio de 1975 el Sunday Times magazine, que le dedicó un reportaje y la foto de portada: “My first bull… And my last”, leemos mientras la novillera ejecuta un heterodoxo muletazo.

Al parecer fracasó. Y nunca más se supo. Le pasó pues, lo que a la mayoría de aspirantes de toda raza y condición. Ejemplo: “Mi carrera de torero no duró quince minutos”, le confesó a Henry Higgins el asistente que le vestía de luces. A Henry Edward Higgins, digo, alias ‘Manolo Sevilla’, alias ‘Chicuelo de Almería’, alias ‘El Inglés’, alias ‘Enrique Eduardo Cañadas’, o ‘Enrique Cañadas’, o ‘El Higgins’, o ‘Enri Iggy’ y ‘Enriquito’ para sus mozos.

To be a matador

Higgins nació en Bogotá en 1944. Su padre era un ingeniero de la Shell Petroleum, y su madre una mejicano-irlandesa criada en Estados Unidos. A los dieciséis años, el muro de su estudio en el King William’s College estaba empapelado con fotos de Joaquín Bernadó, Curro Girón y Chamaco; hasta tuvo un encontronazo con un hereford, al que intentó capear para asombro sus compañeros.

El sueño de su adolescencia se hizo cartel un 26 de septiembre de 1971. Ese domingo, ya doctorado, alternó con Joaquín Bernadó en el coso de Benidorm. Pero entrando matar fue cogido de gravedad. Su admirado catalán le estoqueó el toro, cuya oreja llevaron a Higgins a la enfermería. Al mes siguiente ya estaba lidiando en Torremolinos.

Higgins fue el primer británico de alternativa, y el más estiloso. La crónica pop nos recuerda que el manager de los Beatles fue su primer mecenas, y que falleció en un accidente de ala delta en la sierra de Mojácar. La castiza nos lo sitúa postrado en un hospital madrileño, tras la cornada de Puertollano, mientras su fiel Vizcaíno le entretiene leyéndole un Quijote. “Aquí José María Vizcaíno con mi matador”, contestaba el asistente a cada timbre de teléfono.

Y To be a matador es justamente el título de sus correrías táuricas. Un matador, eso sí, que para sonrojo de su cuadrilla desayunaba corneflakes: ¡Ay, cuando se sepa que nuestro torero come lo mismo que las mulas! No consiguieron nunca que dejara los cereales y los restaurantes chinos. Pero lo que peor llevaba Higgins era la prédica de sus custodios, siempre rondándole: No smokey, Enri Iggy. No drinkey, Enri Iggy. No fuckey, Enri Iggy... Bullfighting is sacrifice.

Un diestro inconfundible, Enrique Higgins. Sin embargo, en el 66 le confundieron con Frank Evans, que se quedó de piedra cuando le ofrecieron un contrato para lidiar en Francia; aún no había toreado ni a una vaca. El empresario Pierre Pouly mandó a por ‘El Inglés’, y su representante firmó con el primero que se encontró entrenando en Montjuich.

Cuando Pouly bajó a Barcelona se intentó deshacer el entuerto. Pero el fundador del Club Taurino de Londres echó un capote al candidato, y el 26 de julio Frank Evans debutó en Pérols. El propio Higgins asistió para darle ánimos, y hasta le preparó el mismo té de menta que se tomaba él antes de sus faenas. Se portó como un gentleman, recuerda agradecido Evans: De haberse empeñado en parar aquello, seguramente lo habría conseguido.

Aunque es dudoso que nada hubiera detenido al de Salford. Para muestra, la corrida que lidió el año pasado por el 25 aniversario de su alternativa. Algo desmejorado, dicen: tenía 74 años, dos rodillas de titanio y un cuádruple bypass; si Higgins fue el maestro más elegante de esta saga, sin duda ‘El Inglés’ Evans ha sido su matador de fondo.

Puso además, en la suerte de matar, un especial empeño. No le pasara lo que a Higgins, que según él echó al traste su carrera porque tenía un problema con la espada. Hoy, ya retirado, no lo tiene tan claro. Lo de matar al toro, digo. Piensa que la corrida, para sobrevivir, quizá se deba renovar.

Cosa distinta es arredrarse ante el violento animalismo. Cuando hace años un policía le dijo que habían interceptado una carta bomba a su nombre, Evans contestó: “Coger al bastardo y enviármelo, que yo le enderezo”. Pero el bastardo tuvo suerte y lo mandaron a la cárcel. Es peligroso, molestar a un torero de Salford.

Irlandés con picadores

Como Hitchcock y Higgins, Frank Evans también ha escrito sus memorias taurómacas, tituladas The Last British Bullfighter (2009): El último torero británico.

Lo que, por el momento, parece que así es. Porque nada se sabe de David White, ‘El Irlandés’, desde la oreja que cortó en 2015. Pero si volviera, como es de Newry (Irlanda del Norte, United Kingdom), entonces el último torero británico sería tan irlandés como el primero, que también fue las dos cosas.

¿Dónde andará, David White, que mudó su equipamiento de soccer por el terno de luces? ¿Dónde estará el güero que se fue a la conquista de Méjico? En España debutó en Perales de Tajuña a 2011, sin picadores en Fuente el Fresno al año siguiente, y al otro con picadores en Estremera; oreja en Cadiar a 2014, más otra en Albondón hace dos temporadas. ¿Dónde está, ‘El Irlandés’?

Quizá una tarde de toros se dijo a sí mismo sobre el albero, lo que a los 20 años se dijo Evans sobre la hierba de un campo de rugby: “¿Qué diablos estoy haciendo aquí?”. Aunque tampoco descartamos que esté de receso entre Ceilán y el Tíbet, y que el día menos pensado reaparezca de verde y oro en la plaza de La Línea, para matar el toro donde O’Hara no pudo, y rematar así la faena de Joyce.

“Es una aguja entre un pajar. Pero en alguna parte debe haber un muchacho con pasaporte británico y lo que hace falta para funcionar en esta profesión, tan compleja y hermosa por encima de todas”. Elemental, querido Evans. Nuestra España es mestiza, y la fiesta no entiende de fronteras. Por eso hay en la arena de los ruedos de España vestigios de Inglaterra.

Imágenes:
1.- Vincent Hitchcock de traje corto, en el rancho de Belmonte (finales de los años 40).
2.- Primera página de la guía taurómaca de Tapia Robson (Velasco Gil, Madrid 1953).
3.- Media verónica en Madrid realizada por Vincent Hitchcock (años 50).
4.- Georgina Ward en la portada del Sunday Times magazine (19 de enero de 1975).
5.- Retrato habitual en las promociones de Henry Higgins (finales de los 60).
6.- Cubierta de la autobiografía taurina de Frank Evans (Macmillan, Londres 2009).
7.- David White, toreando al natural (fotografía tomada de mundotoro.com)

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    6097 | inma - 07/09/2017 @ 18:41:21 (GMT+1)
    enviare un link ed este articulo a david White, estara encantado.

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