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María Callas, 40 años de la muerte de una diva inmortal

martes 12 de septiembre de 2017, 10:04h

El próximo 16 de septiembre se cumplen 40 años de la muerte de la mítica Maria Callas, la gran soprano que dejó para la historia conmovedoras e irrepetibles interpretaciones y una intensa biografía con triste final.

Han pasado 40 años de su muerte y la fecha ha promovido iniciativas que incluyen la reedición de sus grabaciones más emblemáticas, así como nuevos datos sobre su vida o exposiciones para recordar a un mito que es, en todo caso, inolvidable. También, irrepetible. Warner Classics ha presentado “Maria Callas Live Remastered Edition”, una lujosa colección con 42 CDs que reúne las óperas en vivo de la soprano, sus aclamados recitales y la interpretación de 12 roles que nunca grabó en estudio. Las 20 óperas completas y cinco recitales filmados en Blu-ray van acompañados de un libro de 200 páginas, con un capítulo dedicado a cada uno de los roles que aparecen en las grabaciones. Por su parte, el fotógrafo y documentalista Tom Volf ha publicado un libro para el que ha pasado cuatro años rastreando cualquier vestigio de la soprano aún sin publicar que le permitiera perfilar un retrato “nuevo” o, al menos, más completo de la gran soprano. El título, “Maria by Callas”, lo eligió Volf después de encontrar una entrevista, que estuvo perdida durante muchos años, en la que la cantante declaraba: “Existen dos personas dentro de mí. Una es Maria y otra es la Callas y tengo que estar a la altura de las dos”.

Además, el pasado 15 de mayo se inauguró en Atenas una exposición con más de 200 objetos personales, que incluyen vestidos, joyas e incluso muebles y cartas personales de la colección de Nick Haralampopoulos, que permanecerá abierta hasta el 30 de septiembre. La capital griega no será, por supuesto, el único lugar que programe actos especiales para recordar la muerte de la cantante que, sin embargo, pasó sus últimos años bastante olvidada. Falleció a los 53 años en su piso de París el 16 de septiembre de 1977; la placa de un nicho en el famoso cementerio parisino de Père Lachaise la recuerda, aunque siempre se dijo que sus cenizas fueron esparcidas en el mar Egeo. Su mar, donde nació aquel amor por el que dejó los escenarios y que más tarde se convertiría en un drama que no pudo superar. Cantó por última vez el 11 de noviembre de 1974 en Sapporo, fue el último lugar del planeta donde se escuchó la voz de la genial soprano, aunque hacía años que estaba “retirada”. El público de la época, al que tanto había dado, no le perdonó que su pasional naturaleza marcada por el desamor hiciera mella en su garganta y hacía tiempo que intentaba reemplazarla.

En la certera definición del musicólogo Kurt Pahlen, el canto de Callas se asemejaba “a una herida abierta, que sangra entregando sus fuerzas vitales”. El fenómeno Callas duró apenas algo más de una década – antes de conocer a Onassis -, pero su irrupción en el mundo de la lírica dejó una marca imborrable y visionaria. Ella fue la artífice de la revaluación del género belcantista e impulsó la interpretación del verismo desde la técnica del belcanto, provocando una importante revisión desde el punto musical e interpretativo. El mayor don de Callas se hallaba en su innata musicalidad que le permitía internarse instintivamente en el universo personal de cada compositor. Su enorme magnetismo en escena marcaba asimismo la diferencia. No era solo una soprano con dotes vocales inusuales, sino también una gran actriz que supo encarnar sus personajes de un modo único.

Ana María Cecilia Sofía Kaloyerópulos, “la Callas”, era hija de Evangelia Dimitriadis y George Kaloyerópulos, un matrimonio de emigrantes griegos que llegó a Nueva York en agosto de 1923. En 1929 George Kaloyerópulos, farmacéutico de profesión, abrió un negocio familiar en un barrio griego de Manhattan y, por la complejidad del apellido, lo cambió por Callas. Tras la separación de sus padres, María viajó a Grecia en 1937 con su madre y su hermana Yacinthy y comenzó su formación en el Conservatorio Nacional de Atenas. La relación con su madre era difícil, muy difícil, y la marcó para siempre. Para bien y para mal, porque su madre fue quien la presionó con sus clases de canto, solicitando a sus profesores que le informasen de todos sus avances. Años después, María confesaría que su madre la apoyó solamente para tener algún sustento económico y que, si bien admiraba su fortaleza y agradecía ese apoyo, nunca se había sentido querida por ella. Lo cierto es que Evangelia solo encontraba un atractivo en su hija María: la voz. Cuando no estaba cantando, María era solo una “gorda” muy poco agraciada. Y así se lo repetía Evangelia.

Callas debutó en febrero de 1942, en el Teatro Lírico Nacional de Atenas, con la opereta Boccaccio y su primer éxito llegó en agosto del mismo año con Tosca, en la Ópera de Atenas. Pronto cantó Fidelio, Tiefland y Cavalleria rusticana, también en Atenas. En 1944, durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, María decidió volver a Nueva York para encontrarse con su padre. Allí conoció al tenor italiano Giovanni Zenatello, director de la Arena de Verona, quien la contrató para cantar La Gioconda, de Ponchielli, en el famoso anfiteatro. Viajó entonces a Italia, donde conoció a quien sería su esposo, el acaudalado constructor Giovanni Battista Meneghini, treinta años mayor que ella y decisivo en la gestión de la incipiente carrera de la soprano. Gracias a él, logró continuar con sus estudios privados de canto y hacer una audición para el papel protagonista de Tristán e Isolda, de Richard Wagner, que se iba a presentar en el teatro La Fenice de Venecia en la siguiente temporada. Logró el papel y debutó en el teatro veneciano con un clamoroso éxito que le permitió cantar Turandot, de Puccini, y el personaje de Brünnhilde en Die Walküre, en las temporadas de 1948-1949.

En 1949, María se casó con su mentor. Mujer alta y muy corpulenta, acomplejada tras años de escuchar a su madre llamarla “fea y gorda”, María se propuso bajar de peso para “hacer justicia a Medea”, el papel que iba a interpretar en La Scala a las órdenes de Leonard Bernstein. Entre 1953-1954 adelgazó más de 36 kilos. Cuando reapareció como la tísica Violetta junto a su gran amigo y frecuente compañero de escena, el tenor siciliano Giuseppe Di Stefano, en la puesta en escena de Luchino Visconti de La traviata, en un primer momento ni el director de orquesta Carlo Maria Giulini la reconoció. Era “otra mujer”. Y Visconti había hallado la cantante-actriz ideal para sus escenificaciones cinematográficas: la convirtió en ideal Violetta y, más tarde, en Ifigenia, Elisabetta y Anna Bolena. En 1954, la Callas debutó finalmente en Estados Unidos, en la Lyric Opera of Chicago, como Lucia di Lammermoor, y en 1955, interpretó una Norma que adquiriría estatus de legendaria, junto a Mario del Mónaco. Poco después, en Berlín, dirigida por Herbert von Karajan, cantó una Lucia di Lammermoor histórica para la reapertura de la Deutsche Oper Berlin. Fue tal el delirio del respetable que hubo de repetirse el sexteto del segundo acto.

María había llegado a lo más alto. Nadie podía imaginar que no tardaría en caer. La tortuosa relación sentimental con el magnate naviero griego Aristóteles Onassis por la que en noviembre de 1959 María dejó a su marido, cambió sin remedio su carrera artística además de su vida personal. La soprano se retiró durante su relación con Onassis, y a su regreso - por falta de práctica, excesiva vida social y altibajos emocionales -, a nadie se le escapó que su voz había perdido fuerza y evidenciaba signos de decadencia. Maria Callas y Aristóteles Onassis se conocieron el 3 de septiembre de 1957 en un baile de máscaras celebrado en el hotel Danieli de Venecia. Él tenía 53 años y ella, 33. El idilio se forjó más tarde, durante un crucero en el yate del naviero, el Christina, en el verano de 1959. Allí empezó la conocida historia apasionada de amores y desamores, infidelidades y reencuentros, que duró hasta el final de sus días. La pareja tuvo incluso un hijo, que murió a las dos horas de nacer. Así lo contó el escritor norteamericano Nicholas Gage en “Fuego griego”, un libro sobre la explosiva pareja griega que protagonizó un amor que, en su día, fascinó y escandalizó a medio mundo.

Onassis, en todo caso, al principio estaba convencido de que podría disfrutar de su nueva amante sin perder a su esposa y a sus hijos; mientras que Maria lo único que quería era casarse y tener hijos. Cuentan sus íntimos, que la soprano se sintió por primera vez amada como persona y no por su talento. Y decidió dejar la ópera. Ni siquiera la insistencia de Onassis para que siguiera cantando consiguió convencerla. No volvió a hacerlo hasta nueve meses después. Según la biografía de Gage, la soprano se había quedado embarazada en 1959, al principio de su relación con el armador, y la pareja empezó a buscar casa en Suiza, donde Maria pudiera vivir con el bebé. Maria dio a luz, el 30 de marzo de 1960, a un varón que falleció dos horas después. En el documento que incluye Gage en el libro, puede leerse que el niño “nació vivo y murió antes de ser notificado su nacimiento”, y fue enterrado en el cementerio de Milán. Maria pasó por el trance sola - el naviero se hallaba de crucero con los Churchill –, pero su relación duraría hasta octubre de 1968. Hasta que Onassis la abandonó para casarse con Jacqueline Kennedy. Callas, herida en lo más profundo, nunca pudo superar el golpe y jamás se lo perdonó, a pesar de que él, más tarde, intentara en repetidas ocasiones volver con ella, cuando su matrimonio con la viuda estadounidense se había convertido en un martirio. No pudo ser. Onassis falleció en París el 15 de marzo de 1975. Dos años después, moría Callas en la misma ciudad.

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