Mientras escribo estas líneas, el día 1 de octubre agota sus últimas horas y termina una jornada que pasará a la Historia. Sin embargo, es pronto para valorar su significado y sus consecuencias. De la locura del “procès” pasamos al disparate del “mambo” y llegamos hasta el intento de golpe de Estado que hemos presenciado en Cataluña. El orden constitucional y las instituciones nacionales y autonómicas han sufrido un atropello sin precedentes en la España democrática. Deberíamos remontarnos, tal vez, a 1934 para encontrar un precedente similar a lo que la CUP y las fuerzas políticas arrastradas por ella han perpetrado hoy en Cataluña.
Sin embargo, estos días se recordarán, también, porque la España largo tiempo silenciada -esa que no quema contenedores ni cobra subvenciones de los gobiernos nacionalistas- salió a la calle y sacó sus banderas. Hacía mucho tiempo que no se veían las calles y las fachadas de nuestro país con los colores de todos. Salvo para celebrar los éxitos de la selección nacional, ha sido raro durante años que ondeasen las banderas rojigualdas como lo han hecho estos días. No han flameado solas. Más importante aún ha sido el rescate de las “señeras”, cuyas barras representan a toda Cataluña y no solo a los nacionalistas. También se han visto las banderas azules de la Unión Europea, cuyo origen está en el deseo de evitar las guerras que los nacionalismos y los totalitarismos -las dos tendencias que han inspirado el golpe- habían provocado en el continente. Debemos recordar, una vez más, este aspecto: el intento de ruptura de la unidad nacional lo han inspirado políticos, partidos e ideologías que pretendían servirse de una apariencia de democracia -urnas opacas, censos dudosos, procedimientos viciados- para acabar con lo que representa una verdadera democracia: Estado de Derecho, libertades, respeto a las instituciones.
El día 30, en la plaza de Sant Jaume, miles de ciudadanos se manifestaron en defensa de la Constitución y la unidad de España. Hubo manifestaciones así por todo el país En estos días, millones de ciudadanos han salido de la oscuridad y el silencio para reivindicar la libertad, el respeto y la ley. Ni todo el poder de la Administración autonómica, ni todo el control de los medios de comunicación ni toda la violencia de Arrán y el terrorismo callejero han bastado para mantener callados a los excluidos del delirio nacionalista. En estos días, la presencia de la Guardia Civil ha sido la prueba palpable de que, esta vez, los constitucionalistas no estaban solos.
A partir de mañana, habrá muchísimo que hacer porque esto no ha hecho más que comenzar. Hay todo un proceso de recuperación de las instituciones y los símbolos de todos que sigue pendiente. Hay que devolver su verdadero significado a las palabras que el nacionalismo ha adulterado: democracia, ley, libertad, progreso, paz, gente. Ninguna de ellas -ni de otras tantas que empleamos en el discurso público- se ha salvado de la propaganda de la CUP y sus aliados. Tenemos que rescatar el imperio de la ley en Cataluña y reconstruir los puentes que los nacionalistas han volado uno tras otro. Sin embargo, no podemos volver a la misma solución de componendas, transacciones y concesiones a los nacionalistas. Saltarse el orden constitucional no puede tener recompensa y dejar de hacerlo tampoco.
Dentro de pocos días se celebrará el 12 de octubre, el Día de la Hispanidad, que durante años los nacionalistas han despreciado, boicoteado y silenciado. Es una ocasión perfecta para recordar lo mucho que hemos logrado juntos todos los españoles y que, junto a la América Española, hemos legado a la humanidad. Parte de ese tesoro son las lenguas de España, sus literaturas, la historia que hemos hecho y el futuro que se abre ante nosotros. A ese esfuerzo contribuyen hoy los millones de hispanoamericanos que viven y trabajan entre nosotros.
Ni Cataluña ni el resto de España son ese lugar provinciano disfrazado de cosmopolita que los nacionalistas y sus amigos pretenden construir. Las políticas etnicistas que soslayan la condición de ciudadano para sustituirlas por identidades excluyentes y atomizadas han llevado a los peores desastres de la historia europea. Los nacionalistas han desplegado en Cataluña un proyecto de ingeniería social para borrar de la vida pública toda presencia de España y del resto de los españoles. Todo extranjero era bienvenido siempre que abrazase el credo nacionalista. Todo colectivo social, cultural o religioso era útil para exhibir una falsa tolerancia que solo servía para ocultar la intolerancia hacia el resto de España.
Sin embargo, en estos días, esos catalanes y los demás españoles que han salido a las calles y a las plazas con las banderas de todos, nos han devuelto la esperanza. No todo está perdido. Con todo su poder, alimentado por la debilidad y la cobardía de tantos que a lo largo de los años debieron reaccionar y no lo hicieron, los nacionalistas no han podido silenciarlos, ni sumirlos en las sombras ni expulsarlos de su tierra. Bastó que el Estado se decidiese a actuar en lugar de abandonarlos para que la resistencia, que ha sido inquebrantable durante estos años, saliese a pedir la libertad que los nacionalistas solo quieren para sí mismos.
En estos días, hemos visto a abogados organizarse para dar asistencia jurídica a los funcionarios que cumpliesen la ley frente a las exigencias nacionalistas. Una profesora dio ejemplo de lo que es la dignidad de la función docente cuando se negó a dejar que un grupo de jóvenes leyesen una proclama a favor del referéndum. Centenares de ciudadanos fueron a los cuarteles de la Guardia Civil a expresar su apoyo frente al hostigamiento de los radicales. Miles han salido a las calles y a las plazas a demostrar que “la gente” no está representada por la CUP y sus compinches.
Esta España silenciada ha irrumpido en el proceso con las banderas de todos, con los acentos de todos, con los colores de todos los que rechazan la imposición, el abandono y el miedo. Si hay un tiempo para desplegar las banderas, es éste en que los nacionalistas pretenden que solo ondeen las suyas. Debemos afirmar la unidad de una España que es rica en su diversidad y su apertura al mundo frente a los delirios de una minoría radical pero ruidosa. Esa España, que fue madre de pueblos y es hoy un ejemplo de tantas cosas para el mundo -no hay, por ejemplo, desastre humanitario al que no llegue la solidaridad de España- esa España, digo, ha salido a la luz después de que otros tratasen de enterrarla o de esconderla. Creo que esto es un motivo de esperanza después de todo lo que hemos visto.