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TRIBUNA

El gaucho, la literatura gauchesca y Borges

sábado 14 de octubre de 2017, 19:23h
Actualizado el: 14/10/2017 19:37h

De manera categórica, como era su estilo, el poeta Leopoldo Lugones afirmó en una polémica conferencia pronunciada en 1913, titulada El Payador, que “recién ahora, que ha desaparecido, podemos hablar del gaucho”. Sin hacerse esperar los sectores tradicionalistas le salieron al cruce. Un año después, indiferente a las críticas, Lugones reunió en un volumen sus conceptos, causando mayor indignación entre los cultores del género. Pero, ¿quién fue ese famoso personaje que habitó la llanura, inmortalizado por la llamada “literatura gauchesca” y elevado a mito por el poeta José Hernández, el célebre artífice del libro Martín Fierro?

La genealogía del gaucho es compleja, pero busquemos un inicio. Si nos remontamos a los tiempos de Hernandarias, encontramos que al buscar hombres con experiencia para manejar los rebaños de ganado cimarrón que medraban en la llanura, aparecen los baqueanos, mestizos en su mayoría, que con habilidad cumplían esa tarea. Sin embargo, existe una leyenda que menciona con nombre y apellido al “primer gaucho”; se fija en 1586, en la aldea que entonces era la actual ciudad de Buenos Aires, recién fundada por Juan de Garay. El personaje era un tal Alejo Godoy, soldado raso que se quejó del mal trato y las pésimas condiciones de vida que las autoridades de la Corona le daban, y envió una carta al rey de España para que atendiera su condición y las de aquellos que se encontraban en circunstancias semejantes. Como no recibiera respuesta, cansado de esperar se acercó al baldío que entonces era la Plaza Mayor y tras gritar “¡Muera Felipe II!” se fugó a galope tendido hacia el campo. Este relato es casi sin duda legendario, pero como muchas leyendas aporta ciertos datos para entender el origen de ese hombre de la llanura argentina.

Mestizo, de padre europeo y madre indígena, el gaucho fue un habitante nómada de la llanura argentina. Los sistemas de trabajo impuestos por algunos terratenientes luego de la independencia dieron forma al régimen clientelar del peón de campo, que vivió sometido durante muchos años y empezó a desaparecer como tal hacia principios del siglo XX. Pero el gaucho siguió conservando un papel importante en el sentimiento nacionalista de la Argentina, Paraguay y Uruguay, así como de Río Grande do Sur, en el Brasil. Debemos agregar que otros dos factores importantes fueron las guerras de la independencia y civiles, que desarrollaron en torno a su figura una producción literaria original conocida en conjunto con el nombre de “literatura gauchesca”, cuyo eje temático fue la denuncia de la injusticia social, que tuvo como punto culminante, como ya señalamos, los libros El gaucho Martín Fierro (1872) y La vuelta de Martín Fierro (1879), del poeta José Hernández, donde se denuncian los abusos sufridos por ese mestizo, tratado como paria y negado como ciudadano y ser humano.

Por ser habitante del campo, sobre todo como jinete, al gaucho se le encuentra semejanza con otros habitantes rurales de a caballo; como, por ejemplo, “el charro” mexicano, “el huaso chileno”, “el llanero” de Colombia y Venezuela”, “el cowboy” estadounidense y “el vaquero” paraguayo.

En cuanto a la teoría sobre el origen del vocablo, se aproximan diversas hipótesis. Algunas señalan que puede haber derivado del quechua “huachu” (huérfano, vagabundo), del gentilicio “guanche” o “guancho” de los canarios, traídos durante el siglo XVIII para refundar Montevideo, o del árabe “chaucho” (un látigo utilizado en el arreo de animales). Otros investigadores afirman que deriva de la palabra de origen portugués “gauderio” con la que se designaba a los andariegos habitantes de las grandes extensiones de campo de Río Grande do Sur y del este de la Banda Oriental, pasando al Río de la Plata también en el siglo XVIII, donde hasta entonces no era conocido; otro supuesto origen sería “garrrucho”, palabra portuguesa que señala a un instrumento usado por el hombre rural para atrapar y clasificar a los ganados. En el árabe mudéjar existía la palabra “hawsh” para designar al pastor y al sujeto vagabundo. Por otra parte se ha señalado la probable influencia de inmigrantes moriscos clandestinos en la génesis del gauchaje, tal cual lo indicaba Diego de Góngora en sus informes capitulares a la corona española. ​Conjetura que se considera poco cierta.

Yo descubrí, sin embargo, en un viaje que hice recientemente por Andalucía, que en la lengua gitana caló, se habla de “gacho” para referirse al campesino y, de modo figurado, al amante de una mujer. No está de más sumar las palabras de Concolocorvo, el afamado viajero y cronista de Indias español que usa la expresión “gauderio” cuando se refiere a los gauchos o huasos: “Estos son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos...”. Gauderio parece ser así una especie de “latinización” de las palabras antedichas. A esa idea del gaucho también contribuyeron los “camiluchos”, los antiguos peones o “camilos”.

Pero vayamos al “gaucho” Martín Fierro, esa suerte de sufrido Quijote, personaje de la obra de José Hernández, y arquetipo de las pampas argentinas, hombre de campo, trabajador de altos principios morales y emblema de tradición y templanza. Fierro, para el literato y político Hernández, simboliza la nobleza y la ética por excelencia, y es metáfora y realidad sobre el duro trabajo de campo y la vida simple rodeada de naturaleza, poesía y canto; es un personaje clásico de la literatura latinoamericana y forma parte de la difundida tradición criolla. He aquí una sixtina del Martín Fierro que lo pinta de manera cabal:

Mi gloria es vivir tan libre
como el pájaro del cielo
no hago nido en este suelo
donde hay tanto que sufrir
y naides me va a seguir
cuando yo remuente el vuelo…

Para Borges, por ejemplo, el gaucho es una figura literaria al que dedica diversos textos analíticos, cuentos y un inmortal poema homónimo, desarrollado en impecables endecasílabos, donde entreteje su leyenda:

Hijo de algún confín de la llanura

abierta, elemental, casi secreta,

tiraba el firme lazo que sujeta

al firme toro de cerviz oscura.

Se batió con el indio y con el godo,

murió en reyertas de baraja y taba;

dio su vida a la patria, que ignoraba,

y así perdiendo, fue perdiendo todo.

Hoy es polvo de tiempo y de planeta;

nombres no quedan, pero el nombre dura.

Fue tantos otros y hoy es una quieta

pieza que mueve la literatura…

Agreguemos que este poema fue espléndidamente musicalizado por el maestro Eduardo Falú, que lo llevó al disco con su voz y su guitarra, difundiéndolo de manera popular.

Voy a Borges y su relación directa con el gaucho. Cuando yo colaboraba con él, un primaveral domingo de 1979, a través de la invitación que nos formulara un centro tradicionalista de la provincia de Buenos Aires, asistimos a una fiesta de campo. Había doma de caballos, carreras cuadreras, el infaltable asado con cuero y los improvisados duelos verbales de los payadores. Borges estaba encantado y lo que más le agradó fueron esos cantores, que improvisando filosos octosílabos dialogaban, de manera menos encendida que amable, acompañados por el cordaje de sus guitarras.

Ahora bien, la preocupación de Borges por el tema gauchesco y por la identidad no sólo se ve en sus ensayos y poemas, sino también en su narrativa de ficción. Consagra sendos ­relatos a los personajes principales del Martín Fierro. En “El fin”, le da otro sentido a la muerte de Fierro y en “Bio­grafía de Tadeo lsidoro Cruz”, el movimiento es inverso: narra la vida de Cruz antes de su encuentro con Fierro. El relato exige un lector conocedor del poema de Hernández. “De algún modo, lo que yo trato expresar en esos textos –me confesó Borges-, es un homenaje y una modesta y pretendida actualización de los versos del poema de Hernández. No hay otra intención.

En el primer relato, Borges imagina la vida, el destino y la identidad de Cruz para que así se entienda mejor porqué el personaje decide traicionar a la partida y aliarse al gaucho prófugo. En el texto se desarro­llan las acciones de un modo tal, que ellas respetan la ficción vertebrada por Hernández y resultan así, complementarias de aquella. Por otra parte, el relato focaliza su atención en el destino de Cruz. De este modo, explica su actitud y lo transforma, dando un final distinto a la vida de Fierro

Como es sabido, nuestro escritor sentía una gran admiración intelectual por Domingo Faustino Sarmiento, hasta llegar a pensar que era el argentino con la mejor formación cultural y profundo conocimiento sobre lo que pudiéramos llamar “la argentinidad”, esencia sincrética de cualidades y defectos surgidos a partir del choque entre la civilización procedente de Europa y la barbarie o rusticidad instalada en América y arraigada en el hombre nativo de la llanura argentina. Los accidentes ásperos y salvajes del suelo, la presencia del indio y luego del gaucho, tornaban casi imposible la tarea de civilizar o europeizar al país. A pesar de su eurolatría, la figura central, que se destaca en Facundo, el libro de Sarmiento, es la del caudillo homónimo, originaria de cierto tipo de criollo arribista y de las variedades del gaucho en sus diferentes tipos (baquiano, domador, rastreador, cantor, matrero) y la de la llanura indómita. Según conjeturaba Sarmiento: “Si un destello de literatura nacional puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y sobre todo de la lucha encarnizada entre la civilización europea y la barbarie indígena; esto es concretamente de ese inevitable enfrentamiento entre inteligencia y brutalidad.”

A la vez Borges, al analizar ese contexto, adopta la misma posición que Sarmiento. También con reticencias hacia Sudamérica y sus proverbiales preferencias al europeísmo, trata de comprender no sólo al gaucho sino, además, al “compadrito”, que será figura central en buena parte de su obra; tanto es así que en sus cuentos, ensayos y poemas, con paciente laboriosidad estética del lenguaje, nos ofrece sus conocimientos, su sentimiento y una visión particular (a la vez que polémica) sobre el modo de ser argentino. Eso lo hace rescatando, sin posiciones dogmáticas, la importancia de la cultura europea en la formación de lo que podemos llamar la esencia. Si había un Borges civilizado que sentía disgusto por la música de tangos y milongas, había otro Borges, acaso menos anacrónico que genuino, auténtico hombre de Buenos Aires y bien “criollo viejo argentino”, que gustaba de la enjundiosa payada y de las milongas camperas, y que hasta se podía conmover con los acordes de los tango más clásicos, tales como “El choclo”, “El entrerriano” o “La cumparsita”. Con profundidad y desenfado su libro Evaristo Carriego indaga en esos temas que lo emocionan.

En relación con las causas que originan la poesía gauchesca, Borges reconocía las dos caras de la moneda. Pensaba, por consiguiente, que al derivar la “literatura gauchesca” de su materia, “el gaucho”, producía una confusión que hasta llegaba a desfigurar la evidente verdad. Veía, no obstante, como algo necesario para la formación de ese género un ambiente natural; es decir, la honda llanura, las guerras de la independencia, las guerras del Brasil y del Paraguay, las guerras civiles y anárquicas, que compenetraron a hombres de cultura ciudadana con lo más telúrico de la llanura y de ellos surgiera, en azarosa conjunción de asombros, la que hoy aceptamos como “literatura gauchesca”.

Otro de los elementos sustanciales que Borges logra mostrarnos con una diafanidad asombrosa es la disputa entre el campo y la ciudad en el alma del argentino. Esto se da en el cuento “El sur”, un relato que se construye sobre una serie de pares y de contrarios que, a su vez, parten de la matriz central dicotómica de civilización y barbarie, que plantea Sarmiento, donde señala dos concepciones del mundo que se cruzan en el texto. El título del relato ya nos está remitiendo a dos espacios cardinales: el Sur y el Norte; de donde se infiere que el Sur es la barbarie y el Norte la civilización. Juan Dahlmann, el protagonista, a sabiendas de que el provocador que lo desafía será su verdugo, empuña el cuchillo y con hombría sale a la llanura para batirse.

Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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