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El protagonismo de la vanguardia en la Revolución Bolchevique de hace un siglo

miércoles 01 de noviembre de 2017, 13:02h

Con obras de Chagall, Malevich o Kandinsky, la famosa Galería Tretyakov de Moscú conmemora el centenario de la Revolución de Octubre con una gran exposición sobre la ruptura vanguardista.

La Revolución Bolchevique rompió con siglos de dominio zarista e implicó un cambio radical en la manera de pensar y retratar la vida. Yelena Voronovich, comisaria de la muestra titulada “Alguien llamado 1917” y abierta hasta el próximo 14 de enero que conmemora el siglo de la revolución en la Galería Tretyakov, destaca la importancia del pueblo como elemento inspirador del arte de vanguardia: “Muchos artistas estaban fascinados por las masas, el porvenir del pueblo y en particular por el campesinado que se convirtió en el nuevo líder espiritual de Rusia.” Así, toda una serie de artistas de vanguardia como Malévich, Ródchenko o Gonchárova se pusieron al servicio del muevo proyecto, aunque poco después muchos de ellos acabaran desencantados. Se considera que la historia de la vanguardia rusa comenzó en 1908, cuando en Moscú y San Petersburgo se celebraron exposiciones de varios jóvenes subversivos que cambiaron radicalmente los fundamentos del arte, entre ellos, los hermanos Burliuk, Lariónov, Gonchárova y Lentúlov. Durante los nueve años que faltaban hasta el estallido de la revolución, la vanguardia se desarrolló a un ritmo vertiginoso y muchos vanguardistas recibieron el alzamiento con gran entusiasmo. De manera inesperada, sus ideas artísticas se cruzaron con eslóganes políticos, como la propuesta de Kazimir Malévich de quemar todos los cuadros y exponer sus cenizas en los museos, ya que después del suprematismo no habría más arte.

Sin embargo, el Estado que surgía necesitaba de nuevos modelos más sonoros, que miraran al futuro, y la vanguardia asumió con pasión la tarea. Al mismo tiempo, el gobierno se convirtió en el principal comprador de obras de arte, aunque también, por descontado, en su principal censor. En los primeros meses que siguieron a la revolución, los vanguardistas se implicaron en la formación de nuevas celebraciones del Estado soviético y los lienzos que decoraban los edificios en las plazas principales de Moscú eran auténticas obras de arte monumental que, por desgracia, actualmente no se conservan. Todos ellos estaban dedicados a los nuevos símbolos: obreros y campesinos, y propaganda se sirvió de la producción impresa, con carteles, revistas o libros. El cubofuturismo, el constructivismo y el suprematismo - supremacía de la nada y representación del universo sin objetos - resultaban idóneos para la nueva época. Un ejemplo de esta nueva creación gráfica es el cartel publicitario de Alexander Ródchenko de 1924 que animaba a comprar libros de la editorial Lengiz. Los grandes planos, los perfiles agudos y las diagonales que diseccionaban espacio se convirtieron en la tarjeta de visita de las fotografías constructivistas de Ródchenko, transformando un simple anuncio en obra maestra del arte gráfico.

Por otra parte, en el impulso utópico de la transformación surgió la idea de influir en las personas no solo a través del arte monumental, sino creando para él un nuevo mundo visual y rodeando su vida cotidiana de objetos modernos. Así nació el diseño industrial soviético, y el percal, tejido que se producía en masa para fabricar ropa, adquirió una decoración geométrica abstracta que jugaba fuerte con los colores. Varvara Stepánova, amiga y colaboradora de Aleksandr Ródchenko también se dedicó a la creación de “ropa industrial” teniendo en cuenta las particularidades de cada profesión en concreto. Sus principios eran las formas geométricas, la ausencia de decoración y el carácter unisex de todas las prendas. Por lo que se refiere a la arquitectura, las ideas revolucionarias se expresaron a través del constructivismo, aunque la mayoría de los proyectos de aquella época se quedaron en el papel o en maquetas por falta de dinero para emprender nuevas construcciones. La obra canónica del constructivismo fue la propuesta de Vladímir Tatlin para el Monumento a la Tercera Internacional (1919) que combinaba una estética de máquina con componentes dinámicos que celebraban la tecnología, como los reflectores y las pantallas de proyección.

La Vanguardia rusa alcanzó su clímax creativo y de popularidad en el periodo comprendido entre la Revolución rusa de 1917 y 1932, momento en el que estas ideas chocaron de frente con las del nuevo Estado: el realismo socialista. Esta nueva corriente artística defendía el objetivo de expandir la conciencia de clase y el conocimiento de los problemas sociales y fue la tendencia artística impuesta oficialmente durante gran parte de la historia de la Unión Soviética, particularmente durante el gobierno de Stalin. Los vanguardistas ya no estaban de moda, más bien todo lo contrario.

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